sábado, 8 de septiembre de 2012

Muerte en la bodega de Los Delgadillos (G) -2ª parte-


Muerte en la bodega del Palacio de Los Delgadillos de Fuentespreadas
(Parte segunda)

7. Conquistando la fortaleza

-Esta parte del relato -me dijo Pedrito- es, en muchas partes, imaginación del pueblo. Que la ha hilado con hechos comprobados y medias verdades.

Un día, Luis, esperó a la entrada de la bodega a Remigia, la mujer del carpintero con la que tenía amoríos. Como tardaba bajó los escalones, abrió la espita de una cuba y se llenó una jarra. Hacía mucho calor. No solo él, en el corral las gallinas se refugiaban en las sombras, ahuecaban las alas y abrian el pico, los bueyes, las vacas y la burra hacían lo propio: Los cerdos en sus pocilgas gruñían suavemente. Tenía sed. Bebió un trago. Al hacerlo recuerda la primera vez que, como marido de doña Delfina, bajó a la bodega. No se le olvida que gritó con ganas, con la fuerza del que se considera libre de alguna opresión:

-¡Esto es mío! ¡Sí! ¡Siiiiiii!

¡Cuánto tiempo! ¡Ya diez años! Quién lo diría. Todo empezó cuando ella se le acerca a preguntarle que cómo se encuentra tras la muerte de su novia.

-¿Cómo quiere que me encuentre? Mal, muy mal.

-Comprendo. La querias mucho, ¿no?

-Ya lo sabe usted. Ella se lo contaría.

-Si. Me hablaba mucho de ti. Estaba tan ilusionada...

-Pensábamos hacer muchas cosas. Y ahora... -y se le rompió la frase.

-Tranquilo. Lo superarás encontrando otra que te quiera.

-¿Usted cree?

-No me cabe duda. Un mozo como tu... guapo, educado, prudente...

Le costó al 'Lorito' romper la barrera de la indiferencia de doña Delfina. Un hecho luctuoso fue crucial en las relaciones de ambos, aunque Luis no llegó a captarlo: la muerte del padre de Delfina. A partir de ese día, ella, por las noches, notaba la soledad oprimiéndole las sienes. Se hacía preguntas sobre su destino, sobre el paso inexorable del tiempo. El éxodo de golondrinas y vencejos le produce tristeza. Estaba sola. Luis 'El Lorito', con la ayuda de su amigo Argimiro, fue escalando peldaños hasta la ocupación completa y definitiva del territorio. Mas para ello tuvieron que aventurarse a una acción que, por poco, le cuesta la vida. Como Luis comprobase que sus relaciones no pasaban, eso pensaba, de las charlas frías, cordiales, prendieron fuego a la tenada del corral donde se guardaba, además de heno y leña, los manojos, que confeccionan trenzando los sarmientos de las cepas. Era un material altamente combustible que podía propagarse a las casas contiguas e incendiar el pueblo. Luis, surgido de improviso y como de la nada, se involucró tanto en apagar el fuego que un madero ardiendo le dio en la cabeza perdiendo el sentido. Entre alguos vecinos lo sacaron de alli. Cuando recobra la conciencia se halla en el zaguan del Palacio de Los Delgadillos y doña Delfina lo atendía. Lo primero que hizo fue preguntar por el fuego.

-Ya está apagado -responde el ama.

-La gente se ha portado muy bien haciendo una cadena de herradas llenas de agua...

-Pero la contribución tuya ha sido esencial. Y por poco te cuesta la vida.

-He cumplido con mi deber.

-De eso nada. Has arriesgado la vida y no merecía la pena. Le tenada se puede rehacer.

-O sea  que nos hemos expuesto por nada.

-No, no es eso. Quiero decir que no vale la pena morir por una tenada. Pero yo te lo agradezco. Si te hiubiera pasado algo... -y comenzó a llorar.

-No llore -y le acarició la cara.

Entonces ella lo abrazó.

(proseguirá)

Muerte en la bodega de Los Delgadillos (F)-1ª parte-


Muerte en la bodega del Palacio de Los Delgadillos de Fuentespreadas
(primera parte)

6. El Sargento Vargas

Doña Delfina, para decirlo todo, tampoco ocupó mucho tiempo de su pensamiento en el tal Luis 'El Lorito'. Como cotilleo del pueblo se interesó por él, por una corta temporada, cuando lo metieron en la cárcel. Poco mas. Si le prestó mayor atención fue a raíz de la muerte de su amiga. Le preguntaba varias veces a su criado Argimiro. Hasta se acercó al Lorito para preguntarle cómo se encontraba y de paso recordar a su querida Angustias.

Pero no fue indiferente a los hombre. De joven, doña Delfina, estuvo prendada de un mozo de su pueblo que apenas se fijo en ella. Ni siquiera la sacó a bailar. Nunca. Luego, el joven se casó y ella se vio obligada a olvidarle. 

Otro hombre que llamó su atención no era de su pueblo sino de una localidad andaluza que, unas veces, decía llamarse Alicate, otras Zahora. Era a la sazón Comandante del Puesto de la Guardia Civil. Lo llamaban Sargento Vargas. Su tez morena, su bigote, el brillo de sus ojos negros, su apostura, siempre tieso, siempre firme, si bien producía una cierta frialdad al final le atrajo. Lo conocía de las visitas que hacía a su padre para revisar el fusil mauser, ya que su progenitor pertenecía al Somatén, o simplemente para charlar. Entonces pasaban al salón y ella les servía una copa de licor café que su madre elaboraba. Varias veces lo vio fijándose en ella. En una ocasión que su padre no se hallaba en casa le dijo frases galantes. Su ceceo le produjo risa a Delfina y el guardia civil se quedó un tanto corrido.

-Se rie de mi, señorita.

-No, no... ¡por favor! Es su acento al hablar... Me resulta chocante.

-¡Ah! Aun tengo el deje de mi pueblo.

-¿De qué pueblo es usted, si no es una indiscreción preguntárselo?

-¿Por qué iba a serlo? De Alicate, Málaga.

-¿Es malagueño?

-Así es señorita, para servirla. Mi pueblo es muy bonito. Casa enjalbegadas. Blanco, todo blanco. Y el mar. ¡Ah! el mar... De noche... las olas del mar se arrastran por la arena de la playa produciendo un sonido de roce, como la seda por las piernas de una moza. Es un frufru excitante que...

-¡Oh, señor Comandante! Me va a sacar los colores. 

-Perdone, perdóneme...

-Le perdono. Y dígame... ¿se encuentra a gusto aquí?

-No me quejo. Cumplo órdenes. Pero... allí... en la casa de mis padres...

Y el guadia civil se extendía en alabanzas de su pueblo, del mar, de la pesca... Hasta que llegó su padre y la libró de esa catarata de palabras, muchas de ellas cortadas al uso de su tierra, lo que hizo que el entendimiento de lo que quería decir le resultase a Delfina, como castellana, dificil de desentrañarle el sentido.

En otras ocasiones la charla se repitió con pocas variantes. Si ella, por meter baza, y variar de tema, introducía la conversación por derroteros de literatura hablándole de Santa Teresa o de San Juan de la Cruz o de otros escritores menos religiosos como Becquer, Larra... se quedaba sin decir nada o se reía de los textos que ella citaba.

Delfina le preguntó a su padre sobre la opinión que le merecía el Sargento Vargas.

-Es una bestia. Todo lo resuelve fusilando a los que no piensan como él. Por otra parte no hace mas que repetir lo que los superiores dicen. Y si le llevas la contraria lo toma como un ataque al cuerpo. A ver si me entiendes bien, hija: no digo que sea un asesino. O si... ¿Quien sabe?... Los fusilamientos son de boquilla porque no tengo información de que haya matado a nadie. Lo que quiero decirte es que es mas bruto que un arado. Se puede hablar poco con él. Yo le respeto. Me cuenta quienes son los revoltosos y de paso se bebe una copa y se va.

La opinión vertida por su padre coincidía casi con la suya propia. No por eso dejó de pensar en él. Pero con menos admiración. Hasta que poco a poco se fue extinguiendo el fuego que, al principio, ardió con llama, eso sí vacilante, pero llama al fin. Después el Sargento Vargas fue trasladado a otra comandancia. Y ya, sin su presencia, el fuego se apagó. Solo quedaron cenizas que el tiempo aventó.

(proseguirá) ---

viernes, 7 de septiembre de 2012

Muerte en la bodega de Los Delgadillos (E)-1ª parte-


Muerte en la bodega del Palacio de Los Delgadillos de Fuentespreadas
(primera parte)

5. Doña Delfina Delgadillo

Don Gregorio le abrió las puertas de su casa. Doña Florinda otras puertas.

Ambos, para qué negarlo, lo hicieron con la intención de que su estancia fuera lo mas corta posible. Y pensaron de inmediato en alguna otra candidata que pudiera ayuntarse con el Lorito en santo matrimonio. Por mas que cuentan y repasan no hallan ninguna digna de él. Todas o casi todas las beatas están casadas y las pocas solteras o eran muy viejas o estaban ya marcadas. Se motejaba entonces así, 'marcadas', a las mujeres que habían tenido novios y por lo que fuere la relación se había acabado, también recibían ese apodo las mozas cuyas relaciones fueren de puro goce carnal, sin perspectiva matrimonial, a las que llamaban casquivanas y otras palabrejas insultantes. Y no, en aquellos tiempos no se perdonaba el que una mujer fuera libre de hacer con su cuerpo lo que le diera la gana, tampoco en los hogaño reina el paraiso de la libertad, pero hay otra mentalidad y se perdonan mas esos pecadillos. De modo que ningún varón, joven o adulto, podía aceptar un ejemplar femenino ya usado por otro, a no ser para aliviar sus ardores. Tengo que decirte que, aunque escasas, también las había de esa materia.

La única que se salía de esos cánones establecidos en tácito acuerdo a lo largo de años y años, era doña Delfina, dueña de buenas tierras de sembradura y regadío, viñas, palomares, josas y ganados, señora del Palacio de Los Delgadillos, mansión de Fuentespreadas, con escudo y todo. Mas ella no entraba en esa clase de mujeres a las que podía influir el párroco don Gregorio. Iba poco por la iglesia a no ser domingos y fiestas de guardar. Había otro impedimento para abordarla  y es que acababa de morir su íntima amiga Angustias. Sería contraproducente presionarla, si se dejaba, con el fin de que sustituyera a la difunta. Eso lo sabía el cura y solo de pensar en la reacción hirsuta, agria, iracunda, de la rica del pueblo, al mosén se le erizaba el pelo y eso que había demostrado ser un hombre bragado.

Lo que no sabían ni el cura ni la sobrina es que además, doña Delfina, tenía ciertos recelos hacia Luis 'El Lorito' fruto de lo que le contaba su criado Argimiro 'El Modorro'. Aunque esos resabios habían sido mellados en parte, y sin querer, por las tretas, argucias, arrojos o valentías que, dichas por su jornalero con la intención, aviesa, de rebajar su figura, tanto las resaltó y engrandeció que fueron adquiriendo, en la imaginación de su ama, estatura primero de pilluelo y luego de alta hombría; es decir de un varón varon, echao palante, casi un modelo para una mujer.

Si a estos atributos le sumaba a Luis sus estudios de latines durante varios años, su estancia en la cárcel y su seriedad en la iglesia, sus pocas palabras, su trato amable pero frío con las feligresas, las demostraciones de dolor por la muerte de su amiga que, ella, calibró de sinceras, componían un cuadro misterioso, contradictorio, sugerente. Y por ende le atraía.

Mas, para no te llames a engaño, toda esa suma de factores positivos y negativos, que tanto le atraían, no daba por resultado una inclinación hacia el hombre como varón compañero de una mujer sino que, todo lo contrario, incrementaba su desconfianza. Y cimentaba la negativa a no ajuntarse con nadie. Si quería conocerlo mas, era por puro deleite intelectual; deseaba despiezarlo, analizarlo como se hace con un ejemplar extraño de la fauna humana, para saber de sus interioridades. Y aunque reconociera, para que ocultarlo, su imantación objetiva viéndolo,  como lo viera, deseable para una hembra, por su físico: alto, fuerte, rubio, ojos azules, melena larga... deseaba diseccionarlo pues no terminaba de aprehenderlo, se le escapaba a su intelecto como un pez de las manos. Por eso precisamente no se fiaba de él.

La curiosidad de Delfina por clarificar lo oscuro le venía de niña. El por qué, que durante una época tienen los niños, le había seguido a lo largo de su vida. Ese anhelo de saber mas se lo produjo, curiosamente, un libro de texto de la escuela llamado 'Flora'. Poca cosa, pero allí aprendió por ejemplo el nombre de los 33 reyes godos, lo que la encaminó a profundizar en esa época de la historia en libros que su padre tenía en las estanterías. Como no tenía mas descendencia, su padre le animaba a seguir leyendo y la guiaba por el laberinto de la biblioteca. Allí comenzó a leer a poetas que tenían nombre de santos o devotos, como San Juan de la Cruz, Santa Teresa o Fray Luis de León. Becquer también cayó en sus manos y Larra y algunos mas, pero no le llegaron tan hondo como los tres anteriores.

(proseguirá)

Muerte en la bodega de Los Delgadillos (D)-1ª parte-


Muerte en la bodega del Palacio de Los Delgadillos de Fuentespreadas
(primera parte)

4. Las dos amigas y 'El Lorito'

La relación de Delfina con Angustias fluyó de una manera natural debido a la ubicación de ambas en familias ricas. Los prejuicios de la abundancia se dan en todas las sociedades por pequeñas que sean. La habitación de un ser, desde la mas tierna infancia, en ambientes del mismo nivel de riqueza moldea los espíritus de tal modo que arrasa, en general, las diferencias personales; o por lo menos propicia el entendimiento de las gentes de esa clase. Del mismo modo, la coexistencia en la pobreza, en habitáculos estrechos, en la escasez, iguala las conciencias de los habitantes de ese nivel y choca con el contrario. Así, ambas mozas, niveladas en su personalidad por la procedencia de clase se entendieron muy bien, llegando su trato a adquirir categoría de amistad. Pasaban el tiempo o bien en una casa o en la otra. Y como sus moradas estaban equidistantes de la iglesia parroquial, en ocasiones se citaba allí para efectuar labores de limpieza o adorno del templo. Hay que decir que, a este tipo de distraciones, era mas proclive Angustias que su amiga. Porque, aunque la riqueza, la abundancia, las nivelaba, no tanto como para definirlas como dos gotas de agua, había diferencias entre ellas, por ejemplo: una era devota de San Cristobal, santo patrón de la iglesia de Fuentespreadas y la otra de Nuestra Señora del Rosario.

Tenían marcadas otras divisiones pero eso te lo diré mas tarde.

Lo cierto es que el tiempo pasó y no hallaron mozo con el que casarse, ya que el hecho de ser ricas era ya, de por si  una barricada para muchos de los jóvenes del pueblo; jóvenes que no se atrevían a cortejarlas al contemplarlas, como las miraban, fuera de su órbita, volando en otra galaxia. Si a esto se añadía que, sus figuras, como hembras, no eran lo que se dice muy muy agraciadas; pues la una, Delfina, estaba, según la comparación popular, planchada; es decir: no tenía, al menos a la vista, pechera pronunciada; a la otra, Angustias, con la tez muy pálida, la enfermedad le jugó malas pasadas.

Eso si, había otras diferencias: Delfina tenía un carácter áspero, un tanto marimandona; gustaba de la literatura sobre todo la poesía; su amiga, por el contrario, por no ofender no hablaba con las gentes y, aunque no leía mucho, le gustaba oír los poemas que su amiga recitaba. Por lo demás, se decía que eran mozas viejas que estaban ya para vestir santos; y eso es lo que hacían, Angustias sobre todo, adornar las figuras de la iglesia.

Conocía Angustias a Luis 'El Lorito' por ser sacristán. Sin haber intercambiado apenas  palabra con él, ya que su estancia en la cárcel le predisponía a cierto recelo. Hasta que, un poco acicateada por don Gregorio el cura, comenzó a pensar en la posibilidad entablar conversación a fin de verlo como un ser humano normal, como un hijo de Cristo, libre de las telarañas que lleva tras de si el hecho de haber sido acusado de robo; delito del que, después se demostró, fue falsamente involucrado. Luis, un día que se encontraba solo con ella, en la sacristía, preparando ramos de flores para colocarlos en jarrones al pie de las imágenes, al ver que se tropezaba la cogió del brazo; pidiéndole, de inmediato, perdón por su atrevimiento, su intención no había sido, en modo alguno, el molestarla. Ella disculpó ese gesto y le dio las gracias por no dejarla caer. Entablaron una conversación de lo mas banal sobre cosas de la iglesia. Fue el comienzo de una relación que terminaría cuando, a pocos meses de casarse, la enfermedad retornó mas virulenta y murió.

Luis 'El Lorito' sintió mucho la muerte de Angustias. Lloró desconsoladamente y se encerró en casa de sus padres durante varios días. 

A su manera llegó a quererla. No con un amor puro, no. El cariño aparecía envuelto en la casa grande de los padres de ella, única heredera; forrado de tierras y de ganados y de árboles frutales y viñas. El fallecimiento de su novia fue la muerte de todo. 

Su voz suave, su  timidez, unido a su riqueza al alcance de la mano, se le metieron tan dentro que al quebrársele sintió un desgarrón de entrañas y lo anonadó. Y es que, por mas que hizo, no consiguió salvarla. Le llevaba agua de la Fuente del Caño y hojas de negrillos recordándole las tardes de paseo por esos lugares y animándole a superar la dolencia. Ella sonría. O bien se arrodillaba delante del altar de San Cristobal prometiéndole mil cosas si salvaba a su novia. Promesas que le contaba a la enferma. Esta asentía ofreciéndole una sonrisa. Desde el mirador de la iglesia recorría su vista las tierras que aparecían ese septiembre como una alfombra de remiendos verdes. Era la dulce otoñada que a Luis le resultaba amarga. Por doquier mirara allí aparecía una finca de Angustias. Y era a Angustias a quien veía. Angustias que se iba. Y no podía retenerla. Tentado estuvo de tirarse mirador abajo. Varias veces.

Argimiro 'El Modorro' lo visitaba todos los días. Lo consolaba. Lo animaba a salir a fuera, a la calle, a comprobar que la tierra, el mundo... seguía su curso. 

Sabía que su amigo tenía razón pero se consideraba derrotado. Necesitaba pensar, hallarse a si mismo; y el hogar de sus padres no era el lugar mas apropiado para esas intimidades. A cada movimiento su madre chocaba con él. El ruido de la poca loza se amplificaba en el espacio reducido de la cocina. Si se echaba en el camastro al poco casi no podía respirar por el humo de la lumbre del hogar, cuya chimenea no tenía capacidad para expulsarlo y se extendía por toda la estancia. Si su padre venía del huerto familiar o de ganar el jornal, contratado para alguna labor del campo, la casa se volvía aun mas pequeña. Hasta las caricias de la madre llegaron a irritarle y los reproches de su padre lo hacían iracundo. Por todo ello, al cuarto día, por la mañana, se acercó a la iglesia. Allí, en el silencio del templo, con el olor del incienso y el sonido de las campanillas movidas por los monaguillos puede pensar. Lo miran, si, las feligresas. Las beatas se compadecen de él. Pero no le importa. Había aprendido a cerrar el rostro a las influencias externas para que nada trascendiera fuera de lo que él deseaba. Fiel aprendiz del párroco quien escondía sus sentimientos tras una leve sonrisa.

(proseguirá)

Muerte en la bodega de Los Delgadillos (C)-1ª parte-


Muerte en la bodega del Palacio de Los Delgadillos de Fuentespreadas
(primera parte)

3. Argimiro 'El Modorro'

Al día siguiente, si mal no recuerdo, acudí al pajar. Pedrito estaba dormido y me quedé con las ganas de oír la continuación de la historia. Cuando llevé la merienda a las eras del Juncal, me preguntó por qué no había ido al pajar. A mi respuesta dijo tajante:

-Otra vez me despiertas. Te espero mañana a la misma hora.

Y añadió que me hablaría de Argimiro 'El Modorro'.

Argimiro 'El Modorro' era vecino de Luis. Las casas de sus padres estaban separadas por una pared de adobe. Desde niños habían jugado juntos y de jóvenes siempre se les vio uno al lado del otro en ocasiones donde los amigos necesitan rubricar su camaradería. Por lo que a nadie extrañó que, cuando falleciera la novia de Luis, fuera su sombra dolorida. El abrazo de ambos en el cementerio conmovió a toda la concurrencia e hizo llorar a las mujeres, las cuales prorrumpieron en gritos lastimeros. Sobre todas ellas sobresalió el lamento de doña Delfina, señora del palacio de Los Delgadillos de Fuentespreadas; y tampoco chocó esta muestra de desgarro por ser ella íntima amiga de la difunta y ama de Argimiro.

La vida de estos amigos corrió paralela. Si a Luis lo acogió el párroco de niño, a Argimiro lo alimentaron los padres de Delfina en su casa. Y si a uno dejó de hablarle el cura cuando abandona los estudios eclesiásticos, al otro lo echaron de la casona tras apercibirse los dueños de que hacía ciertas bellaquerías con su hija detras de las puertas. Y aquí terminaron sus andanzas juntos, pues a Luis, como sabes, lo metieron en la cárcel y Argimiro, muertos los padres de Delfina, volvió al palacio. 

Mas no, como algunos pensaron, a continuar con sus juegos carnales de adolescentes sino como criado a trabajar de firme. Ya muy de mañana, cuando apenas la aurora iniciaba sus matutinos destellos, aterido de frío en pleno invierno, se le veía dirigirse a la casa, con el sueño en sus ojos; allí ponía leña en el hogar y la prendía para que la dueña, cuando se levantase, se sentara en el escaño a desayunar con la cocina caldeada; luego, daba de comer a bueyes y mulas, ordeñaba las vacas, limpiaba las cuadras y, llenos los asnales de estiércol, lo transportaba hasta el corral; allí echaba la comida a los cerdos, paja a la burra, granos de trigo a las gallinas; y bajaba a la bodega a llenar jarras de vino para los jornaleros. Al llegar a la cocina con el vino, lo metía en la despensa y se sentaba a desayunar con el ama que había preparado un suculento almuerzo compuesto de huevos fritos con chorizo y sopas de leche. En el transcurso del mismo se discutía sobre las labores a realizar en el campo: arar, aricar, cavar, sacar la remolacha, cortar los sarmientos de las cepas... Cuando Argimiro insistía en llevarle la contraria discutían, sin consentir ella que levantara la voz. Llegaron a estimarse, incluso intimar... Mas en la imaginación de él que en la inclinación o predisposición de ella.  A veces le hacía gracia a ella la voz aflautada de Argimiro y como lo viera sonrojarse le acariciaba la cara diciéndole:

-No te enfades. No me río de ti.

Argimiro tenía una voz dulce, un si es no es femenina y en momentos tan aguda que algunos decían aflautada y para los criados, que estaban a su cargo, chillona. De cara redonda, boca sonriente, ancha, con dientes muy separados; si lo cabreaban apretaba los labios y sus ojos azules se volvían acerados y daba hasta un poco de miedo. Eran unos segundos que, al que los contempló, le hizo pensar que su campechanía era superficial. En alguna borrachera quiso agredir a un criado fornido y si no hubiera sido por su amigo Luis el otro le hubiera zurrado la badana y habría corrido la sangre pues escondía 'El Modorro' una navaja en el bolsillo. Eran arrebatos. El comportamiento cotidiano era de pura mansedumbre. 

Al morir su amiga Angustias, Delfina solía preguntarle por el estado de su amigo Luis. La contestación era siempre la misma:

-Lo estaba pasando mal pero lo superará. Es muy fuerte. 

Y seguía contándole aventuras por los pueblos de los alrededores en los que hacía hincapié, adrede, en la temeridad, dureza y frialdad en la conquista de las mozas de su amigo; hechos ajenos al recogimiento, piedad y devoción que demostraba en la iglesia. Defectos que agrandaban la personalidad del hijo de Eufrasia y Teodomiro.

Terminados sus relatos y acordadada la faena, él y otros criados marchaban al campo.

-Como yo que tengo que levantarme de la siesta para ir a trillar al Juncal, otro día te sigo contando cosas de don Luis 'El Breve'.

(proseguirá) ---

jueves, 6 de septiembre de 2012

Muerte en la bodega de Los Delgadillos (B)-1ª parte-


Muerte en la bodega del Palacio de Los Delgadillos de Fuentespreadas

2. Trabajo y amor de Luis 'El Lorito'

Al día siguiente, Pedrito continuó narrando de la manera que pongo a continuación, mas o menos, la historia de Luis 'El Lorito'; digo mas o menos porque han pasado muchos años y la memoria con el paso del tiempo se deteriora, por lo menos la mía:

-Luis 'El Lorito' vivió varios años en casa del cura párroco don Gregorio. Le ayudaba en asuntos de la Iglesia: arreglar figuras de santos, vírgenes y cristos, limpiaba el templo con las beatas, incluso tocaba o repicaba las campanas. Era un sacristán oficioso y eficaz. 

El párroco, unas semanas después de salir de la cárcel, lo envió a Zamora a casa de unos anticuarios con el fin de  tenerlo alejado del pueblo y, de paso, para que se empapara de su comercio de antgüedades. De esa manera el mozo adquirió conocimiento de lo que era valioso de verdad y no falsas imitaciones. Cuando volvió poseía suficiente sabiduría para discernir por qué pieza convenía pujar para comprarla y hasta cuánto; y que antiguedades no eran siquiera dignas de perder el tiempo y el dinero por ellas. Para empezar fue recorriendo casas de su pueblo con el objetivo de atisbar tesoros que, para el dueño de la casa, no valían un pimiento. Pero no se quedó ahí, recorrió los pueblos del entorno y, como era ayudante del párroco, se entrevistaba con los curas para ver si pudieran ser posibles suministradores de figuras de las iglesias. Miraba los templos. Y, a veces, se detenía a contemplar piezas casi carcomidas observando la reacción del párroco. Así palpaba la sensibilidad del cura captando si le parecían despreciables o no y le ofrecía precio según a la conclusión que hubera llegado. Algunos se resistían a vender algo que no era suyo. Mas otros se dejaban agasajar fácilmente. Como se había introducido en el mundo de los anticuarios sabía colocar los objetos mal adquiridos o robados de manera que, en un santiamén, desaparecían de la circulación para adentrarse en circuitos semiclandestinos que recorrían miles de kilómetros alejándolos del lugar donde podían ser conocidos. Era un negocio que, al cura y la sobrina, reportaba buenos beneficios. 

De la iglesia de Fuentespreadas y de otras cercanas, amén de piezas de labradores, se podrían, sin duda, ver en la otra punta de España y también pasaron al extranjero. 

Luis 'El Lorito' se daba cuenta que se estaban a provechando de él. Recibía, eso si, una parte mínima de los buenos cuartos que las antigüedades reportaban. Al principio quedó satisfecho pues, como un plus, además, a ratos yacía en tálamo, casi clandestino, con doña Fidelia. 

Mas cuando don Gregorio lo tubo bien atado de raterías anticuarias consideró que era ya el tiempo que debía irse de su casa; pero sin que se sintiera herido por ello. No le convenía que se enfadara. De modo que comenzó a sondear a varias feligresas solteras en el confesionario y fuera de él con el fin de hallarle una compañera con la que pudiera casarse. Maniobra que no le pasó desapercibida al 'Lorito' educado, como estaba, en el arte del disimulo, del paso silencioso y del escuchar conversaciones ajenas. Arte que, en el templo, realizaba divinamente don Gregorio. Otro arte o artimaña que llegó a manejar a las mil maravillas fue el lanzar mensajes aparentemente inofensivos pero que llevaban un veneno que se metía de inmediato en las víctimas. 

Él, por su cuenta, y con el arte que antes te indicaba, tanteó a una de las devotas de San Cristobal, patrono de la iglesia de Fuentespreadas, Angustias, que, además de rica heredera, se sabía que moriría pronto. Con lo cual, pensó, si lograba casarse con ella, heredaría una fortuna. Algo había avanzado el exseminarista en la conquista de la fortaleza pero, cuando el párroco comenzó su labor de zapa, la beata se abrió, como los pétalos de una flor, a los requiebros y zalamerías de Luis, el hijo de Eufrasia y Teodomiro.

Tanto que dejó la casa del cura y se fue con sus padres sin abandonar por ello la iglesia a la que acudía muy de mañana y se postraba de hinojos ante el altar para agradecer al santo San Cristobal los frutos obtenidos de su devota Angustias. Pronto fue presentado a los padres de ella que dieron su parabien. Y todas las tardes la iba a buscar a su casa, paseaba con ella por los alrededores de la Fuente del Caño y se metían en la negrillera para ocultar a miradas ajenas sus arrullos de amor; desembocaban mas tarde cogidos de la mano en la iglesia a rezar el Santo Rosario. 

La chica pareció rejuvenecer, reía y cantaba y le salieron colores rosados en las mejillas que antes tenía macilentas.

Por las mañanas, Angustias, se acercaba a ver a su amiga Delfina Delgadillo, otra rica heredera del pueblo a la que le contaba lo feliz que era, encareciendo de paso las virtudes de su querido Luis. Su amiga, una moza culta, le aconsejaba que contuviera su entusiasmo, que no tuviera prisa en acudir a la coyunda, que meditara sus pasos. Lo decía porque sabía de las habladurías sobre el tal 'Lorito'. Aunque, ella, de una manera objetiva, no veía con malos ojos al mozo: alto, fuerte, rubio, educado, religioso. 

¡Eso si, de familia pobre!

Angustias escuchaba a su amiga y le oía recitar a San Juan de la Cruz, a Fray Luis de León, a Santa Teresa... Y se marchaba a la hora de comer riendo, cantando y recitando eso de: ' Buscando mis amores / iré por esos montes y riberas; / no cogeré las flores, / ni temeré a las fieras, / y pasaré los fuertes y fronteras.' 

¡Qué feliz se encontraba!

Así siguió la vida diaria de esta devota de San Cristobal. Mes tras mes. El mozo ya entraba en casa de la novia por lo que los padres vieron conveniente concretar la fecha de la boda para no dar alas a las lenguas viperinas. Y así hicieron: en cuatro meses se casarían: el 15 de septiembre.

¡Ay, pero el Destino tenía otros planes! Poco antes de la boda se puso enferma y en dos semanas murió.

-Otro día te sigo contando. Tengo ya que uncir las mulas para ir a trillar a la era. El Juncal me espera.

(proseguirá) ---

Muerte en la bodega de Los Delgadillos (A) -1ª parte-


Muerte en la bodega del Palacio de Los Delgadillos de Fuentespreadas
(primera parte)

1. Introducción
  
Otro día fui al pajar, a la hora de la siesta, a charlar con Pedrito, el criado de mis padres. La casa estaba en silencio. Y en penumbra. Puertas y ventanas cerradas para evitar en lo posible que el intenso calor del verano penetrara en ella. Solo algunas rendijas en el tejado, la chimenea y la gatera de la puerta trasera dejaban pasar los rayos del sol. Las moscas revoloteaban en la cuadra entre las mulas y los bueyes. Algunas quedaban enredadas en las telarañas. Para su desgracia. Se oía un moscardón.

En el pajar, echado en la paja, Pedrito descansaba. Estaba despierto. Al verme sus ojos se iluminaron y una sonrisa pícara asomó a sus labios. Tenía ganas de charlar. Aquella mañana el trabajo no le había cansado.

-Te acuerdas -me dijo- de la historia que te conté de Luis 'El Lorito'...

-Si -contesté- el que robó los cálices de la bodega del...

-Pues se convirtió después -siguió Pedrito sin oirme- en don Luis 'El Delgadillo'...

-¿Y eso? ¿Es que enflaqueció?...

-No. Se casó con doña Delfina, dueña del Palacio de Los Delgadillos.

-Es decir que se marchó de Fuentespreadas.

-El Palacio de Los Delgadillos está en Fuentes.

-Aquí no hay ningún palacio.

-¡Como que no! Este es el palacio de Los Delgadillos.

Me puse a reir con ganas. Pedrito me miraba con su sonrisa burlona. Era pequeño de estatura, rostro curtido por soles y vientos, cara angulosa, ojos castaños y arrugas en la comisura de los labios. Daba la impresión de un niño adulto. Cuando terminé de reirme me habló de esta manera:

-La risa es signo de ignorancia. A ti, que has vivido siempre aquí, te parece exagerado que a esta casa se le llame palacio. Pero no me lo he inventado, lo dice José Mª Gonzalez en su libro sobre Fuentespreadas (*). Y aunque no lo hubiesa escrito él tiene todo lo necesario para serlo, hasta un escudo. Al menos para mi, que vivo la mayor parte del año en un cuchitril con mis padres, me parece un nombre apropiado. Date cuenta que tiene pajar, por ejemplo. Un pajar con cinco compartimentos cada uno de cuales es mas grande que la casa de mis padres. Luego las cuadras en las que caben seis o mas animales con pesebres de varias clases y altillo encima para el heno; horno con  chimenea y una sala contigua; al lado pasillo y poyos de piedras donde duermen los criados; sobrado con siete u ocho salas donde se almacenan los cereales, encima de los cuales se colocan uvas, peras y melones que tenéis para buena parte de invierno; corral con tenadas para el heno y los manojos; bodega de tres arcos con pozo; casa con zaguan encantado, poyos y una hornacina para tres cántaros de arcilla para agua; ocho habitaciones y cocina con una chimenea de alto vuelo y hogar para la lumbre; a ambos lados de él dos escaños, uno de ellos se transforma en mesa para por lo menos seis comensales; el techo de la cocina se ve cubierta de longanizas, chorizos, cabeza y rabo de cerdo, que chorrean hasta que quedan curados; una fresquera, un  armario, estantes para la loza y mas al fondo una despensa donde se guardan los productos de la matanza ya curados: jamones, chorizos, longanizas, tocinos...; mas alubias, garbanzos, lentejas... Si a esto le añades el terreno, delante de la casa, con varios departamentos para ganado... Ya me dirás tu si no es un palacio... No será como los que salen en las películas pero...

-Visto así...

Me miró a ver si decía yo algo mas. Al seguir callado continuó:

-Aquí se transformó Luis 'El Lorito' en don Luis. Un día, a estas hora y en verano, lo encontraron muerto en la bodega. Según el informe de la Guardia Civil el interfecto se acercó a la bodega en busca de vino y, como los peldaños eran, y lo siguen siendo, irregulares, debió de tropezar y resbalando escaleras abajo por la humedad  de la bodega dio su cuerpo en un poste que sostenía una roca agrietada del techo; el poste se quebró a consecuencia del golpe, la roca se desprendió aplastándole el cráneo de Luis 'El Lorito'.

-¡Pobre! Mala suerte. ¡Adiós don Luis!

-Ese fue el informe policial, que no convenció a todos.

-Cuenta, cuenta.

-Te lo tendré que contar en varias sesiones. Es largo.

-No importa. Cuando quieras puedes empezar.

-No, ahora no. Voy a enganchar las mulas. Hay que trillar en la era del Juncal.

-Aquí estaré mañana a la misma hora.

(proseguirá) ---

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(*) Libro: Breve historia de la villa de Fuentespreadas
Autor: José Mª González Aguado
Depósito Legal: ZA-III-2005
Imprime: Gráficas Artime
Zamora