martes, 10 de junio de 2008

Un repaso por las letras de África

El continente africano...

tiene una valiosa y variada literatura que se ha ido desarrollando desde las primeras sociedades africanas y continúa floreciendo en nuestros días. La literatura africana escrita ha estado siempre en deuda con la literatura oral, que adopta formas muy diversas. Los proverbios y adivinanzas transmiten códigos de conducta y a menudo reflejan la cultura del hablante (de su uso dependen el arte de la argumentación y la conversación), mientras que los mitos y las leyendas ponen de manifiesto la creencia en lo sobrenatural, además de explicar los orígenes y el desarrollo de los Estados, clanes y otras organizaciones sociales de importancia. Generalmente se considera que las leyendas y los mitos tienen una base real. En muchos casos ofrecen una crónica sumamente detallada de la historia de un pueblo. Los cuentos populares, por su parte, se consideran fruto de la ficción. Los personajes principales de los cuentos populares africanos más famosos son la tortuga, la liebre y la araña. Estos cuentos se han difundido por todo el continente y han pasado también al Caribe, Estados Unidos y parte de Suramérica como resultado del tráfico de esclavos africanos.

A lo largo del siglo XX, y gracias a la labor de antropólogos e historiadores, se ha registrado buena parte de la literatura oral de zonas de Suráfrica y de las antiguas regiones de Ruanda, Buganda y Congo.

Literatura escrita primitiva:

La primera literatura escrita aparece en el norte de África. Sin embargo, la vida y el pensamiento de esta región está más ligada a Europa y Oriente Próximo que al resto del continente africano. Así, la primera literatura norteafricana del Sahara, al igual que las obras del teólogo cristiano San Agustín y del historiador islámico del siglo XIV Ibn Jaldun, presentan grandes vínculos con las literaturas latina y árabe.

En gran parte de los primeros textos escritos de África occidental se notan las influencias de la literatura islámica, transmitida a través de los norteafricanos tanto en su forma como en su contenido. Las primeras obras escritas de África occidental datan del siglo XVI y son fruto del trabajo de eruditos islámicos sudaneses como Abd-al Rahman al-Sadi, autor de Tarij as-Sudan (Historia de Sudán), y Mahmud Kati, autor de Tarij-al Fettach. Estas obras pusieron fin a la tradición oral de los imperios sudánicos occidentales de Ghana, Mali y Songhai, de clara ascendencia árabe.

La primera poesía escrita de África occidental era de carácter religioso y lo mejor de ella pone en evidencia el conocimiento de la poesía árabe preislámica y la poesía religiosa norteafricana. El poeta religioso más relevante de África occidental fue Abdullah ibn Muhammed Fudi, que vivió a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, emir de Gwandu y hermano del reformista musulmán Shedu Uthman.

La literatura escrita de África oriental posee también una larga historia y muestra asimismo la influencia de los modelos árabes. Una historia anónima de la ciudad Estado de Kilwa Kisiwani, escrita alrededor de 1520 en árabe, es el primer ejemplo conocido de esta literatura. Más tarde aparecieron versiones en swahili de la historia de diversas ciudades Estado, así como poemas mensaje de carácter religioso o moral. La primera obra conocida en swahili, que data de 1728, es el poema épico Utendi wa Tambuka (Historia de Tambuka).

La poesía swahili se desarrolla en su mayor parte a partir de la poesía árabe. Los escritores de poemas épicos en lengua swahili se inspiraron en la tradición romántica que rodeaba al profeta Mahoma y a partir de ésta elaboraron sus textos con entera libertad, adaptándolos a los gustos de oyentes y lectores. Alrededor del siglo XIX la poesía swahili abandonó los temas árabes y adoptó formas bantúes como las canciones rituales.

Los principales poemas escritos en swahili datan de los siglos XIX y XX. El poema religioso más conocido, Utendi wa Inkishafi (El despertar de las almas), escrito por Sayyid Abdallah ibn Nasir, ilustra la vanidad de la vida terrena a través de un relato de la caída de la ciudad estado de Pata. La tradición oral de Liyongo, aspirante al trono de Shagga en el siglo XIII, se recoge en el poema épico Utendi wa Liyongo Fumo (Epopeya de Liyongo Fumo), escrita en 1913 por Muhammad ibn Abubakar.

A pesar de que las regiones del Sudán de África occidental y las regiones costeras de África oriental poseían una rica literatura escrita antes de la llegada de los europeos, la literatura del resto del África subsahariana siguió siendo oral hasta el establecimiento de las misiones y las escuelas europeas.

Literatura contemporánea:

Hacia comienzos del siglo XX los africanos empezaron a publicar su literatura en diversas lenguas africanas y europeas. A partir de mediados de los años setenta el número de nuevos autores africanos se ha reducido considerablemente, debido al creciente compromiso de los intelectuales en las cuestiones políticas y académicas.

Suráfrica:

En Suráfrica surgieron diversos poetas y novelistas de prestigio. Samuel E. K. Mqhayi es autor de una abundante obra en lengua josa, revelando así la fuerza de esta lengua como vehículo para la literatura escrita. Novelistas como Thomas Mofolo y Solomon T. Plaatje, estremecidos por las indignidades padecidas por los surafricanos negros bajo la dictadura de los blancos, retrataron a los negros como seres humanos complejos y dotados de un alto sentido moral. La tercera novela de Mofolo, Shaka, el zulú (1925), es una especie de biografía novelada de Shaka, un señor de la guerra zulú del siglo XIX. Esta obra, escrita originalmente en sotho, está considerada un clásico de esta lengua. La novela histórica de Plaatje, Mhudi, que trata sobre el personaje de Mzilikazi, lugarteniente de Shaka, se publicó en 1930. Su estilo, que incorpora cantos de alabanza, se inscribe en la tradición oral de la literatura bantú.

A mediados del siglo XX numerosos escritores surafricanos abandonaron su país debido a la política gubernamental. Entre los exiliados figuran Peter Abrahams y Ezekiel Mphahlele. La autobiografía No soy un hombre libre está considerada como la mejor obra de Abrahams; en ella relata la opresión racial que padeció durante su infancia en Johannesburgo. Mphahlele es uno de los principales críticos de la literatura africana negra. En su obra La imagen de África (1962), analiza la literatura africana escrita por blancos y negros. El autor lamenta la obsesión de esta literatura en las relaciones raciales y llama a un tratamiento más amplio y profundo de los personajes desde otros puntos de vista. Otros autores importantes son A. C. Jordan, que escribe en lengua josa, y el poeta zulú R. R. R. Dhlomo. Prosistas como Alex La Guma y Bloke Modisane, al igual que el dramaturgo y crítico Lewis Nkosi, no obtuvieron reconocimiento hasta después de 1950. Dennis Brutus es un destacado poeta negro surafricano.

Los blancos surafricanos poseen también una larga tradición literaria, tanto en afrikaans como en inglés. Entre los escritores en afrikaans figuran poetas como D. J. Opperman y Breyton Breytenbach, considerado uno de los mejores autores en esta lengua; y varios novelistas preocupados por las consecuencias del apartheid político, como J. M. Coetzee, autor de Vida y época de Michael K. (1984). Entre los escritores en inglés cabe citar a Olive Schreiner, cuya novela Historia de una hacienda africana (1883) se considera un clásico por su estudio pionero de las relaciones raciales y sexuales. Los efectos de la política racial surafricana sobre la vida privada de las personas se reflejan en las obras de diversos escritores del siglo XX internacionalmente conocidos. Figuran entre ellos los novelistas Alan Stewart Paton y Doris Lessing; la novelista y autora de relatos Nadine Gordimer, galardonada con el Premio Nobel de Literatura en 1991, y el principal dramaturgo surafricano, Athol Fugard. Las obras de Fugard, como El nudo de sangre (1961), Boesman y Lena (1969) y La lección de áloe (1980), desafían abiertamente la política gubernamental. Breytenbach, antiguo defensor del nacionalismo afrikáner, escribió en inglés Las confesiones de un terrorista albino (1985). Durante su exilio en París renunció a su lengua materna. La novela ofrece un duro relato de sus siete años en prisiones surafricanas acusado de terrorismo.

África occidental:

La poesía ha sido la forma literaria dominante entre los escritores africanos en lengua francesa. Léopold Sédar Senghor, el poeta y presidente de Senegal, encabezó el movimiento de la negritud, cuya influencia en la configuración del pensamiento de los intelectuales francófonos fue más que notable. Este movimiento, que alcanzó su cima en las décadas de 1930 y 1940, surgió como protesta ante la política de asimilación practicada por los franceses, como rechazo de la cultura occidental, antinatural y sin alma, y como reafirmación de los valores positivos de la cultura africana. Los poetas Briago Diop y David Diop participaron también en el citado movimiento.

Son pocos los novelistas de África occidental que han escrito en francés. Sin embargo, estos escritores figuran entre los más brillantes del continente africano. El guineano Camara Laye destaca por la hondura psicológica de sus novelas. Su novela autobiográfica El niño negro (1953) se considera una obra maestra. Camerún ha dado al mundo dos novelistas, Mongo Beti y Ferdinand Oyono, notables por la extraordinaria fuerza de su sátira.

La literatura de África occidental en lengua inglesa no produjo obras de interés hasta la década de 1940. Desde entonces, no obstante, la producción ha sido impresionante. Destacan especialmente los autores nigerianos, los más conocidos de los cuales son quizá Amos Tuotola y Chinua Achebe. Tutuola se hizo internacionalmente famoso con la publicación de El bebedor de vino de palma (1952), obra basada en mitos y leyendas. Achebe analizó la amenaza que la civilización occidental representa para los valores tradicionales africanos en una de sus primeras novelas, Todo se divide (1958). Un hombre del pueblo (1966) es una sátira política sobre la corrupción en un país africano sin determinar. El poeta y dramaturgo nigeriano Wole Soyinka, galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1986, escribe en inglés pero se inspira en mitos yorubas. Abiertamente crítico con el régimen militar nigeriano, Soyinka es autor de una importante obra poética, además de piezas teatrales como La muerte y el caballero del rey (1975) y la novela Los intérpretes (1965), un análisis satírico de la Nigeria moderna y sus antiguas tradiciones. El poeta y dramaturgo nigeriano John Pepper Clark hace un provocativo uso de los mitos ijaw (nigerianos) y las situaciones sociales. El poeta nigeriano Gabriel Okara se convirtió con su novela Las voces en uno de los pocos autores africanos que utiliza en su literatura personajes y valores exclusivamente autóctonos. El autor más conocido de Sierra Leona es el novelista William Conton. Su África (1960), basada en el personaje de un joven africano educado en Inglaterra, pone el énfasis en las diferencias culturales.

El ganés Kofi Awoonor figura entre los poetas más interesantes de África. Sus obras abordan los conflictos de la vida y la ominosa presencia de la muerte. El novelista Ayi Kwei Armah relata los últimos días del régimen del presidente ghanés Kwame Nkrumah en la novela La belleza no ha nacido todavía (1968).

África oriental:

La literatura contemporánea de África oriental incluye importantes obras autobiográficas, como las de los escritores kenianos Josiah Kariuki y R. Mugo Gatheru. James Ngugi, más joven, es autor de varios relatos y novelas, y una obra de teatro. Ngugi analiza en sus obras el impacto del cristianismo en la vida africana y destaca por la sencillez y claridad de su estilo. Jean Joseph Rabéarivelo, nacido en Madagascar, escribía en francés y figura entre los grandes poetas africanos. Sus primeros poemas revelan la influencia del simbolismo francés, estilo que abandonó posteriormente para utilizar con maestría la forma vernácula de la balada. Shaaban Robert, nacido en Tanganika (actual Tanzania), fue el primer poeta y ensayista de África oriental en lengua swahili. Su obra más famosa, Kusadikika (1951), analiza las distintas tendencias políticas de su país. La citada novela es una alegoría inspirada en Los viajes de Gulliver, del escritor británico del siglo XVIII Jonathan Swift. Una de las obras más leídas en África oriental sigue siendo curiosamente Julio César de Shakespeare, traducida al swahili en 1966 por el entonces presidente de Tanzania Julius Nyerere.


viernes, 6 de junio de 2008

José Mª Amigo Zamorano: 'Y los sueños, sueños son'

En la aldea estaban de fiestas. Organizaron una carrera ciclista. La plaza mayor fue invadida por automóviles con bicicletas en las bacas. Poco a poco fueron llegando ciclistas con sus llamativos y multicolores ropajes.

Los vecinos se arrimaban a las vallas para ocupar los sitios mejores a lo largo de la calle principal.

Para los entendidos la carrera era importante ya desde hace años: Pero este ño lo era aun más porque el premio se había incrementado considerablemente y se habían acercado figuras relevantes del ciclismo como moscas a la miel.


Una de ellas atraía las miradas de los espectadores. Sobre todo chicas. Era un ciclista de tez morena, faz angulosa, barba tan cerrada que, a pesar de estar bien rasurado, se le notaba el negreo en su cara. Mirada penetrante y sonrisa irónica. En ese momento se frotaba sus piernas morenas de músculos pronunciados por el ejercicio del pedaleo.

Cerca de él, junto a las vallas, unas chicas reían y lo provocaban con piropos:

-¡Morenazo! ¡Guapo! ¡Tío bueno!...

No hacía mucho caso acostumbrado, como estaba, a ese tipo de demostraciones.

Se le acercó un compañero y se levantó para hablarle. Miró casualmente hacia donde estaban las mozas. Una de ellas, aunque sonreía como las otras, le pareció diferente: pelo corto, cara muy blanca y redonda, ojos verdes, grandes y luminosos. Mientras charlaba con el otro ciclista sus miradas se cruzaron y ella se encendió, coloreándosele la cara como un tomate. Tanto que a él le pareció hermosísima. ¡Vamos, que se quedó prendado de la moza! Y a pesar de los llamamientos a que se pusieran en la línea de salida se le quedó grabada la cara.

Se colocó en el lugar que decidieron en el equipo. Hasta el fondo de la calle a ambos lados de las aceras se había colocado muchíma gente. Al ser las fiestas anuales del pueblo de cuando en cuando se oía la musiquilla de algún tiovivo, de los autos de choque o de vaya usted a saber que chiringuitos. Por donde extendía su vista destacaban por encima del público numerosas casetas de feriantes: a los puestos de churros o de fritangas, se unía ahora otros para preparar cocina turca o marroquí, y la venta ambulante de ropa de gentes hispanoamericanas: bolivianos, peruanos, ecuatorianos... hombres, mujeres y niños de rasgos andinos, pequeños, morenos... de ojos ligeramente achinados...

Miró hacia el punto donde había visto esos ojos verdes y luminosos. Pero ya no estaban las chicas. Se acercaba el coche de policía indicando que pronto comenzaría la carrera. El concejal de deportes dio la orden de salida. Eran varias vueltas por calles del pueblo. El sol calentaba de lo lindo.. Al principio todos los ciclistas se lo tomaron con lentitud. Gozaban de las bellezas que les deparaba el pueblo al tanto que calibraban las dificultades del trayecto. En un tramo podían apreciar la impresionante mole del castillo y un fonde de valles cubiertos de pinares y robles.

Y, allí, encima de un risco, la vio. Era ella, la de los ojos verdes. Un ciclista le pasó rozando, se le puso delante y cuando quiso recrearse con la moza venía una curva que cerraba la vista del risco. Se quedó un poco defraudado.

Pronto olvidó este episodio, porque estando, como estaba, dispuesto a ganar se dio cuenta que algunos de los que corrían con él y que conocían el peligro de la velocidad que adquirían en momentos precisos se habían colocado más adelante y tenía que pasarlos o como mínimo colocarse lo más cerca posible para vigilarlos y cortar de raiz una escapada que después podía ser insuperable. Aun quedaban vueltas, pero no tenía que dejarse abandonar. Su experiencia le indicaba que cualquier liberalidad de pensamiento podría ser fatal paar una consecución positiva de la carrera ciclista. El era un profesional. Y a mucha honra. Tenía que concentrarse y nada ni nadie distraerlo del objetivo principal: ganar la carrera. Ni esa moza por muy hermosa que fuera. Que lo era. Pedaleó cun fuerza. El públicó le ovacionó y pronto se colocó paralelo a esos que sabía eran sus contrincantes más notorios.

-Te habías rezagado -le dijo uno.

-¡En qué estarías pensando! -exclamó otro.

-En dos buenas tetas -espetó el tercero riéndose.


Permaneció mudo, en parte porque venía una curva y en parte para no servir de chacota a sus compañeros uy amigos, aunque contrincantes.

En la curva creyó verla. No, no era ella. Por cierto, esa si tenía buen tetamen, pensó para si. Era curioso que no se hubiera fijado en esa parte de la anatomía de la moza de los ojos verdes. Lo atribuyó al hecho, cierto, de la hermosura de sus ojos que le atrajeron como un imán. Porque a él, precisamente a él, la delantera nunca le pasaba inadvertida. No había otra razón. Cuando volviera a verla, si la veía, que la vería. De eso no tenía ninguna duda. Ya haría ella por buscarlo, se fijaría en esos apéndices mamarios. Se sonrió para sus adentros. Y su razonamiento no nacía de una petulancia propia de de un ciclista que se cree el dios del mundo. Ni hablar. Surgía de la experiencia de otras carreras en otras localidades. Luego, sacaba esa conclusión del enrojecimiento de su cara. Una muestra de la atracción que la moza había sentido hacia él.

Pedaleó con ansia y se colocó a la cabeza del pelotón. Calculó que estarían por la mitad de la carrera. Era el momento en el que se va diezmando el grupo. Las fuerzas van fallando en los individuos peor preparados y se retrasan. Sienten un agotamiento que por momentos se transforma en angustia y se ven morir. De ahora en adelante cada vuelta era un tormento difícil de soportar. Muchos no podrían ni con su alma por muy etérea que fiera. Lo más seguro es que solo cuatro o cinco, como siempre, resistirían el ritmo acelerado al frente del pelotón. Esos eran los peligrosos. A esos tenía que tener a raya. Naturalmente ganaría. Como siempre. Alguno podría pensar que se repetía al decir, como decía, 'como siempre'. Pero era la pura verdad. No podía utilizar otra locución porque esta era la que resumía su historia en el el ciclismo. Si, siempre ganaba. En todo.

Para corroborar sus reflexiones, allí estaba. Era ella. La moza. Le ofrecía una botella de agua que agradeció. Lo agradeció por muchas cosas: porque tenía necesidad de agua, porque era una prueba del atractivo que tenía con las mujeres, porque necesitaba verla y también, por qué no, para calibrar el grosor, el volumen, la medida exacta de su delantera a la que antes no había prestado atención. En este caso el resultado no daba igual. Lo decía por la canción de los mozos y mozas del pueblo entonaban y llegaba a sus oídos: 'Hemos venido a emborracharnos y el resustado nos da igual ¡Alcohol, Alcohol, Alcohol!'. No podía é, el ciclista, el campeón, concordar con el estribillo: a él no le daba igual que la chica de ojos verdes, grandes y luminosos, tuviera buene pechera o fuera lisa como una tabla. En este caso el tamaño si que importaba. Su inspección con la mirada, claro, (la otra vendría después), logró una calificación más que notable. Los genitales lo captaron. Daba gracias en esre caso a que estuviera subido en una bicicleta y que los trajes fueran tan ajustados que no permitían el movimiento de su miembro viril. De lo contrario su vergüenza le saldría por todos los poros de su piel.

Estos pensamientos por poco casi le cuestan salir derrotado en la carrera. Se retrasó y cuando sonó la sirena de la policía municipal estaba lejos de sus contrincantes. Costole Dios y ayuda lograr que su rueda pisase la meta con unos centímetros por delante de los otros. Pero lo logró.

Como siempre.

Después de descansar se dijo:

-Ahora, a por el otro triunfo.

Tenía pensado quedarse tarde y noche a la fiesta del pueblo. Pasó con sus compañeros por un bar. La vió. Allí estaba. En un bar. Hermosa. Cara redonda. Pelo corto. Ojos verdes. Luminosos. Reía. Lo miraba. Pero, ¡ay!, para su desgracia, estaba en brazos de otro.

Fdo: José Mª Amigo Zamorano

viernes, 30 de mayo de 2008

Aimé Césaire: 'Y ahora estamos'

...

Y ahora estamos de pie mi país y yo, al viento los cabellos, mis manos pequeñas en su puño enorme y la fuerza no está en nosotros, si no por encima de nosotros, en una voz que perfora la noche y el oído con la agudeza de una avispa apocalíptica.
Y la voz pronuncia que durante siglos Europa nos ha atiborrado de mentiras
Hinchado de pestilencia,
Pues no es cierto que la obra del hombre ha terminado
Que nada tenemos que hacer en el mundo
Que somos parásitos del mundo
Que basta con que marchemos al andar del mundo
Mas la obra del hombre apenas ha comenzado…

...

Fragmento del poemario 'Cuadernos de un retorno al país natal' (*), de Aimé Césaire.


(*) Libro de reciente reedición (diciembre de 2007) en Zamora (España) por la Fundación Sinsonte

martes, 27 de mayo de 2008

Aimé Césaire en el recuerdo: José Mª Amigo Zamorano

Un relato ciertamente antiracista

El estudiante, que era negro, la piel de su rostro así lo delataba, miraba por el ventanal del café a la plaza, se había apostado, al poco de llegar a París, tras unas breves escaramuzas, a una defensa legítima ante el ambiente hostil que, en un primer momento, lo sorprendió desarbolándolo. Y supo llevar a cabo con valor su resistencia.

Si tuviera que hacer un recorrido mental, y ahora lo hacía, por las lluvias que había visto o le habían mojado, desde que llegó a la Francia desde la Martinica, diría que habían sido innumerables. Unas lluvias mansas, si, pero incesantes. Y un cielo encapotado, gris oscuro, colocado sobre su cabeza oprimiéndola.

Ahora, en este momento, comenzaba a clarear. El suelo de la plaza, por tanto, brillaba con más intensidad. El agua corría por ella como por un arroyuelo dirigiendo su líquido al oeste. Dos ancianas caminaban, muy juntas, debajo de sus paraguas. Una de ellas, a cada paso, curvaba su espalda hacia la izquierda, como si le faltaran las costillas de esa parte. A otra, más atrás, le costaba tanto el andar que parecía que el cuerpo tiraba de de sus piernas remolcándolas. Iban, sin duda, a un templo de la iglesia católica que se hallaba unos doscientos metros en dirección sureste.

Miró su reloj. Aun quedaban algunos minutos para que llegaran sus amigos. Unos africanos y otros caribeños. Todos negros como él. Entre los más cercanos a la amistad, un senegalés y un guadalupano. Estudiantes de las colonias en la Escuela Normal Superior. Buenos estudiantes. Muy buenos. Y, como tal, acudían, tras terminar sus deberes diarios, al café, para intercambiar ideas y sentimientos. Lo necesitaban. Al ser de raza negra, recibieron desde el principio el impacto de las miradas de asombro y extrañeza, cuando no el arañazo del menosprecio o del rechazo.

Iban acumulando experiencias o anécdotas que conformaban un cuerpo, casi sólido, muchas veces maloliente, nada agradable para ellos.

En la espera, este estudiante que decimos, recordaba varias. Una de ellas, la que más le impresionó, fue la siguiente: yendo un día por la calle, venía enfrente una mujer con un niño de la mano; el niño extiende el brazo y apuntándole con el dedo índice le dice a la hembra:


-¡Mamá, mira, un negro!

No le dio importancia porque él era de raza negra. Obvio. De padre y madre negros. Tenía la piel morena. Se sonrió orgulloso de llamar la atención de un niño.

Casi a su altura, el niño, tiró de la falda de su madre mientras exclamaba:


-¡Mamá, mamá, un negro, un negro! -insistió el niño, quien con cara de susto exclamó llorando- ¡Tengo miedo!

Dejó de sonreir el estudiante y quiso hablarle al niño, pero la matrona se puso delante, cruzada de brazos, las piernas en uve, entre él y el hijo, protegiéndolo:


-¡Ni se te ocurra tocar a mi hijo, negro de mierda!

Desistió de hablar con el nene, ante la actitud agresiva de su señora madre.

No era lógico lo que acababa de oír. Ni lógico, ni razonable, ni justo. Era negro. Pues si, pero... ¿por qué daba miedo o a qué se debía eso de 'negro de mierda'?...

Y recordó su primer diálogo con uno de los camareros del café:


-Traigame un café, por favor.

-Perdone... quería preguntarle...

-¿Si?

-Es que no me atrevo... Acabo de llegar de mi pueblo... No he servido nunca a uno de su raza... Bueno, tampoco al de otras razas...

-Pregunte.

-Ya... pero... es que me da miedo...

-¿Miedo?

-No sé... dicen tantas cosas... que si son ustedes canívales...

-¡Por Dios! ¡No me como a nadie!... ¡Póngame el café, joder!

-Enseguida... señor.

Se había enfurecido, pero fue como un chaparrón en medio de la lluvia mansa, pronto se pasó. Cuando volvió con el café le dijo que perdonara su enfado y que cuando tuviera tiempo pasara por la mesa que le explicaría algunas cosas.

Paseó la vista por la plaza mientras pensaba en todo ello. Luego, miró al camarero que estaba detrás del mostrador charlando con un cliente. Se cruzaron sus miradas y el camarero le saludó sonriéndole. Ya se había acostumbrado a la presencia del joven estudiante negro. Solía pensar:

-'Que bien habla... a pesar de ser negro'.


La coletilla 'A pesar de ser negro' le duró mas bien poco, porque era un joven inteligente y de mente abierta a lo nuevo, aunque... esta es otra historia que algún día contaremos. Si lo mencionamos aquí y ahora es porque, al verle, así, inteligente, pero falto de cultura, le dejó el estudiante negro al camarero blanco un libro sobre la trata de esclavos y al devolvérselo le dijo:


-Usted es negro descendiente de esclavos y yo blanco. Sin embargo, es más libre que yo, porque estoy esclavizado al trabajo del patrono de este café. Usted, en cambio, está estudiando...

No sabía el camarero que si él estudiaba era por una beca. Como tampoco sabía lo de su madre:

-'Y mi madre que por nuestra hambre insaciable sus piernas pedalean, pedalean de día, de noche, de noche me despiertas esas pìernas infatigables que mueven el pedal de noche, y la mordida áspera en la carne blanda de la noche de una Singer cuyo pedal mueve mi madre por nuestra hambre, día y noche'(*).

Los pedaleos de su madre lo sostenían en momentos de moral baja. Eran un acicate ante el ambiente racista que lo impregnaba casi todo. En esos momentos el recuerdo de su madre, sacrificando su vida hasta altas horas de la noche, le infundía energía suficiente para soportar toda clase de sinsabores o de agravios.

La convivencia diaria en clase estaba llena de miradas aviesas, de sonrisas maliciosas, sobre todo cuando interrogaba al profesor por alguna cuestión de historia relacionada con la trata de esclavos. Luego, en los pasillos, o en el patio de recreo, (era ya una costumbre casi mecánica), se acercaría algún grupo, cosa que no hacían normalmente. Y con mucha finura, porque, hay que decirlo, todos o casi todos eran refinados, corteses, pulcros... unos hipócritas redomados... le preguntarían acerca de esa esclavitud, con la intención de rebatirle con argumentos teñidos de una capa intelectualmente conmiserativa o paternal. Siempre ensalzando la civilización occidental en general y la francesa en particular.


-El hecho de que tú estés aquí, demuestra que nuestra civilización se ha elevado por encima de prejuicios raciales. Y a los que, milagrosamente, se separan del orden de los simios, los acoge en su seno con amor de padre. Nace esta generosa amplitud de miras de los principios morales superiores inmersos en la civilización judeo-cristiana que, reconócelo, ha derrotado, en todos los campos, al grosero paganismo...

En uno de esos fugaces encuentros, se acercó otro grupo en el que estaba un estudiante de color, que ya había visto más veces pero nunca se había atrevido a dirigirle la palabra. Y salió en su defensa con un punto de vista que conciliaba la negritud con los aportes cristianos. Todo ello expresado con una brillantez y exuberancia que lo dejó con la boca abierta. A algunos convenció y a otros, bueno, se callaron de momento, respetándolo, en el grado que un blanco de élite puede hacerlo con uno de color. Además, sus conceptos no eran nada peligrosos.

Y su origen de clase siendo, como era, hijo de propietario y de la casta noble de Senegal, contribuían a hacerlo más digerible. En la discusión, ambos se sintieron atraídos participando, como participaban, de sentimientos similares. Y los acontecimientos históricos, como una hoz, los había agabillado, aun teniendo sus diferencias, porque las tenían. El nexo de unión estaba en Africa. Allí brotó el árbol. Pero las ramas se extendían en varias direcciones, por lo que las divergencias eran innegables: uno, hijo de propietario, el otro, de gente humilde; uno, vástago en primera línea de Africa, el otro, descendiente de esclavos, de la isla Martinica.

Diferencias que se borraban debido a su juventud y a causa de la lejanía de su ambiente, libres de las ataduras que las sociedades imponen a los individuos. A él no se le olvida ese poder de las estructuras sociales en el comportamiento de las personas; poder que se reflejó en el hermano de una novia que tuvo: fueron a un campamento veinte días; se hicieron muy amigos; una amistad sincera, limpia, sana, pura... como se quiera denominar a dos corazones que se juntan... cuando regresaban en el autobús siguieron charlando casi como hermanos..


-Pero a la vista de la ciudad se fue volviendo silencioso, se le cambió el rostro, se hizo duro, áspero, distante... como se quiera llamar a la persona que se cierra al trato... no era el mismo con el que yo había intimado en el campamento; ya no era libre, era blanco e hijo de ricos y el otro, yo, era negro e hijo de pobres.

Pero allí, en Francia, ante una sociedad que hacía tabla rasa de orígenes o etnias a la hora de tratarlos: idénticos prejuicios arañaban su existencia. Ellos, fuera de su ambiente de donde habían sido arrancados de cuajo, eran jóvenes, eran libres, eran cultos, eran... eso si, de clases diferentes, pero... eran negros... lo que les impulsaba a la hermandad, a la amistad, a la unión, a la supervivencia, a la lucha.

De modo que la ligazón fue aumentando hasta el extremo de sentir, como estudiantes negros, la idea de defenderse, legítimamente, de los ataques racistas, llegando a idear una organización o grupo de presión que contribuyera a difundir la cultura africana: su historia, literatura, costumbres, folclore... comenzando primero con una tertulia... en el café donde se hallaba en ese momento esperando la llegada de otros miembros de esa tertulia.

Seguía la lluvia cayendo con parecida mansedumbre desde hacía varios días. Y lo que parecía un clarear esperanzador se fue como el humo de la hoguera, y el cielo se tiñó de gris oscuro.

Desde que llegó a París, hubo años en que la lluvia duraba meses o si no la lluvia el cielo cubierto del nubes sin dejar pasar el sol, cuando esto ocurría se le ponía como un peso en la cabeza y tenía que enfrascarse en sus estudios para no pensar en ello, porque sino se desesperaba. No quería que eso le venciera, le derrotara definitivamente. Algunos no habían aguantado este peso y se habían suicidado. Pero a él no iba a ocurrirle esto porque en una asociación de imágenes recordaba el sol, el calor, la flora de su tierra y se pasaba horas en ese retorno a su tierra natal salvándole de la tentación de quitarse la vida. Que si alguna vez la tuvo, el recuerdo de su madre pedaleando en la máquina de coser le volvía valadí ese sentimiento.

Al principio de su llegada, no era ni su madre, ni su tierra natal, principalmente, el recuerdo que le venía. Era una moza que dejó allí. Se llamaba... No recuerda ya su nombre. Ni había vuelto a saber nada de ella.


-Habrá encontrado novio. Tendrá ya... hasta hijos.

Pero le gustaba rescatar momentos. En concreto, aquella tarde en el jardín: tras enseñarle las letras griegas, ella le escondió el pañuelo; nada, era una disculpa, un juego para acariciarse; él le dijo: lo tienes tu; y como que buscaba el pañuelo, comenzó a acariciarle los brazos; ella temblaba; y soltó el pañuelo de la mano, mientras él la besaba y le acariciaba los senos; tenía el pelo negro, ojos de azabache y piel fina y muy blanca... ¡curioso!... ¡piel blanca!


-¡¿Qué será de ella!? -se terminaba preguntando.

Eso era antes, recién llegado. Luego cada vez menos. El recuerdo se diluyó en la lluvia de Francia. Y solo quedó su madre. Su madre querida. Su madre inolvidable. Era como una fortaleza su recuerdo. Un baluarte inexpugnable de resistencia.

Pero entonces, recién venido, también es curioso, era la moza la que primero aparecía. En los primeros meses. Aun lo recuerda porque, como ahora, siempre estaba lloviendo, pero aquella lluvia no era como esta: aquella taladraba de frío como un berbiquí. Los canalones lanzaban sus chorros a coro con los surtidores de las fuentes.

Se sintió anonadado, empequeñecido, solo. Y en la habitación comenzó a llorar. A punto estuvo de abandonar Francia, de dejarlo todo, de salir corriendo y embarcarse en el mismo barco que lo había traído desde la Martinica. Pero recordó que le había prometido a... ¿cómo se llamaba?... ser valiente. La misma promesa que a su madre... No podía defraudarlas. Se quedó dormido encima de la cama.

Lo pasó muy mal y eso que no quería acordarse de las peleas con un chulo de su clase, porque esa parte de su vida de quince años ya quedó atrás.

Al año conoció a otro negro, era de Guadalupe una isla cercana a Martinica y la estancia se le hizo menos cuesta arriba. Miembro del Partido Comunista le enseñó el camino de la lucha. Era uno de los que se reunían en el café. En sus charlas se dieron cuenta de la necesidad de publicar una revista para mostrar a sus conciudadanos negros sus fallos y para rebatir las ideas racistas. Ideas que es difícil de erradicar, en parte porque el diferente da miedo y en parte porque las lleva uno impresas sin querer.

De esto ultimo adquirió conciencia a raíz del encuentro con un negro en un autobús. Participó de ese racismo. Como un canalla. Como un canalla cobarde. Así lo contó él mismo:


-Una Tarde en un tranvía frente a mí un negro. / Era un negro grande como un pongo que pugnaba por hacerse chico en un banco del tranvía. Trataba de despojarse en este banco pringoso del tranvía, de sus piernas gigantescas de sus manos temblorosas de boxeador hambriento. Y todo le había abandonado, su nariz se parecía una península abandonada en una rada y hasta su misma negrura que se decoloraba bajo la acción incansable de una curtidura en blanco. Y el curtidor era la Miseria. Un murciélago orejudo, repentino: en ese rostro las heridas de sus garras habían cicatrizado en islotes de sarna. Era un obrero incansable la Miseria trabajando en el algún cartucho horripilante. Se veía muy bien como el pulgar industrioso y malévolo había modelado el bulto de la frente, agujereado la nariz en dos túneles paralelos e inquietantes, alargado desmesuradamente el belfo y caricaturesca obra maestra había cepillado, pulido, barnizado la oreja más dimimuta y graciosa de la creación. / Era un negro desgarbado, sin ritmo ni medida. / Un negro que movía los ojos en una lasitud sanguinolenta. / Un negro sin pudor, los dedos de sus pies crujiendo hediondos en el fondo del cubilete entreabierto de sus zapatos. / La Miseria, no puede decirse otra cosa, se había esforzado en acabarlo. / Había ahondado la órbita de sus ojos, se los había cubierto con una pasta de polvo mezclada de legañas. / Había estirado el espacio vacío en tre el sólido encaje de la mandíbula y los pómulos de la vieja e deslustrada mejilla. Encima había planteado los estacas pequeñas y lucientes de una barba de varios días. Le había enfermado el corazón y encorvado la espalda. / El todo representaba perfectamente un negro repugnante, un negro gruñón, un negro melancólico, un escombro de negro que unía las manos en plegaria sobre un bastón nudoso. Un negro enterrado en un viejo chaleco raído. Un negro cómico y feo; las mujeres a mi espalda reían al mirarle. / Me volví hacia ellas y mis ojos proclamaban que yo no tenía nada en común con este mono. / Era COMICO Y FEO. / COMICO Y FEO ciertamente(*).


Alboreó una sonrisa estúpida de complicidad con las carcajadas de las mujeres del tranvía. / ¡Halló de nuevo su cobardía, cuando deseaba acercarse a ellas y retorcerles el cuello! Pero no encontró el significado nauseabundo, en su fealdad meridiana, hasta que no lo contó en la tertulia del café donde se encontraba ahora, pensativo, mirando la lluvia empapar plaza y soportales.

Y es que cuando terminó de relatar lo sucedido en el tranvía, uno de sus amigos, el senegalés, leyó un trozo breve de una obra clásica de la literatura castellana titulada 'El lazarillo de Tormes' que le hizo sonrojarse. La vergüenza le inundó todo su ser y casi no podía moverse por miedo a que sus huesos se rieran de él. El texto dice así:

'Ella y un hombre moreno, de aquellos que las bestias curaban, vinieron en conocimiento. Este algunas veces se venía a nuestra casa y se iba a la mañana. Otras veces de día llegaba a la puerta en achaques de comprar huevos y entrávase en casa. Yo, al principio de su entrada, pesábame con él e avíale miedo, viendo el color y mal gesto que tenía; mas, de que vi que con si venida mejoraba el comer, fuile queriendo bien, porque siempre traía pan, pedazos de carne y en el invierno leños, a que nos calentábamos.
De manera que, continuando la posada y conversación, mi madre vino a darme un negrito muy bonito, el cual yo brincaba e ayudaba a calentar.
Y acuérdome que, estando el negro de mi padrastro trebejando con el mozuelo, como el niño vía a mi madre e ami blancos y a él no, huía de él con miedo para mi madre y, señalando con el dedo, decía: '¡Madre, coco!'
Respondió él riendo: '¡Hideputa!'
Yo, aunque bien muchacho, noté aquella palabra de mi hermanico y dije entre mi: '¡Cuántos debe de haber en el mundo, que huyen de otros, porque no se ven a si mismos!'(1).

-Vale. Con eso ya me has dicho todo. Hasta se me ha puesto la carne de gallina. De vergüenza... ¡Qué vergüenza!... ¡Soy una mierda!...

Había escondido la cara entre sus manos. Pidió perdón por su cobardía. Y miró en derredor por si alguien más hubiera notado algo. Nadie. Todos los camareros estaban trabajando y los clientes ensimismados en sus cosas.

El guadalupano intervino para decirle que esa era un actitud hipercrítica. En realidad, con la sonrisa hermanada a las risas de las mozas del autobús, había realizado un acto de cobardía interior que pudiera trascender un día a la realidad. De momento solo había sido eso: un espíritu arrugado ante la realidad racista. Pero de los errores se aprende para no volver a cometerlos. Hasta ahora lo más grave, había seguido razonando el guadalupano, es que ese negro grandullón había sido derrotado por el sistema esclavista y él en vez de haber sentido un compromiso de rebeldía ante él se unió a la chacota general: lo que implicaba en buena manera una traición hacia todos los esclavos del mundo, hacia todos los explotados del mundo... en espíritu.

Y ¿eso que es? Nada. Un materialista dialéctico debe entender que es el movimiento y no la quietud lo que transforma la realidad. Dicho de otra manera: cuando de verdad tendrías que hacerte autocrítica es cuando tu acción se uniera a la de los enemigos de clase. Por lo que tu angustia es una simple actitud hipercrítica de naturaleza moralmente burguesa.

No entendió del todo el discurso del guadalupano, pero se dio cuenta de que sus disgustos tenían menos importancia real de la que él le había dado. Fue así mismo como una cura de humildad. Quería decir que su acción, por muy sonora o sangrienta que hubiera sido, no dejaba de ser eso: un hecho individual que nada hubiera cambiado en el orden evidente de la discriminación racial.

Estuvo unos días mal, debatiéndose entre el orgullo de ser negro, de su negritud sin tacha, que no cuajaba con su comportamiento en el tranvía o su inmersión en la Humanidad, una Negritud sin soberbia, sin odio, pertrechada de autocrítica, empezando por los de su raza con los defectos y virtudes que había ido acumulando a lo largo de la Historia con mayúscula.


-Me niego a considerar mis hinchazones como glorias venideras. Y me río de mis antiguas imaginaciones pueriles. Me escondía tras una vanidad estúpida.. y he aquí el hombre derribado. Su frágil defensa dispersa. ¿Mas qué extraño orgullo súbitamente me ilumina? Oh luz amiga... soy de los que no inventaron ni la pólvora ni la brújula, ni el vapor ni la electricidad, ni exploraron mares, ni cielos... mas sin ellos la tierra no sería tierra... mi negrura no es una piedra... se hunde en la carne roja del suelo, en la carne ardiente del cielo... (*)

Esa era su Negritud, una comunión con los suyos sin malquerencias hacia los demás, pero sin dejarse pisar por nadie. Y para eso necesitaban una publicación donde plasmar sus posturas ante la vida...

Al fondo de la plaza ya aparecían algunos de los esperados. Dos viejas, camino de la iglesia, les miraron con miedo apartándose de ellos. Pero a estas alturas de la historia ya no les importaba. Los rostros negros del senegalés y el guadalupano se confundían con el gris del ambiente. Caminaban deprisa envueltos en gabardinas negras. Tenían que debatir muchos puntos. Entre ellos el título de la revista: 'El Estudiante Negro' o tal vez 'Legítima Defensa'. O, quién sabe... otra cualquiera como... El tiempo lo diría.

El estudiante, que era negro, la piel de su rostro así lo delataba, los miraba desde el ventanal del café, se había apostado, al poco de llegar a París, tras unas breves escaramuzas, a una defensa legítima ante el ambiente hostil que, en un primer momento, lo sorprendió desarbolándolo. Y con ellos llevará a cabo su...

(*) Cuaderno de un retorno al país natal: poemario de Aimé Césaire
Reeditado en España por la Fundación Sinsonte con el título 'Retorno al país natal. Diciembre de 2007. Zamora.

(1) El Lazarillo de Tormes, Anónimo.


Fdo: José María Amigo Zamorano

martes, 20 de mayo de 2008

José Mª Amigo Zamorano: El 'Fiat umbra' de Isabel Escudero, diario de deslumbramientos

José Mª Amigo Zamorano: 'Fiat Umbra', de Isabel Escudero, diario de deslumbramientos

Título: Fiat umbra; Autora: Isabel Escudero; Editorial Pre-Textos; Colección: La Cruz del Sur; ISBN: 978-84-8191-875-5; Ciudad: Valencia; Primera edición: marzo de 2008

Aun recordamos, a pesar del tiempo transcurrido, lo que nos contaba un labrador zamorano, el sr. Ezequiel Romero, que andará ya por cerca de los cien años, una mañana temprano, en el campo, en un descanso de la faena, mirando los tejados de un pueblo de Tierra del Vino, El Piñero, cuando una chimenea tras otra dejaba salir su estela de humo y comenzaba a teñirse de rojo la amanecida:

-¡Qué hermosas las mañanas ahora en verano! ¡Qué contento nos producen los días! Y no en invierno que a las cinco de la tarde está todo oscuro que parece de noche y se los llena todo de tristeza.

Fue un una reflexión corta, breve. Un chispazo, un relámpago poético. Un fogonazo natural de alegría que le atravesó el alma. Alejado, claro, de un quehacer poético escrito. Poesía de la comunión del ser humano con la naturaleza. Un pronto, un repente, un suspiro emocionado.

Solo hubiera necesitado, pero no sintió esa necesidad, un papel y un lapicero, o una pizarra y un pizarrín, para que hubiera quedado constancia escrita del momento.

-Porque, -dicen los campesinos-, lo escrito se puede leer y las palabras se las lleva el viento y no sabe uno si irán a parar a algún oído de persona para que pueda repetirlas.

No, no se sabe. Pero en este caso llegó hasta nosotros.

Esos instantes irrepetibles, como los del sr. Ezequiel Romero, se hacen eternos cuando ruedan de boca en boca. Entonces se hacen populares. No son de nadie y son de todos. Son del común, como ciertas parcelas de tierra en algunos municipios.

Empero para ello, en tiempos como los actuales, en que todo, o casi todo, florece y se mustia al poco rato, es imprescindible plasmarlos en letra impresa para que otro, uno cualquiera, pueda, al leerlos, ante un auditorio de amigos, sentirlos como propios y al mismo tiempo comunes en comunión con los demás.

La poesía, sin voz, sin música que nos acaricie el oído, no es casi nada; es, si acaso, tristeza de tinta que ha de borrar el agua o papeles que llevará el viento, al decir de Rafael Alberti.

Pues bien, para que la poesía pueda hacerse de todos y con todos música, palabra, emoción comunal... logre enraizarse entre la muchedumbre... por y para ese empeño ha venido recogiendo Isabel Escudero en escritura los instantes breves, los momentos fugaces que, en el trajín de sus días, alumbran su cotidiana existencia; esos fogonazos, esos relámpagos, esos chispazos escritos son como un diario de deslumbramientos: 'Relumbres de la mañana: / el rocío / en la telaraña'.

Por la mañana, por la tarde, por la noche; en la solana o en la umbría. En cualquier momento. Sobre todo en la umbría. Así se ven más claras, más brillantes, las cosas. No por casualidad el poemario de Isabel Escudero se titula 'Fiat Umbra' que ahora, en marzo de 2008, acaba de sacarle a la luz la Editorial Pre-Textos.

Un poemario donde ha querido dejar constancia de sus momentos. Momentos prendidos del universo humilde que le rodea, de pequeñas emociones que la naturaleza le trasmite, de reflexiones sobre la vida y sobre la muerte. Siempre alegres, luminosas, nada fúnebres. 'Tú y yo, / como la uña y la piel, / pero una astillita / le dio por joder'. Pudiera decirse que ha apartado lo oscuro, lo tenebroso de si. No dejando que el invierno amargue los días placenteros de la primavera y el verano. No permitiendo que haya una astillita que le de por joder. Que le entristezcan, como al sr. Ezequiel Romero, los días oscuros de la estación invernal.

miércoles, 23 de abril de 2008

José María Amigo Zamorano: 'Los Cuernos de la Dignidad'

Después de firmado el tratado de paz, con el que no estaba de acuerdo, se vio apartado de todos los órganos de dirección. Una mañana se levantó temprano antes del alba y se puso en medio de la plaza. Se sentó justo en el centro adornándose con un cetro de cuernos gruesos, la dignidad de la embestida, de la lucha, del combate, para saludar él, el primero, la salida del sol. El primero.


Cuando, por fin, el astro apareció tras del horizonte, empezó a vocear rojos insultos hiriendo el silencio del amanecer. Las gentes se despertaron soñolientas y sorprendidas por tan insólito espectáculo. Se asomaban, tímidamente, a las puertas de sus casa. Lo miraron con recelo y con cierto miedo, ya que, hasta ese momento, había sido un miembro destacado de las altas esferas.

Si bien, sabían algo de la enemistad con el resto de la directiva, tendían a pensar en un enfado pasajero. Y volverían todos a ser uña y carne.

Tras de oir sus diatribas contra los otros jerifaltes, siguieron pensando que todo era riña de poca sustancia. Malestar entre compadres. Esos gritos les parecieron demasiado ruidosos, excesivamente notorios, para salir de un cambio radical. No entendían qué es lo que quería. Por lo que poco a poco, unos tras otros, fueron volviéndole la espalda. Y, metiéndose en sus moradas, atrancaron las puertas por lo que pudiera pasar.

Pero no pasó nada. Nada extraordinario. Ni se apagó el sol, ni crujió la tierra.

Eso si, cada puerta que se cerraba era, para él, una puñalada dolorosa. Cuando el último espectador abandonó la calle y desapareció dentro de su casa, sintió un vacío en el alma. Comulgó con el universo hundiéndose en el silencio del primer amanecer, cuando ya comenzaba la algarabía en el bosque que rodeaba el poblado.

De repente se dijo:

-Haré la guerra por mi cuenta.

Arrojó los cuernos al suelo y se marchó.

-Ahí os quedáis hijos de puta.

Pronto el bosque lo cubrió con sus ramajes.

Anduvo, anduvo, anduvo. Y llegó la noche oscura y se vino el día claro. Y caminó, caminó, caminó. Y se fue agotando hasta casi extenuarse con su lucha interior. ¿Qué esperaba?... ¿Qué buscaba?... Acaso un imposible. Anhelos de un mundo mejor en el bosque solitario. Como un anacoreta buscando a un dios. ¿Esperaba algo más?... ¿Buscaba algo más?... Si. Hallarse frente al enemigo. Uno solo. Buscaba, esperaba, a un culpable. Uno solo. De modo que, midiéndose de tú a tú, estaba convencido de librar, a su pueblo, de esa humillación que representaba la firma de un tratado de paz, humillante, injusto, paralizante.

Pero por mas que revolvía, escudriñaba, miraba y remiraba no lo hallaba por parte alguna. Eso si, le salían al paso los enemigos interiores: el hambre, la sed, el sexo, la imperiosa necesidad de cagar lo que el cuerpo no asimilaba... Contingencias que le hacían enfurecerse.

Así pasó días y días. En soledad. Uno tras otro. Sin que ningún enemigo asomara la jeta. Su mala jeta. Para partírsela.

-¡A ver! ¡Venir aquí si tenéis cojones! -gritó.

Y el eco devolvió el grito multiplicado por todos los lados del bosque. Miró en varias direcciones. Nadie. Solo el murmullo de un riachuelo. Hacia allí dirigió sus pasos vacilantes. Un remanso del arroyo de aguas cristalinas dejó reflejado su rostro como un espejo. Sin mentir le devolvió la conciencia del ser. No de la permanencia del ser. La caducidad de lo que nace, que es un pasar. Lo mismo que, ese remanso, es consciente de la mansedumbre de sus aguas que pasan y se renuevan para morir en el río, que es nacer de nuevo. Quiso trepar arroyo arriba hasta su nacimiento.

Extendió la vista. Las aguas se perdían entre los robles y las hierbas del prado. Un cinta plateada, a veces. Otra de un color de acero, aparecía aun más arriba. No tenía nada que perder. Su distintivo lo había dejado en medio de la plaza del pueblo. Por si alguno, o alguna, quisiera recoger el relevo de la protesta. Dudaba de que alguien, quienquiera que fuese, se arriesgara a colocar los cuernos de la embestida en la cabeza. El arrojo solo era propicio a seres como él. Singulares.

-Porque... ¿quién, a ver, quién, de los presentes había hecho alguna señal, mostrado algún indicio de aproximación?... ¡Nadie, coño, nadie!

Eran tiempos de espectadores, no de actores. Pensaba. De modo que ya nada tenía que hacer aguas abajo. Incluso llevaba días yendo de una lado para otro en las proximidades deseando tener un cuerpo a cuerpo. La sangre dispuesta a derramarse. O en la esperanza remota de que entre los habitantes que salieron a escucharle hubiera... aunque solo fuera uno o una que se decidiera a coger del centro de la plaza el talismán dejado adrede... Una especie de antorcha de fuertes cuernos. Pero había esperado en balde.

Siguió el curso de la corriente de agua. Siempre hacia arriba, hacia la cúspide. La pingorota del monte lo esperaba. El nacimiento del arroyuelo era su fin. Su nido de rocas lo anhelaba y él ansiaba la dureza del nacimiento. Y en pos de ese objetivo se le vio caminar falda arriba. Las aves volaban por el cielo trazando círculos. Eran buitres leonados y águilas negras.

Se oyó un grito de alegría, feroz. Y más tarde un alarido, desgarrador. El eco transmitió el grito y el alarido, como un mensaje de esperanza, de roca en roca. El silencio vino luego a enterrar todo sonido. Hasta la algarabía de los pajarillos enmudeció de repente.

En el centro del poblado ya no estaba el cetro de cuernos de la dignidad. El gorro que él había dejado, justo en el centro; el que le sirvió durante años, ese cetro de cuernos gruesos, ornato símbólico de la dignidad de la embestida, de la honra de la lucha, de la prez del combate...

jueves, 17 de abril de 2008

Muere Aimé Césaire, El Gran Poeta de la Negritud

Fallece el poeta y político martiniqués Aimé Césaire

17/04/2008 | Actualizada a las 12:55h
París.(EFE).- El poeta y político de Martinica Aimé Césaire ha fallecido hoy a los 94 años de edad en un hospital de Fort-de-France donde permanecía ingresado desde hacía una semana, informaron medios locales.
Fallece el poeta y político martiniqués Aimé Césaire
El poeta francés Aimé Césaire en una imagen de archivo / REUTERS / Vincent Kessler
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Considerado el apóstol de la "negritud" junto al senegalés Léopold Sédar Senghor y el guayanés Léon-Gontran Damas, Césaire fue durante años diputado de la isla caribeña de Martinica y primer edil de su capital, de la que hasta su muerte fue alcalde de honor.

El poeta ingresó el pasado 9 de abril por problemas cardiacos en el hospital universitario de Fort-de-France y enseguida fue trasladado a la unidad de cuidados intensivos dado su grave estado.