viernes, 30 de mayo de 2008

Aimé Césaire: 'Y ahora estamos'

...

Y ahora estamos de pie mi país y yo, al viento los cabellos, mis manos pequeñas en su puño enorme y la fuerza no está en nosotros, si no por encima de nosotros, en una voz que perfora la noche y el oído con la agudeza de una avispa apocalíptica.
Y la voz pronuncia que durante siglos Europa nos ha atiborrado de mentiras
Hinchado de pestilencia,
Pues no es cierto que la obra del hombre ha terminado
Que nada tenemos que hacer en el mundo
Que somos parásitos del mundo
Que basta con que marchemos al andar del mundo
Mas la obra del hombre apenas ha comenzado…

...

Fragmento del poemario 'Cuadernos de un retorno al país natal' (*), de Aimé Césaire.


(*) Libro de reciente reedición (diciembre de 2007) en Zamora (España) por la Fundación Sinsonte

martes, 27 de mayo de 2008

Aimé Césaire en el recuerdo: José Mª Amigo Zamorano

Un relato ciertamente antiracista

El estudiante, que era negro, la piel de su rostro así lo delataba, miraba por el ventanal del café a la plaza, se había apostado, al poco de llegar a París, tras unas breves escaramuzas, a una defensa legítima ante el ambiente hostil que, en un primer momento, lo sorprendió desarbolándolo. Y supo llevar a cabo con valor su resistencia.

Si tuviera que hacer un recorrido mental, y ahora lo hacía, por las lluvias que había visto o le habían mojado, desde que llegó a la Francia desde la Martinica, diría que habían sido innumerables. Unas lluvias mansas, si, pero incesantes. Y un cielo encapotado, gris oscuro, colocado sobre su cabeza oprimiéndola.

Ahora, en este momento, comenzaba a clarear. El suelo de la plaza, por tanto, brillaba con más intensidad. El agua corría por ella como por un arroyuelo dirigiendo su líquido al oeste. Dos ancianas caminaban, muy juntas, debajo de sus paraguas. Una de ellas, a cada paso, curvaba su espalda hacia la izquierda, como si le faltaran las costillas de esa parte. A otra, más atrás, le costaba tanto el andar que parecía que el cuerpo tiraba de de sus piernas remolcándolas. Iban, sin duda, a un templo de la iglesia católica que se hallaba unos doscientos metros en dirección sureste.

Miró su reloj. Aun quedaban algunos minutos para que llegaran sus amigos. Unos africanos y otros caribeños. Todos negros como él. Entre los más cercanos a la amistad, un senegalés y un guadalupano. Estudiantes de las colonias en la Escuela Normal Superior. Buenos estudiantes. Muy buenos. Y, como tal, acudían, tras terminar sus deberes diarios, al café, para intercambiar ideas y sentimientos. Lo necesitaban. Al ser de raza negra, recibieron desde el principio el impacto de las miradas de asombro y extrañeza, cuando no el arañazo del menosprecio o del rechazo.

Iban acumulando experiencias o anécdotas que conformaban un cuerpo, casi sólido, muchas veces maloliente, nada agradable para ellos.

En la espera, este estudiante que decimos, recordaba varias. Una de ellas, la que más le impresionó, fue la siguiente: yendo un día por la calle, venía enfrente una mujer con un niño de la mano; el niño extiende el brazo y apuntándole con el dedo índice le dice a la hembra:


-¡Mamá, mira, un negro!

No le dio importancia porque él era de raza negra. Obvio. De padre y madre negros. Tenía la piel morena. Se sonrió orgulloso de llamar la atención de un niño.

Casi a su altura, el niño, tiró de la falda de su madre mientras exclamaba:


-¡Mamá, mamá, un negro, un negro! -insistió el niño, quien con cara de susto exclamó llorando- ¡Tengo miedo!

Dejó de sonreir el estudiante y quiso hablarle al niño, pero la matrona se puso delante, cruzada de brazos, las piernas en uve, entre él y el hijo, protegiéndolo:


-¡Ni se te ocurra tocar a mi hijo, negro de mierda!

Desistió de hablar con el nene, ante la actitud agresiva de su señora madre.

No era lógico lo que acababa de oír. Ni lógico, ni razonable, ni justo. Era negro. Pues si, pero... ¿por qué daba miedo o a qué se debía eso de 'negro de mierda'?...

Y recordó su primer diálogo con uno de los camareros del café:


-Traigame un café, por favor.

-Perdone... quería preguntarle...

-¿Si?

-Es que no me atrevo... Acabo de llegar de mi pueblo... No he servido nunca a uno de su raza... Bueno, tampoco al de otras razas...

-Pregunte.

-Ya... pero... es que me da miedo...

-¿Miedo?

-No sé... dicen tantas cosas... que si son ustedes canívales...

-¡Por Dios! ¡No me como a nadie!... ¡Póngame el café, joder!

-Enseguida... señor.

Se había enfurecido, pero fue como un chaparrón en medio de la lluvia mansa, pronto se pasó. Cuando volvió con el café le dijo que perdonara su enfado y que cuando tuviera tiempo pasara por la mesa que le explicaría algunas cosas.

Paseó la vista por la plaza mientras pensaba en todo ello. Luego, miró al camarero que estaba detrás del mostrador charlando con un cliente. Se cruzaron sus miradas y el camarero le saludó sonriéndole. Ya se había acostumbrado a la presencia del joven estudiante negro. Solía pensar:

-'Que bien habla... a pesar de ser negro'.


La coletilla 'A pesar de ser negro' le duró mas bien poco, porque era un joven inteligente y de mente abierta a lo nuevo, aunque... esta es otra historia que algún día contaremos. Si lo mencionamos aquí y ahora es porque, al verle, así, inteligente, pero falto de cultura, le dejó el estudiante negro al camarero blanco un libro sobre la trata de esclavos y al devolvérselo le dijo:


-Usted es negro descendiente de esclavos y yo blanco. Sin embargo, es más libre que yo, porque estoy esclavizado al trabajo del patrono de este café. Usted, en cambio, está estudiando...

No sabía el camarero que si él estudiaba era por una beca. Como tampoco sabía lo de su madre:

-'Y mi madre que por nuestra hambre insaciable sus piernas pedalean, pedalean de día, de noche, de noche me despiertas esas pìernas infatigables que mueven el pedal de noche, y la mordida áspera en la carne blanda de la noche de una Singer cuyo pedal mueve mi madre por nuestra hambre, día y noche'(*).

Los pedaleos de su madre lo sostenían en momentos de moral baja. Eran un acicate ante el ambiente racista que lo impregnaba casi todo. En esos momentos el recuerdo de su madre, sacrificando su vida hasta altas horas de la noche, le infundía energía suficiente para soportar toda clase de sinsabores o de agravios.

La convivencia diaria en clase estaba llena de miradas aviesas, de sonrisas maliciosas, sobre todo cuando interrogaba al profesor por alguna cuestión de historia relacionada con la trata de esclavos. Luego, en los pasillos, o en el patio de recreo, (era ya una costumbre casi mecánica), se acercaría algún grupo, cosa que no hacían normalmente. Y con mucha finura, porque, hay que decirlo, todos o casi todos eran refinados, corteses, pulcros... unos hipócritas redomados... le preguntarían acerca de esa esclavitud, con la intención de rebatirle con argumentos teñidos de una capa intelectualmente conmiserativa o paternal. Siempre ensalzando la civilización occidental en general y la francesa en particular.


-El hecho de que tú estés aquí, demuestra que nuestra civilización se ha elevado por encima de prejuicios raciales. Y a los que, milagrosamente, se separan del orden de los simios, los acoge en su seno con amor de padre. Nace esta generosa amplitud de miras de los principios morales superiores inmersos en la civilización judeo-cristiana que, reconócelo, ha derrotado, en todos los campos, al grosero paganismo...

En uno de esos fugaces encuentros, se acercó otro grupo en el que estaba un estudiante de color, que ya había visto más veces pero nunca se había atrevido a dirigirle la palabra. Y salió en su defensa con un punto de vista que conciliaba la negritud con los aportes cristianos. Todo ello expresado con una brillantez y exuberancia que lo dejó con la boca abierta. A algunos convenció y a otros, bueno, se callaron de momento, respetándolo, en el grado que un blanco de élite puede hacerlo con uno de color. Además, sus conceptos no eran nada peligrosos.

Y su origen de clase siendo, como era, hijo de propietario y de la casta noble de Senegal, contribuían a hacerlo más digerible. En la discusión, ambos se sintieron atraídos participando, como participaban, de sentimientos similares. Y los acontecimientos históricos, como una hoz, los había agabillado, aun teniendo sus diferencias, porque las tenían. El nexo de unión estaba en Africa. Allí brotó el árbol. Pero las ramas se extendían en varias direcciones, por lo que las divergencias eran innegables: uno, hijo de propietario, el otro, de gente humilde; uno, vástago en primera línea de Africa, el otro, descendiente de esclavos, de la isla Martinica.

Diferencias que se borraban debido a su juventud y a causa de la lejanía de su ambiente, libres de las ataduras que las sociedades imponen a los individuos. A él no se le olvida ese poder de las estructuras sociales en el comportamiento de las personas; poder que se reflejó en el hermano de una novia que tuvo: fueron a un campamento veinte días; se hicieron muy amigos; una amistad sincera, limpia, sana, pura... como se quiera denominar a dos corazones que se juntan... cuando regresaban en el autobús siguieron charlando casi como hermanos..


-Pero a la vista de la ciudad se fue volviendo silencioso, se le cambió el rostro, se hizo duro, áspero, distante... como se quiera llamar a la persona que se cierra al trato... no era el mismo con el que yo había intimado en el campamento; ya no era libre, era blanco e hijo de ricos y el otro, yo, era negro e hijo de pobres.

Pero allí, en Francia, ante una sociedad que hacía tabla rasa de orígenes o etnias a la hora de tratarlos: idénticos prejuicios arañaban su existencia. Ellos, fuera de su ambiente de donde habían sido arrancados de cuajo, eran jóvenes, eran libres, eran cultos, eran... eso si, de clases diferentes, pero... eran negros... lo que les impulsaba a la hermandad, a la amistad, a la unión, a la supervivencia, a la lucha.

De modo que la ligazón fue aumentando hasta el extremo de sentir, como estudiantes negros, la idea de defenderse, legítimamente, de los ataques racistas, llegando a idear una organización o grupo de presión que contribuyera a difundir la cultura africana: su historia, literatura, costumbres, folclore... comenzando primero con una tertulia... en el café donde se hallaba en ese momento esperando la llegada de otros miembros de esa tertulia.

Seguía la lluvia cayendo con parecida mansedumbre desde hacía varios días. Y lo que parecía un clarear esperanzador se fue como el humo de la hoguera, y el cielo se tiñó de gris oscuro.

Desde que llegó a París, hubo años en que la lluvia duraba meses o si no la lluvia el cielo cubierto del nubes sin dejar pasar el sol, cuando esto ocurría se le ponía como un peso en la cabeza y tenía que enfrascarse en sus estudios para no pensar en ello, porque sino se desesperaba. No quería que eso le venciera, le derrotara definitivamente. Algunos no habían aguantado este peso y se habían suicidado. Pero a él no iba a ocurrirle esto porque en una asociación de imágenes recordaba el sol, el calor, la flora de su tierra y se pasaba horas en ese retorno a su tierra natal salvándole de la tentación de quitarse la vida. Que si alguna vez la tuvo, el recuerdo de su madre pedaleando en la máquina de coser le volvía valadí ese sentimiento.

Al principio de su llegada, no era ni su madre, ni su tierra natal, principalmente, el recuerdo que le venía. Era una moza que dejó allí. Se llamaba... No recuerda ya su nombre. Ni había vuelto a saber nada de ella.


-Habrá encontrado novio. Tendrá ya... hasta hijos.

Pero le gustaba rescatar momentos. En concreto, aquella tarde en el jardín: tras enseñarle las letras griegas, ella le escondió el pañuelo; nada, era una disculpa, un juego para acariciarse; él le dijo: lo tienes tu; y como que buscaba el pañuelo, comenzó a acariciarle los brazos; ella temblaba; y soltó el pañuelo de la mano, mientras él la besaba y le acariciaba los senos; tenía el pelo negro, ojos de azabache y piel fina y muy blanca... ¡curioso!... ¡piel blanca!


-¡¿Qué será de ella!? -se terminaba preguntando.

Eso era antes, recién llegado. Luego cada vez menos. El recuerdo se diluyó en la lluvia de Francia. Y solo quedó su madre. Su madre querida. Su madre inolvidable. Era como una fortaleza su recuerdo. Un baluarte inexpugnable de resistencia.

Pero entonces, recién venido, también es curioso, era la moza la que primero aparecía. En los primeros meses. Aun lo recuerda porque, como ahora, siempre estaba lloviendo, pero aquella lluvia no era como esta: aquella taladraba de frío como un berbiquí. Los canalones lanzaban sus chorros a coro con los surtidores de las fuentes.

Se sintió anonadado, empequeñecido, solo. Y en la habitación comenzó a llorar. A punto estuvo de abandonar Francia, de dejarlo todo, de salir corriendo y embarcarse en el mismo barco que lo había traído desde la Martinica. Pero recordó que le había prometido a... ¿cómo se llamaba?... ser valiente. La misma promesa que a su madre... No podía defraudarlas. Se quedó dormido encima de la cama.

Lo pasó muy mal y eso que no quería acordarse de las peleas con un chulo de su clase, porque esa parte de su vida de quince años ya quedó atrás.

Al año conoció a otro negro, era de Guadalupe una isla cercana a Martinica y la estancia se le hizo menos cuesta arriba. Miembro del Partido Comunista le enseñó el camino de la lucha. Era uno de los que se reunían en el café. En sus charlas se dieron cuenta de la necesidad de publicar una revista para mostrar a sus conciudadanos negros sus fallos y para rebatir las ideas racistas. Ideas que es difícil de erradicar, en parte porque el diferente da miedo y en parte porque las lleva uno impresas sin querer.

De esto ultimo adquirió conciencia a raíz del encuentro con un negro en un autobús. Participó de ese racismo. Como un canalla. Como un canalla cobarde. Así lo contó él mismo:


-Una Tarde en un tranvía frente a mí un negro. / Era un negro grande como un pongo que pugnaba por hacerse chico en un banco del tranvía. Trataba de despojarse en este banco pringoso del tranvía, de sus piernas gigantescas de sus manos temblorosas de boxeador hambriento. Y todo le había abandonado, su nariz se parecía una península abandonada en una rada y hasta su misma negrura que se decoloraba bajo la acción incansable de una curtidura en blanco. Y el curtidor era la Miseria. Un murciélago orejudo, repentino: en ese rostro las heridas de sus garras habían cicatrizado en islotes de sarna. Era un obrero incansable la Miseria trabajando en el algún cartucho horripilante. Se veía muy bien como el pulgar industrioso y malévolo había modelado el bulto de la frente, agujereado la nariz en dos túneles paralelos e inquietantes, alargado desmesuradamente el belfo y caricaturesca obra maestra había cepillado, pulido, barnizado la oreja más dimimuta y graciosa de la creación. / Era un negro desgarbado, sin ritmo ni medida. / Un negro que movía los ojos en una lasitud sanguinolenta. / Un negro sin pudor, los dedos de sus pies crujiendo hediondos en el fondo del cubilete entreabierto de sus zapatos. / La Miseria, no puede decirse otra cosa, se había esforzado en acabarlo. / Había ahondado la órbita de sus ojos, se los había cubierto con una pasta de polvo mezclada de legañas. / Había estirado el espacio vacío en tre el sólido encaje de la mandíbula y los pómulos de la vieja e deslustrada mejilla. Encima había planteado los estacas pequeñas y lucientes de una barba de varios días. Le había enfermado el corazón y encorvado la espalda. / El todo representaba perfectamente un negro repugnante, un negro gruñón, un negro melancólico, un escombro de negro que unía las manos en plegaria sobre un bastón nudoso. Un negro enterrado en un viejo chaleco raído. Un negro cómico y feo; las mujeres a mi espalda reían al mirarle. / Me volví hacia ellas y mis ojos proclamaban que yo no tenía nada en común con este mono. / Era COMICO Y FEO. / COMICO Y FEO ciertamente(*).


Alboreó una sonrisa estúpida de complicidad con las carcajadas de las mujeres del tranvía. / ¡Halló de nuevo su cobardía, cuando deseaba acercarse a ellas y retorcerles el cuello! Pero no encontró el significado nauseabundo, en su fealdad meridiana, hasta que no lo contó en la tertulia del café donde se encontraba ahora, pensativo, mirando la lluvia empapar plaza y soportales.

Y es que cuando terminó de relatar lo sucedido en el tranvía, uno de sus amigos, el senegalés, leyó un trozo breve de una obra clásica de la literatura castellana titulada 'El lazarillo de Tormes' que le hizo sonrojarse. La vergüenza le inundó todo su ser y casi no podía moverse por miedo a que sus huesos se rieran de él. El texto dice así:

'Ella y un hombre moreno, de aquellos que las bestias curaban, vinieron en conocimiento. Este algunas veces se venía a nuestra casa y se iba a la mañana. Otras veces de día llegaba a la puerta en achaques de comprar huevos y entrávase en casa. Yo, al principio de su entrada, pesábame con él e avíale miedo, viendo el color y mal gesto que tenía; mas, de que vi que con si venida mejoraba el comer, fuile queriendo bien, porque siempre traía pan, pedazos de carne y en el invierno leños, a que nos calentábamos.
De manera que, continuando la posada y conversación, mi madre vino a darme un negrito muy bonito, el cual yo brincaba e ayudaba a calentar.
Y acuérdome que, estando el negro de mi padrastro trebejando con el mozuelo, como el niño vía a mi madre e ami blancos y a él no, huía de él con miedo para mi madre y, señalando con el dedo, decía: '¡Madre, coco!'
Respondió él riendo: '¡Hideputa!'
Yo, aunque bien muchacho, noté aquella palabra de mi hermanico y dije entre mi: '¡Cuántos debe de haber en el mundo, que huyen de otros, porque no se ven a si mismos!'(1).

-Vale. Con eso ya me has dicho todo. Hasta se me ha puesto la carne de gallina. De vergüenza... ¡Qué vergüenza!... ¡Soy una mierda!...

Había escondido la cara entre sus manos. Pidió perdón por su cobardía. Y miró en derredor por si alguien más hubiera notado algo. Nadie. Todos los camareros estaban trabajando y los clientes ensimismados en sus cosas.

El guadalupano intervino para decirle que esa era un actitud hipercrítica. En realidad, con la sonrisa hermanada a las risas de las mozas del autobús, había realizado un acto de cobardía interior que pudiera trascender un día a la realidad. De momento solo había sido eso: un espíritu arrugado ante la realidad racista. Pero de los errores se aprende para no volver a cometerlos. Hasta ahora lo más grave, había seguido razonando el guadalupano, es que ese negro grandullón había sido derrotado por el sistema esclavista y él en vez de haber sentido un compromiso de rebeldía ante él se unió a la chacota general: lo que implicaba en buena manera una traición hacia todos los esclavos del mundo, hacia todos los explotados del mundo... en espíritu.

Y ¿eso que es? Nada. Un materialista dialéctico debe entender que es el movimiento y no la quietud lo que transforma la realidad. Dicho de otra manera: cuando de verdad tendrías que hacerte autocrítica es cuando tu acción se uniera a la de los enemigos de clase. Por lo que tu angustia es una simple actitud hipercrítica de naturaleza moralmente burguesa.

No entendió del todo el discurso del guadalupano, pero se dio cuenta de que sus disgustos tenían menos importancia real de la que él le había dado. Fue así mismo como una cura de humildad. Quería decir que su acción, por muy sonora o sangrienta que hubiera sido, no dejaba de ser eso: un hecho individual que nada hubiera cambiado en el orden evidente de la discriminación racial.

Estuvo unos días mal, debatiéndose entre el orgullo de ser negro, de su negritud sin tacha, que no cuajaba con su comportamiento en el tranvía o su inmersión en la Humanidad, una Negritud sin soberbia, sin odio, pertrechada de autocrítica, empezando por los de su raza con los defectos y virtudes que había ido acumulando a lo largo de la Historia con mayúscula.


-Me niego a considerar mis hinchazones como glorias venideras. Y me río de mis antiguas imaginaciones pueriles. Me escondía tras una vanidad estúpida.. y he aquí el hombre derribado. Su frágil defensa dispersa. ¿Mas qué extraño orgullo súbitamente me ilumina? Oh luz amiga... soy de los que no inventaron ni la pólvora ni la brújula, ni el vapor ni la electricidad, ni exploraron mares, ni cielos... mas sin ellos la tierra no sería tierra... mi negrura no es una piedra... se hunde en la carne roja del suelo, en la carne ardiente del cielo... (*)

Esa era su Negritud, una comunión con los suyos sin malquerencias hacia los demás, pero sin dejarse pisar por nadie. Y para eso necesitaban una publicación donde plasmar sus posturas ante la vida...

Al fondo de la plaza ya aparecían algunos de los esperados. Dos viejas, camino de la iglesia, les miraron con miedo apartándose de ellos. Pero a estas alturas de la historia ya no les importaba. Los rostros negros del senegalés y el guadalupano se confundían con el gris del ambiente. Caminaban deprisa envueltos en gabardinas negras. Tenían que debatir muchos puntos. Entre ellos el título de la revista: 'El Estudiante Negro' o tal vez 'Legítima Defensa'. O, quién sabe... otra cualquiera como... El tiempo lo diría.

El estudiante, que era negro, la piel de su rostro así lo delataba, los miraba desde el ventanal del café, se había apostado, al poco de llegar a París, tras unas breves escaramuzas, a una defensa legítima ante el ambiente hostil que, en un primer momento, lo sorprendió desarbolándolo. Y con ellos llevará a cabo su...

(*) Cuaderno de un retorno al país natal: poemario de Aimé Césaire
Reeditado en España por la Fundación Sinsonte con el título 'Retorno al país natal. Diciembre de 2007. Zamora.

(1) El Lazarillo de Tormes, Anónimo.


Fdo: José María Amigo Zamorano

martes, 20 de mayo de 2008

José Mª Amigo Zamorano: El 'Fiat umbra' de Isabel Escudero, diario de deslumbramientos

José Mª Amigo Zamorano: 'Fiat Umbra', de Isabel Escudero, diario de deslumbramientos

Título: Fiat umbra; Autora: Isabel Escudero; Editorial Pre-Textos; Colección: La Cruz del Sur; ISBN: 978-84-8191-875-5; Ciudad: Valencia; Primera edición: marzo de 2008

Aun recordamos, a pesar del tiempo transcurrido, lo que nos contaba un labrador zamorano, el sr. Ezequiel Romero, que andará ya por cerca de los cien años, una mañana temprano, en el campo, en un descanso de la faena, mirando los tejados de un pueblo de Tierra del Vino, El Piñero, cuando una chimenea tras otra dejaba salir su estela de humo y comenzaba a teñirse de rojo la amanecida:

-¡Qué hermosas las mañanas ahora en verano! ¡Qué contento nos producen los días! Y no en invierno que a las cinco de la tarde está todo oscuro que parece de noche y se los llena todo de tristeza.

Fue un una reflexión corta, breve. Un chispazo, un relámpago poético. Un fogonazo natural de alegría que le atravesó el alma. Alejado, claro, de un quehacer poético escrito. Poesía de la comunión del ser humano con la naturaleza. Un pronto, un repente, un suspiro emocionado.

Solo hubiera necesitado, pero no sintió esa necesidad, un papel y un lapicero, o una pizarra y un pizarrín, para que hubiera quedado constancia escrita del momento.

-Porque, -dicen los campesinos-, lo escrito se puede leer y las palabras se las lleva el viento y no sabe uno si irán a parar a algún oído de persona para que pueda repetirlas.

No, no se sabe. Pero en este caso llegó hasta nosotros.

Esos instantes irrepetibles, como los del sr. Ezequiel Romero, se hacen eternos cuando ruedan de boca en boca. Entonces se hacen populares. No son de nadie y son de todos. Son del común, como ciertas parcelas de tierra en algunos municipios.

Empero para ello, en tiempos como los actuales, en que todo, o casi todo, florece y se mustia al poco rato, es imprescindible plasmarlos en letra impresa para que otro, uno cualquiera, pueda, al leerlos, ante un auditorio de amigos, sentirlos como propios y al mismo tiempo comunes en comunión con los demás.

La poesía, sin voz, sin música que nos acaricie el oído, no es casi nada; es, si acaso, tristeza de tinta que ha de borrar el agua o papeles que llevará el viento, al decir de Rafael Alberti.

Pues bien, para que la poesía pueda hacerse de todos y con todos música, palabra, emoción comunal... logre enraizarse entre la muchedumbre... por y para ese empeño ha venido recogiendo Isabel Escudero en escritura los instantes breves, los momentos fugaces que, en el trajín de sus días, alumbran su cotidiana existencia; esos fogonazos, esos relámpagos, esos chispazos escritos son como un diario de deslumbramientos: 'Relumbres de la mañana: / el rocío / en la telaraña'.

Por la mañana, por la tarde, por la noche; en la solana o en la umbría. En cualquier momento. Sobre todo en la umbría. Así se ven más claras, más brillantes, las cosas. No por casualidad el poemario de Isabel Escudero se titula 'Fiat Umbra' que ahora, en marzo de 2008, acaba de sacarle a la luz la Editorial Pre-Textos.

Un poemario donde ha querido dejar constancia de sus momentos. Momentos prendidos del universo humilde que le rodea, de pequeñas emociones que la naturaleza le trasmite, de reflexiones sobre la vida y sobre la muerte. Siempre alegres, luminosas, nada fúnebres. 'Tú y yo, / como la uña y la piel, / pero una astillita / le dio por joder'. Pudiera decirse que ha apartado lo oscuro, lo tenebroso de si. No dejando que el invierno amargue los días placenteros de la primavera y el verano. No permitiendo que haya una astillita que le de por joder. Que le entristezcan, como al sr. Ezequiel Romero, los días oscuros de la estación invernal.

miércoles, 23 de abril de 2008

José María Amigo Zamorano: 'Los Cuernos de la Dignidad'

Después de firmado el tratado de paz, con el que no estaba de acuerdo, se vio apartado de todos los órganos de dirección. Una mañana se levantó temprano antes del alba y se puso en medio de la plaza. Se sentó justo en el centro adornándose con un cetro de cuernos gruesos, la dignidad de la embestida, de la lucha, del combate, para saludar él, el primero, la salida del sol. El primero.


Cuando, por fin, el astro apareció tras del horizonte, empezó a vocear rojos insultos hiriendo el silencio del amanecer. Las gentes se despertaron soñolientas y sorprendidas por tan insólito espectáculo. Se asomaban, tímidamente, a las puertas de sus casa. Lo miraron con recelo y con cierto miedo, ya que, hasta ese momento, había sido un miembro destacado de las altas esferas.

Si bien, sabían algo de la enemistad con el resto de la directiva, tendían a pensar en un enfado pasajero. Y volverían todos a ser uña y carne.

Tras de oir sus diatribas contra los otros jerifaltes, siguieron pensando que todo era riña de poca sustancia. Malestar entre compadres. Esos gritos les parecieron demasiado ruidosos, excesivamente notorios, para salir de un cambio radical. No entendían qué es lo que quería. Por lo que poco a poco, unos tras otros, fueron volviéndole la espalda. Y, metiéndose en sus moradas, atrancaron las puertas por lo que pudiera pasar.

Pero no pasó nada. Nada extraordinario. Ni se apagó el sol, ni crujió la tierra.

Eso si, cada puerta que se cerraba era, para él, una puñalada dolorosa. Cuando el último espectador abandonó la calle y desapareció dentro de su casa, sintió un vacío en el alma. Comulgó con el universo hundiéndose en el silencio del primer amanecer, cuando ya comenzaba la algarabía en el bosque que rodeaba el poblado.

De repente se dijo:

-Haré la guerra por mi cuenta.

Arrojó los cuernos al suelo y se marchó.

-Ahí os quedáis hijos de puta.

Pronto el bosque lo cubrió con sus ramajes.

Anduvo, anduvo, anduvo. Y llegó la noche oscura y se vino el día claro. Y caminó, caminó, caminó. Y se fue agotando hasta casi extenuarse con su lucha interior. ¿Qué esperaba?... ¿Qué buscaba?... Acaso un imposible. Anhelos de un mundo mejor en el bosque solitario. Como un anacoreta buscando a un dios. ¿Esperaba algo más?... ¿Buscaba algo más?... Si. Hallarse frente al enemigo. Uno solo. Buscaba, esperaba, a un culpable. Uno solo. De modo que, midiéndose de tú a tú, estaba convencido de librar, a su pueblo, de esa humillación que representaba la firma de un tratado de paz, humillante, injusto, paralizante.

Pero por mas que revolvía, escudriñaba, miraba y remiraba no lo hallaba por parte alguna. Eso si, le salían al paso los enemigos interiores: el hambre, la sed, el sexo, la imperiosa necesidad de cagar lo que el cuerpo no asimilaba... Contingencias que le hacían enfurecerse.

Así pasó días y días. En soledad. Uno tras otro. Sin que ningún enemigo asomara la jeta. Su mala jeta. Para partírsela.

-¡A ver! ¡Venir aquí si tenéis cojones! -gritó.

Y el eco devolvió el grito multiplicado por todos los lados del bosque. Miró en varias direcciones. Nadie. Solo el murmullo de un riachuelo. Hacia allí dirigió sus pasos vacilantes. Un remanso del arroyo de aguas cristalinas dejó reflejado su rostro como un espejo. Sin mentir le devolvió la conciencia del ser. No de la permanencia del ser. La caducidad de lo que nace, que es un pasar. Lo mismo que, ese remanso, es consciente de la mansedumbre de sus aguas que pasan y se renuevan para morir en el río, que es nacer de nuevo. Quiso trepar arroyo arriba hasta su nacimiento.

Extendió la vista. Las aguas se perdían entre los robles y las hierbas del prado. Un cinta plateada, a veces. Otra de un color de acero, aparecía aun más arriba. No tenía nada que perder. Su distintivo lo había dejado en medio de la plaza del pueblo. Por si alguno, o alguna, quisiera recoger el relevo de la protesta. Dudaba de que alguien, quienquiera que fuese, se arriesgara a colocar los cuernos de la embestida en la cabeza. El arrojo solo era propicio a seres como él. Singulares.

-Porque... ¿quién, a ver, quién, de los presentes había hecho alguna señal, mostrado algún indicio de aproximación?... ¡Nadie, coño, nadie!

Eran tiempos de espectadores, no de actores. Pensaba. De modo que ya nada tenía que hacer aguas abajo. Incluso llevaba días yendo de una lado para otro en las proximidades deseando tener un cuerpo a cuerpo. La sangre dispuesta a derramarse. O en la esperanza remota de que entre los habitantes que salieron a escucharle hubiera... aunque solo fuera uno o una que se decidiera a coger del centro de la plaza el talismán dejado adrede... Una especie de antorcha de fuertes cuernos. Pero había esperado en balde.

Siguió el curso de la corriente de agua. Siempre hacia arriba, hacia la cúspide. La pingorota del monte lo esperaba. El nacimiento del arroyuelo era su fin. Su nido de rocas lo anhelaba y él ansiaba la dureza del nacimiento. Y en pos de ese objetivo se le vio caminar falda arriba. Las aves volaban por el cielo trazando círculos. Eran buitres leonados y águilas negras.

Se oyó un grito de alegría, feroz. Y más tarde un alarido, desgarrador. El eco transmitió el grito y el alarido, como un mensaje de esperanza, de roca en roca. El silencio vino luego a enterrar todo sonido. Hasta la algarabía de los pajarillos enmudeció de repente.

En el centro del poblado ya no estaba el cetro de cuernos de la dignidad. El gorro que él había dejado, justo en el centro; el que le sirvió durante años, ese cetro de cuernos gruesos, ornato símbólico de la dignidad de la embestida, de la honra de la lucha, de la prez del combate...

jueves, 17 de abril de 2008

Muere Aimé Césaire, El Gran Poeta de la Negritud

Fallece el poeta y político martiniqués Aimé Césaire

17/04/2008 | Actualizada a las 12:55h
París.(EFE).- El poeta y político de Martinica Aimé Césaire ha fallecido hoy a los 94 años de edad en un hospital de Fort-de-France donde permanecía ingresado desde hacía una semana, informaron medios locales.
Fallece el poeta y político martiniqués Aimé Césaire
El poeta francés Aimé Césaire en una imagen de archivo / REUTERS / Vincent Kessler
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Considerado el apóstol de la "negritud" junto al senegalés Léopold Sédar Senghor y el guayanés Léon-Gontran Damas, Césaire fue durante años diputado de la isla caribeña de Martinica y primer edil de su capital, de la que hasta su muerte fue alcalde de honor.

El poeta ingresó el pasado 9 de abril por problemas cardiacos en el hospital universitario de Fort-de-France y enseguida fue trasladado a la unidad de cuidados intensivos dado su grave estado.

viernes, 28 de marzo de 2008

Los poetas de Orfeo Negro

Los poetas nombrados en la antología que prologa con su Orfeo Negro Sartre son los siguientes:

León G. Damas:
nacido en la Guayana en 1912. Autor de Pigments (GLM., 1937), Graffiti y Black Label.
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Gilbert Gratiant:
martiniqueño, nacido en 1901. Autor de Poemes en vers faux (1931)
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Étienne Lero:
de la Martinica, nacido 1909 y muerto en París en 1939. Fundador de Légitime Defense. Autor de numerosos poemas.
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Aimé Césaire:
martiniqueño. Diputado a la Asamblea Nacional francesa. Publicó Cahier d'un retour au pays natal (Bordas), Les armes miraculeises (Gallimard), Soleil cou coupé (K. éditer)
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Guy Tirolien:
de Guadalupe. Nació en 1917.
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Paul Niger:
igualmente guadalupeño. Nacio en 1917.
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León Laleau:
nació en Haití en 1892. Diplomático. Ha escrito: La flèche au coeur (Parville, 1926), Musique nègre, Ondes courtes, Orchestre (Divan, 1931, 1933, 1937)
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Jacques Roumain:
nacido en 1907 y muerto en 1944. Dejó Blois d'Ébene (1945) y Sale negre.
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Jean Briere:
nacido en 1909. Autor de Le petit Soldat (1930), Chansons secrètes (1932), Black Soul (1947)
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René Belance:
nacido en 1915. Escribió Luminaaires (1941), Survivances (1944), Épaule d'Ombre (1945)
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Leopold Sédar Senghor:
nacido en el Senegal en 1906. Ex ministro de la República Francesa. Autor de Chants d'Ombre (Editions du Seuil, 1945), Hosties Noires (Idem, 1948), Chants pour Naett (Pierre Seghers)
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David Diop:
nacido en Francia, de padre senagalés y madre camerunesa.
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Jean-Joseph Rabéarivelo:
nacido en 1931 y muerto en 1937. Autor de La coupe de cendres (1924), Sylves (1927), Volumes (1928), Vientos de la mañana (Rio de Janeiro), Traduit de la Nuit (Editions de Mirages, Tunis, 1935), Vieilles chansons de pays d'Imerina (Tananarive, 1939)
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Jacques Rabémananjara:
malgache, nacido en 1913. Autor de Aux confins de la nuit (Madagascar), Sur les marches du soir (Gap, 1940), Les dieux malgaches (París, 1942), Lyre a sept cordes...
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Flavien Ranaivo:
malgache también. Autor entre otras de L'Ombre et le vent (Tananarive, 1947)

Estos son los poetas que aparecen en la antología recopilada por Leopold Sedar Senghor a la que hizo un prólogo titulado Orfeo Negro Jean-Paul Sartre y que hemos colgado en este blog.
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jueves, 27 de marzo de 2008

Jean Paul Sartre: y VII.- EL PRIVILEGIO DE LA SERVIDUMBRE (+) (Orfeo Negro)

Un ensayo que puede servir de arma contra el racismo

VII. – EL PRIVILEGIO DE LA SERVIDUMBRE (+)

FIN DE 'ORFEO NEGRO'




(+) Traducción de Bernardo Guillén.
Buenos Aires, Editorial Deucalion, 1956

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Pero es preciso ir aun más lejos: esta experiencia esencial del sufrimiento es ambigua. Por ella es cómo la conciencia negra se hará histórica. Sea cual fuere, efectivamente, la intolerable iniquidad de la condición presente, el negro no se refiere en primer término, a ella cuando reclama que ha tocado el fondo de dolor humano. Tiene la horrible prebenda de haber conocido la esclavitud. En esos poetas, que en la mayor parte han nacido entre 1900 y 1918, la servidumbre, abolida medio siglo antes, sigue siendo el más vivo de los recuerdos:



Cada uno de mis hoy tiene sobre mi antaño

Grandes ojos que ruedan de rencor de

Vergüenza.

Aún va mi embrutecimiento de antaño

De

Golpes de soga anudados, de cuerpos calcinados,

Del tobillo a la espalda calcinada

De carne muerta de tizones de hierro al rojo de brazos

Rotos bajo el látigo despiadado… (1)




Escribe Damas, poeta de la Guayana. Y Brière, haitiano:




A menudo como yo sientes flexiones

Despertarse después de los siglos homicidas

Y sangrar en tu carne las viejas heridas… (2)




Durante siglos de esclavitud bebió el negro la copa de amargura hasta las heces. La servidumbre es un hecho pasado que nuestros poetas, ni sus padres, no conocieron directamente. Pero es también una enorme pesadilla, de la que no saben, ni siquiera los más jóvenes de entre ellos, que han despertado cabalmente. De un extremo al otro de la tierra, los negros, separados por sus colonizadores, por la lengua, por la política y la historia, tienen en común una memoria colectiva. Ello no es realmente asombroso, si recordamos que los campesinos franceses, en 1789, aún padecían terrores pánicos cuyo origen se remontaba a la guerra de los Cien Años. De esta suerte, cuando el negro se vuelve hacia su experiencia fundamental, esta nos muestra, de pronto, sus dos dimensiones: es a la vez la captación intuitiva de la condición humana y la memoria, aún fresca, de un pasado histórico.


Pienso aquí en Pascal: él repitió incansablemente que el hombre es un compuesto irracional de metafísica e historia, inexplicable en su grandeza si sale del limo, en su miseria si es aún tal y como Dios le hizo, y que es necesario recurrir, para comprenderlo, al hecho irreductible de la caída. En el mismo sentido, Césaire llama a su raza la ‘raza caída’. Y, en cierto modo, yo veo perfectamente la asociación que puede intentarse entre una conciencia negra y una conciencia cristiana: la ley de hierro de la esclavitud recuerda la del Antiguo Testamento, que relata las consecuencias del Pecado. La abolición de la esclavitud recuerda este otro hecho histórico: la Redención. El paternalismo dulzón del hombre blanco después de 1848, el del Dios blanco después de la Pasión se asemejan.


Pero la falta inexpiable que el negro descubre en el fondo de su memoria no es la suya propia: es la del blanco. El primer hecho de la historia negra es, por cierto, un pecado original; pero el negro es su víctima inocente. De ahí que su concepción del sufrimiento se oponga radicalmente al dolorismo blanco. Si sus poemas son, en su mayor parte, tan violentamente anticristianos, es porque la religión de los blancos se descubre al negro, aún más claramente que al proletariado europeo, como una mistificación. Esa religión quiere hacerle compartir la responsabilidad de un crimen cuya víctima es él mismo: persuadirlo de que vea en los raptos, masacres, violaciones y torturas que han ensangrentado el África un castigo legítimo, sufrimientos que ha merecido. ¿Dirán ustedes que, a cambio de ello, proclama la igualdad de los hombres ante Dios? Ante Dios, sí. Ayer mismo leía yo, en Esprit, estas líneas de un corresponsal en Madagascar: ‘Estoy tan convencido como usted de que el alma malgache vale tanto como el alma del blanco. Exactamente como el alma de un niño, ante Dios, vale lo que el alma de su padre. Sólo que, señor director, usted no permite a sus hijos conducir el coche, si usted lo tiene.” No se puede conciliar más elegantemente cristianismo y colonialismo.


Contra los sofismas, el negro, con solo profundizar en su memoria de antiguo esclavo, afirma que el dolor es el patrimonio de los hombres y que, sin embargo, es inmerecido. Rechaza con horror el marasmo cristiano, la voluptuosidad morosa, la humildad masoquista y todas las invitaciones tendenciosas a la sumisión. Vive el hecho absurdo del sufrimiento en su pureza, en su injusticia y en su gratuidad, y descubre en él esta verdad desconocida. O enmascarada, por el cristianismo: el sufrimiento comporta en sí mismo su propio rechazo, es por esencia negativa de sufrir, la cara oscura de la negatividad, una ventana que da a la revuelta y a la libertad.


Y al punto el sufrimiento se historializa en la medida en que la intuición del sufrimiento le confiere un pasado colectivo y le asigna un objeto en el porvenir. Era hasta hace un momento una pura eclosión presente de instintos inmemoriales, pura manifestación de la fecundidad universal y eterna. Pero he aquí que interpela a sus hermanos de color en un lenguaje muy distinto:




Negro pregonero de revuelta

Conoces los caminos del mundo

Desde que fuiste vendido en Guinea… (3)




Y:




Cinco siglos os vieron las armas en la mano

Y habéis enseñado a las razas explotadoras

La pasión de la libertad. (4)




Hay ya una Gesta negra: primero la edad de oro de África, luego la era de la dispersión y de la cautividad, luego el despertar de la conciencia, el tiempo heroico y sombrío de las grandes revueltas, Toussaint Louverture y los héroes negros, después la abolición de la esclavitud (‘inolvidable metamorfosis’, dice Césaire), y por fin la lucha por la liberación definitiva:




Aguardáis la próxima llamada

La inevitable movilización

Porque vuestra guerra sólo ha tenido treguas

Porque no hay tierra que tu sangre no haya empapado

Lengua en que tu color no fuera insultado.

Sonreís, Black Boy,

Cantáis,

Danzáis,

Arrulláis las generaciones

Que ascienden a toda hora

En las fuentes del trabajo y de la pena

Que se lanzarán mañana al asalto de las bastillas

Hacia los baluartes del porvenir

Para escribir en todas las lenguas

En las páginas claras de todos los cielos

La declaración de tus derechos desconocidos

Desde hace más de cinco siglos… (5)




Extraño y decisivo viraje: la raza se ha mudado es historicidad. El Presente negro estalla y se temporaliza, la negritud se inserta con su Pasado y su Futuro en la Historia Universal. Ya no es un estado, ni siquiera una actitud existencial: es un Devenir. El aporte negro en la evolución de la Humanidad no es ya un sabor, un gusto, un ritmo, una autenticidad, un ramo de instintos primitivos: es una empresa fechada, una paciente construcción, un futuro.


En nombre de la particularidades étnicas, el negro, hace un instante, reivindicaba su lugar al sol; pero ahora funda su derecho a la vida en su misión, y esa misión, como la del proletariado, procede de su situación histórica: puesto que ha sufrido la explotación capitalista, y más que todos los demás, adquirió más que todos los otros el sentido de la revuelta y el amor a la libertad. Y como es el más oprimido, lo que persigue necesariamente es la liberación:




Negro mensajero de esperanza

Sabes todos los cantos del mundo

Desde los de las construcciones inmemoriales. (6)




¿Podremos aún, después de todo esto, creer en la homogeneidad interior de la negritud? ¿Y cómo decir lo que es la negritud? Tan pronto es una inocencia perdida que sólo existió en una lejano pasado, tan pronto una esperanza que sólo se realizará en la Ciudad futura. Ora se contrae en un instante de fusión panteísta con la naturaleza, ora se extiende hasta coincidir con toda la Historia de la Humanidad. Ya es una actitud existencial, ya el conjunto objetivo de las tradiciones negro-africanas. ¿Se la descubre, acaso? ¿O, por el contrario, se la crea? Después de todo, hay negros que ‘colaboran’: después de todo, Senghor, en las noticias que preceden en su antología a las obras de cada poeta, parece distinguir grados de negritud. El que se convierte en el nuncio de la negritud ante sus hermanos de color, ¿los invita a hacerse cada vez más negros, o bien, por una especie de psicoanálisis poético les revela lo que son? ¿Es la negritud necesidad o libertad? Para el negro auténtico, ¿sus actitudes derivan de su esencia, como las consecuencias de un principio, o bien se es negro como el adepto de una religión es creyente, es decir, en el temor y temblor, en la angustia, en el remordimiento perpetuo de no ser nunca bastante lo que querría ser? ¿Es un elemento de hecho o un valor? ¿El objeto de una intuición empírica o de un concepto moral? ¿Es una conquista de la reflexión? ¿O bien la reflexión la envenena? ¿Si nunca fuera auténtica sino en lo irreflexivo y en lo inmediato? ¿Es una explicación sistemática del hombre negro, o un arquetipo platónico, al que podemos acercarnos indefinidamente sin alcanzarlo nunca? ¿Es, para el negro, como para nuestro sentido común de ingenieros, la cosa más compartida del mundo? ¿O desciende en unos pocos como una gracia, y elige a sus Elegidos?


Sin duda se responderá que es todo ello a la vez, y muchas otras cosas aún. Y yo estaré de acuerdo: como todas las nociones antropológicas, la negritud es un cosquilleo de ser o de deber-ser: la haces tal y te hace tal: juramento y pasión a la vez.


Pero hay algo más grave: el negro, ya lo hemos dicho, se crea un racismo antirracista. No desea absolutamente dominar el mundo, quiere la abolición de los privilegios, procedan de donde procedan. Afirma la solidaridad con los oprimidos de todos los colores. Y así la noción subjetiva, existencial, étnica, de negritud, se transfiere, como dice Hegel, a la de proletariado, objetiva, positiva, exacta.


‘Para Césaire, dice Senghor, el blanco simboliza el capital como el negro el trabajo… A través de los hombres de piel negra de su raza, lo que el canta es la lucha del proletariado mundial’. Es fácil decirlo, menos fácil pensarlo. Y, por cierto, no es casual que los cantores más ardientes de la negritud sean al mismo tiempo militantes marxistas. Pero la verdad es que la noción de raza no coincide con la de clase: aquella es concreta, particular; ésta, universal y abstracta. La una corresponde a lo que Jaspers llama comprensión, y la otra a la intelección. La primera es producto de un sincretismo psicobiológico, y la otra una construcción metódica a partir de la experiencia.

De hecho, la negritud parece ser el tiempo débil de una progresión dialéctica: la afirmación teórica y práctica de la supremacía del blanco es tesis, la posición de la negritud como valor antitético es el movimiento de la negatividad; pero ese momento negativo no tiene suficiencia por sí mismo, y los negros que se sirven de él lo saben muy bien. Saben que tiende a preparar la síntesis o realización de lo humano en una sociedad sin razas. La negritud, es pasaje y no llegada, medio y no fin último(*).


En el momento en que los Orfeos negros abrazan más estrechamente a esta Eurídice, sienten que se desvanece entre sus brazos. Es un poema de Jacques Roumain, comunista negro, el que ofrece el testimonio más conmovedor de esta ambigüedad:




África he conservado tu memoria África

Estás en mí

Como la astilla en la herida

Como un fetiche tutelar en medio de la aldea

Haz de mí la piedra de tu honda

De mi boca los labios de tu llaga

De mis rodillas las columnas truncas de tu abatimiento

Sin embargo

No quiero ser sino de vuestra raza

Obreros campesinos de todos los países. (7)



¡Con qué tristeza retiene aún por un momento lo que ha decidido abandonar! ¡con qué orgullo de hombre desnudará para los otros hombres su orgullo de negro! El que dice a la vez que el África está en él como la astilla en la herida, que quiere ser de la raza universal de los oprimidos, ése no escapó aún de la esencia desventurada. Un paso más, y la negritud desaparecerá completamente: lo que era el hervidero ancestral y misterioso de la sangre negra, el propio negro hace de ello un accidente geográfico, el producto inconsistente del determinismo universal:


Es todo ello clima extensión espacio

Lo que crea el clan la tribu la nación

La piel la raza de los dioses

Nuestra disparidad inexorable. (8)



Pero el poeta no tiene absolutamente el valor de tomar a su cargo esa racionalización del concepto racial: vemos que se limita a interrogar; bajo su voluntad de unión asoma un margo pesar. Extraño camino: humillados, ofendidos, los negros hurgan en lo más profundo de sí mismos para reencontrar su más secreto orgullo. Y cuando por fin lo encuentran, se impugna a sí mismo: por una generosidad suprema, abandona como Filoctetes abandonada a Neoptolemo su arco y sus flechas. De esta suerte, el rebelde de Césaire descubre en el fondo de su ser el secreto de su revuelta: es de raza real.



‘… es verdad que hay algo en ti que nunca ha podido someterse, una cólera, un deseo, una tristeza, una impaciencia, un desprecio, en suma, una violencia… y mira, tus venas acarrean oro, no barro; orgullo, no servidumbre. Rey has sido Rey antaño’. (9)




Pero rechaza en el acto esta tentación:



‘Una ley es que yo cubra con una cadena sin ruptura hasta el confluente de fuego que me volatiliza que me depura y me incendia de mi prisma de oro amalgamado… Moriré. Pero uno. Intacto. (10)




Es, acaso, esta desnudez última del hombre lo que le arrancó los oropeles blancos que disimulaban su coraza negra, y que ahora deshace y rechaza esa misma coraza. Es esa desnudez, acaso, lo que mejor simboliza la negritud. Porque la negritud no es un estado: es pura superación de sí misma, es amor. Es en el momento en que renuncia cuando se encuentra. En el momento en que acepta perder ha ganado. Al hombre de color, y a él sólo, se le puede pedir que renuncie al orgullo de su color. Es el que marcha sobre una cresta entre el particularismo pasado que acaba de dejar atrás y el universalismo futuro que será el crepúsculo de su negritud. El que vive hasta el fin el particularismo para encontrar en él la aurora de lo universal.

Sin duda, el trabajador blanco toma también conciencia de su clase para negarla, porque quiere el advenimiento de su clase; pero, insistamos, la definición de clase es objetiva. Resume, tan solo, las condiciones de su alienación. En cambio, el negro encuentra la raza en el fondo de su corazón, y de su corazón debe arrancarla. La negritud es dialéctica, pues; no es solo, aunque sí sobre todo, eclosión del instinto atávico; representa la superación de una determinada situación por parte de conciencias libres.

Mito doloroso y pleno de esperanzas, la negritud, nacida del Mal y grávida de un Bien futuro, es viva como una mujer que nace para morir y que siente su propia muerte hasta en los ricos instantes de su vida. Es un reposo inestable, una fijedad explosiva, un orgullo que se renuncia, un absoluto que se quiere transitorio. Porque, al mismo tiempo que anuncia su nacimiento y su agonía, sigue siendo la actitud existencial escogida por los hombres libres y vivida absolutamente, hasta las heces.

Porque es una tensión entre un Pasado nostálgico en que el negro no entra ya, y un futuro en el que cederá su sitio a nuevos valores, la negritud se engalana con una belleza trágica que no encuentra expresión sino en la poesía. Porque es la unidad viva y dialéctica de tantos contrarios, porque es complejo rebelde al análisis, sólo puede manifestarla la unidad múltiple de un canto, sólo la Belleza fulgurante del Poeta, que un Breton llama ‘explosante-fixe’. Como toda tentativa de conceptualizar sus distintos aspectos conduciría necesariamente a mostrar su relatividad, siendo que es vivida en lo absoluto por conciencias reales, y como el poema es un absoluto, sólo la poesía permitirá fijar el aspecto incondicional de esa actitud.

Porque es una subjetividad que se infiere en lo objetivo, la negritud debe cobrar cuerpo en un poema, es decir, en una subjetividad-objeto. Porque es un Arquetipo y un valor, hallará símbolo más transparente en los valores estéticos. Porque es un llamado y un don, no pude hacerse escuchar, y ofrecerse, sino por medio de la obra de arte, que es llamado a la libertad del espectador y es generosidad absoluta.

La negritud es el contenido del poema, es el poema como cosa del mundo, misteriosa y abierta, indescifrable y sugestiva: es el poeta mismo. Conviene ir aún más lejos: la negritud, triunfo del narcisismo y suicidio de Narciso, tensión del alma más allá de la cultura, de laas palabras y de todos los hechos psíquicos, noche luminosa del no-saber, opción deliberada de lo imposible, y de lo que Georges Bataille llama el ‘suplicio’. Aceptación intuitiva del mundo y rechazo del mundo en nombre de la ‘ley del corazón’, doble postulación contradictoria, retracción reivindicadora, expansión de su generosidad y, en su esencia, Poesía. Por una vez al menos, el más auténtico proyecto revolucionario y la poesía más pura emanan de la misma fuente.

Y si el sacrificio, un día, se consume, ¿qué ocurrirá? ¿Qué ocurrirá si el negro, despojándose de su negritud en provecho de la Revolución, ya no quisiera considerarse sino como un proletario? ¿Qué ocurrirá si no se deja ya definir sino por su condición objetiva? ¿Si se obliga para luchar contra el capitalismo blanco, a asimilar las técnicas blancas? ¿La fuente de la poesía se agotará? ¿O bien el gran río negro coloreará, a pesar de todo, el mar en que se lance? No interesa: a cada época su poesía. en cada época las circunstancias de la historia eligen una nación, una raza, una clase, para retomar la antorcha, creando situaciones que no pueden expresarse, o trascenderse, sino por la Poesía(**). Y ora el impulso poético coincide con el impulso revolucionario, ora divergen. Saludemos hoy la posibilidad histórica que permitirá a los negros, como dice Césaire,

"lanzar con tal rigidez el gran río negro que los cimientos del mundo serán quebrantados



Notas:

(1)Mes aujourd’hui ont chacun mon jadis
De gros yeux qui roulent de rancoeur de
Honte
Va encoré mon hébétude de jadis
De
Coups de corde noueux de corps calcinés
De l’orteil au dos calciné
De chair norte de tisons de fer rouge de bras
Brisés sous le fouet qui se déchaine…
Leon Damas

(2)Souvent comme moi tu sens des courbatures

Se réveiller après les siècles meurtrieres

Et saigner dans ta chair les anciennes blessures…

Brière

(3) Nègre colporteur de révolte

Tu connais les chemins du monde

Depuis que tu fus vendu en Guinée…

Roumain
(4)Cinq siècles vous ont vu les armes a la main

Et vous avec appris aux races exploitantes

Depuis plus de cinq sièces…

Brières
(5)Vous attendez le prochain appel

L’inévitable mobilization

Car votre guerre a vous n’a connu que des trèves

Car il n’est pas de terre ou n’ait coulé ton sang

De langue out a couleur n’ait été insultée

Vous souriez, Black Boy,

Vous chantez,

Vous dansez,

Vous bercez les generations

Qui montent à toutes les heures

Sur les front du travail et de la peine

Qui monteront demain á l’assaut des bastilles

Vers les bastions de l’avenir

Pour écrire dans toutes les langues

Aux pages claires de tous ciels

La déclaration de tes droits méconnus

Depuis plus de cinq siècles…

Brière
(6)Noir messager d’espoir

Tu connais tous les chants du monde

Depuis ceux des chantiers immémoriaux du Nil.

Jacques Roumain

(7)Afrique j’ai ardè ta mémoire Afrique,

Tu es en moi

Comme l’écharde dans la blessure

Comme un fetiche tutelaire au centre du villaje

Fais de moi la Pierre de ta fronde

De ma bouche les levres de ta plaie

De mes genous les colonnes brisées de ton abaisissement

Pourtant

Je ne veux être que de votre race

Ouvriers paysans de tous les pays.

Jacques Roumain



(8)Est-ce tout cela climat étendu espace

Que cree le clan la tribu la nation

La peau la race des dieux

Notre disemblance inexorable.

Jacques Roumain
(9)… c’est vrai qu’il ya quelque chose en toi qui n’a jamais pu se soumettre, une colère, un dèsir, une tristesse, une impatience, un mépris enfin, une violence…, et voilá tes veines charrient de l’or non de la boue, de l’orgeuil non de la servitude. Roi tu as été Roi jadis.

Aimé Césaire
(10)Une loi est que je couvre d’une chaine sans cassure jusqu’au confluent de feu qui me volatilize qui m’épure et m’incendie de mon prisme d’or amalgam… Je périrai. Mais un. Intact.

Aimé Césaire
(11)pouser d’un telle raideur le grand cri négre que les assises du monde en seront ébranlées

Césaire
(*) Párrafo citado por C. Wauthier en su obra ‘El África de los africanos’. Página 328, líneas 14 a 25.
(**)Párrafo citado por C. Wauthier en su obra ‘El África de los africanos’. Página 328, líneas 27 a 44.