viernes, 29 de junio de 2012

Una antifascista gilipollas


Relato realísimo

Venían campanadas del templo católico, apostólico y romano. Vibraban con son fúnebre. Por el muerto. Ella iría a arrodillarse. A rezar por el fiambre. 

Si se lo hubiesen contado por ahí, pensaría en lenguas de doble filo. Pero no. Fue ella misma la que adelantó sus intenciones, sus voluntades piadosas. ¡Increíble! La perplejidad se instala en él. Y no sabe si reír o llorar. 

El asunto se remonta a una llamada de teléfono.

Efectivamente, le llamó a una hora en la que no podía atenderla como es debido. Tenía que ir de viaje con su esposa inmediatamente.

Quería saber, ella, cuando acudía, a qué hora, la encargada del tanatorio. Pues estaba cerrado. Al oír la palabra 'tanatorio' se le encendieron al oyente todas las alarmas y expresó su inquietud a la que le había llamado por teléfono.

-¡Oh! Nada. Un vecino. Ha muerto. Tu le conocías. Seguro que te acuerdas del encontronazo que tuve con él.

Y ahí terminó todo. Fue por la mañana. Temprano. 

A mediodía, cuando regresaron del viaje, tras de comer, le picó la curiosidad de la llamada y cogió el auricular y la llamó.

Se puso al aparato primero el marido y luego ella, que le dio pelos y señales del por qué de su llamada. Que comprendía había sido muy a deshoras. Se disculpó con una abalancha de palabras que casi le echó para atrás. Como siempre. Y fue solo el principio de la tromba que vendría después. Del auricular salían, sin contención, como chorro por el grifo, atropelladamente, las explicaciones de lo ocurrido. El fiambre, el que esperaba ver en el tanatorio, cuando vivía como tu y como yo, al parecer, por lo que se había enterado, fue a ver al médico, por urgencias, pues no se encontraba bien del todo. Sentía algo que... Además llevaba tres o cuatro días sin evacuar.

-Así debió expresarse ante el doctor: 'evacuar'; en lugar de utilizar la palabra castellana llana y directa: cagar. Era muy redicho. Si lo sabré yo.

El medico -deducía ella- no llegó a percibir la gravedad de la queja. Eso si, para que no se marchara decepcionado o para curarse en salud (eso quién sabe) le dijo que tendría que hacerse unas radiografías. Mas como el ambulatorio no encerraba entre su material el aparato para hacerlas le preguntó al paciente:

-¿No tiene usted medios para acercarse al hospital provincial? Allí se las harían enseguida y con la placa a la vista daríamos en el clavo de su indisposición y comenzaríamos una cura con conocimiento de causa.

-Si. Tengo coche. Mas en mi estado no me atrevo a ponerme en camino.

-En ese caso, váyase a casa. ¿Le parece?... Otra cosa no podemos hacer. Y si eso que usted siente se agudizara llamaríamos a una ambulancia... ¿De acuerdo? Y mientras tanto, con lo que sea me llama, si así se siente mas tranquilo. 

Y con esas volvió a su morada. El desenlace fue rápido: si eran las siete o las ocho de la tarde cuando se producía el diálogo anterior, a las diez ya estaba muerto. Acudieron, casi de inmediato, según testigos presenciales, el médico con una enfermera que certificaron el óbito. Luego sobrinos y otros parientes a velarlo. No tenía hijos.

Y en cuanto a su visita al tanatorio, motivo de la llamada, ella, con buen acierto, dedujo, al no acudir nadie a abrirlo, después de dos horas de espera, que el interfecto no estaría allí. Y regresó a su hogar. Ya desde su casa llamó por teléfono a la funeraria de la capital provincial. Por cierto, le preguntaron muy amablemente que cómo se suponía que se llamaba el cadáver por el que se interesaba. Esa forma utilizaron: 'cómo se suponía que'.

-Muy atentos los de la funeraria.

Al decirle nombre y apellidos del vecino vivo, hoy espichado, comunicándole con mucha deferencia que si, que con ese nombre y esos apellidos se hallaba un finado en su establecimiento convenientemente tratado. Tieso y congelado en los depósito que la empresa de pompas fúnebres posee en el subterráneo. Todo ello hasta que pasen las horas establecidas por la ley. Transcurrido ese tiempo se devolverá al fallecido al pueblo para ser expuesto en el tanatorio local. 

-El traslado se llevará a cabo con todas las garantías. Como corresponde a una empresa rotulada, creemos que acertadamente, 'Muertos bien muertos, S.A.'. Empresa seria que cumple sus compromisos.

Así le expresó la funeraria y han cumplido con todo. Lo dice porque se ha enterado de que ya han trasladado al tanatorio al fiambre de su vecino.

-Pero... ¿de qué muerto me estás hablando? ¿Lo conozco?

-Ya te dije esta mañana. Lo recuerdo muy bien. Hasta las palabras exactas: 'Tu le conocías. Seguro que te acuerdas del encontronazo que tuve con él'. Verás: fue aquel individuo que expresó en mi casa aquellas ideas horribles sobre los emigrantes...

-¡Coño, si!: que había que echarlos a todos al mar de donde han venido...

-Eso. Y añadió que todos eran unos inútiles que venían a vivir del cuento. Que la sociedad tenía que exterminar a todo aquel que no sirviera para nada. Pero no solo ellos, sino  mendigos, cojos, tullidos, bobos, maricones, comunistas...

-Que si, que lo recuerdo. En su retahila incluyó a feministas...

-'Mujeres metomentodo', dijo.

-¡Ah, si! Me acuerdo. ¿Ese es el interfecto? Ya, ya. Que no pudiste aguantar esas palabras...

-Y lo eché de casa.

Él también recordó que los vecinos decían que era un personaje siniestro. Hasta les daba miedo porque aparecía de improviso. Como si surgiera de las sombras. En cualquier momento. Sin que antes nadie atisbara su presencia. Incluso una vez le vieron con una pistola en la mano. Comentaban que había sido sargento o comandante del ejército franquista y que cuando acabó la contienda lo enviaron a la legión. Si en la guerra de 39/39 del siglo pasado muchas de sus víctimas aun permanecían y permanecen en cunetas y fosas, luego, en la legión, se ensañó con los saharauis rebeldes. Uno del pueblo, que cumplió la mili en Sidi Ifni y el Sahara, contó como le vio echarle pólvora en la boca a un malherido saharaui que le pedía agua. Y a otro que alargaba el brazo pidiendo socorro... sacó la bayoneta y lo abrió en canal.

-Y dices que lo han traído al tanatorio... ¿Y por qué no lo han tirado a un muladar?...

-¡Hombre! ¡Qué cosas dices! Tirarlo... Está en el tanatorio. Si. Para allí voy ahora. A velarlo. Y mañana me han dicho que hay un responso por su alma en el templo católico. Iré a rezar por él.

-¿Tú, una comunista, feminista y de la vanguardia radical?

-Ya. Es por humanidad...

-La que tuvo él con sus víctimas... Con tu padre, por ejemplo.

Colgó el teléfono. Indignado. Furioso. Y perplejo. Por fuerza, ella, se repetía, no puede encarnar lo que autoproclama a diario con exuberante verborrea. Esa cataratas, o cascada, o aluvión de palabras, con que se adorna, esconde, sin duda, una realidad personal incontestable: es una humanitaria gilipollas. ¿Tendrá algo que ver la 'reconciliación nacional' de Carrillo? Que es, por cierto, solo,  reconciliación para los vencidos. ¿Qué militantes ha forjado el partido de Carrillo?... ¿Los que se arrodillan ante los verdugos?... ¿Así van a homenajear a las víctimas?...

Ahora que doblaron las campanas. Que tañeron solemnes. Desde el templo católico, apostólico y romano. Que vibraron con son luctuoso. Por el muerto. Que ella estará arrodillada rezando por el fiambre. Ahora, precisamente ahora, si se lo hubieran contado por ahí, pensaría que eran lenguas de doble filo. Pero no. Fue ella misma la que adelantó sus intenciones, sus voluntades piadosas. ¡Increíble! 

Y no tendría la menor importancia si ella no fuera quien es o dice ser: antifascista, feminista, atea, comunista para mas señas, e hija de un asesinado por los franquistas.

Como ven, este relato ha resultado muy muy político sin que el narrador, un servidor de ustedes, tenga nada que ver con el resultado. Son los propios personajes los que lo hacen de esa materia.

martes, 26 de junio de 2012

Iswe Letu: Vejetes sordos y un facha paralítico


Diálogo de sordos

Un parque enorme en la gran ciudad. Pero podría ser en cualquier parte. En una arboleda unos viejos sordos reunidos. Los contempla un viejo paralítico en silla de ruedas al que acompaña un joven que tira del vehículo. Los vencejos chillan de gozo volando de acá para allá. De fondo, sonido de tráfico rodado. Cielo azul y, atravesándolo, una estela blanca de avión.

-Cada edad tiene sus virtudes -decía un vejete con voz hueca de sordo.

-¡Qué! -interpelan los otros.

Repite la frase con oquedad mas elevada.

-¡Ah! Quien no se conforma es porque no quiere -contesta uno.

-¡Eh! -exclaman todos.

Repite las palabras.

-¡Oh! Una verdad muy mentirosa -piensa el realista.

-¡Uf! Verdad mas asquerosa... -reflexiona el achacoso.

-¡Bah! Aserto de perogrullo que ha hecho fortuna -piensa el pensativo.

-¡Hostias! Frase conformista donde las haya -se subleva el rebelde aunque le da igual.

El anciano paralítico mira al acompañante.

-Edad virtuosa desde donde quiera que se mire. ¿No, joven? Antes cada uno llevaba su carga. Ahora nos lleváis vosotros.

-¿Y quien no tenga ayuda? -interpela el mozo.

-¡Que se joda! En la lucha por la vida dominan siempre los que pueden.

-Eso es darwinismo social, señor. Corriente filosófica cruel donde las haya.

-Será lo que sea, pero... mira, ¡que no hubieran nacido!

El joven asombrado lo contempla.

-¡Ah, si!... ¡Joder!... Pues aquí te quedas, facha -afirmó el joven dejándolo en medio del parque. Y se perdió entre la arboleda.

Los chillidos de los vencejos ahogaron las protestas del viejo paralítico. El cielo estaba limpio. Sin estelas de aviones. Aves rapaces sobrevolaban el parque. El tráfico de la gran ciudad continuaba con su sordo ajetreo. Los vejetes sordos se habían retirado. Los seres vivos se disponían a comer. Hora del mediodía.

miércoles, 20 de junio de 2012

Iswe Letu: En tierra extraña


Título: Con los ojos bajos
Autor: Tahar ben Jelloun
Editorial Peninsula
Año: 1992
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Con los ojos bajos (el potencial lector de estas notas puede leer la obra en Internet), otra de nuestras relecturas, trata de la emigración, del desarraigo, del exilio. Ese podrá ser el resumen de la novela de Tahar ben Jelloun. Como todo resumen se sustrae de él los mil  y un detalles que conforman el universo de los que tienen que desplazarse de su patria obligados. 

Lo novela nos va trasmiiendo la memoria de una niña que se va haciendo adulta en el país donde trabaja su padre. La memoria de lo que dejó atrás y el choque con lo nuevo; y esa carga de recuerdos no le deja en paz y activa su imaginación creándose un mundo que va agrandándolo y con él los sentimientos, pensamientos y conciencia son tales que al final ya no responden ni al lugar de origen, ni al lugar de emigración, sino en otro plano que no olvida de donde procede, ni se puede ver libre de lo adquirido en tierra extranjera.

A lo largo de la novela el escritor marroquí denuncia de paso el racismo  al que de ven sometidos los trabajadores magrebíes. En Francia, la humanitaria Francia, la acogedora Francia, la hospitalaria Francia. Y ahí es donde el personaje va adquiriendo una nueva cultura. Y con ella, claro está, el concepto de racismo. Pero si solo se quedara ahí, la cosa iría bien. Mas con el racismo viene el insulto, la marginación, el desarraigo y... los asesinatos de emigrantes que el novelista recoge poniéndole nombres y apellidos  y apellidos: Abdeluahab Hemaham, Said Aounallah, Hammu Mebarki...

Tendremos que decir, para que se entienda bien lo que escribimos y de lo que escribimos, que no es una novela de denuncia, de protesta, aunque haya todo eso, no. Ni cuando se denuncia la flecha apunta a un solo centro, no. Si la Francia de los Derechos Humanos, de la que tanto se han vanagloriado queda en entredicho (algo que sabemos desde hace tiempo es que es un topicazo), la sociedad árabe no se libra de sus saetas.

Sin embargo Tahar ben Jelloun quiere ser fiel, tiene sus servidumbres, porque él mismo está agradecido a la cultura francesa, al tiempo que quiere, por supuesto, a Marruecos y, a su modo, constata los pro y contras de ambas civilizaciones: la árabe y la occidental.

Decir, para ir terminando esta reseña, que siendo los recuerdos de una niña que se va haciendo mujer, muchas de las rememoraciones están rodeadas de una nebulosa de sueños y siendo, como es, el repaso de una persona del género femenino flota sobre todo el relato la situación de la mujer que permanece, muy a menudo, con los ojos bajos.

Publicada, como se ve, en 1992, hace por lo tanto casi 20 años, esta nevela, releida ahora, precisamente ahora, creemos que cobra, en España, ardiente actualidad. Mas que cuando fue editada por primera vez. Seguro.

Algunos párrafos que destacamos:

"Mi padre nunca abandonó su pueblo. Se espíritu se había quedado amclado allí, para siempre. El tiempo era para él un artilugio para contar las horas de trabajo en la fábrica. Pero, en su fuero interno, era el tiempo del pueblo el que seguía trascurriendo tranquilamente, sin demasiada agitación, sin plantearle las preguntas embarazosas que a mi se me ocurrían a menudo".

"Los olores de la hierba y de las bestias llegaban a mi. Yo me resistía. Negaba su presencia".

"Un día mientras enumeraba, aostada en mi cama, todas esas cosas, me detuve de pronto al oir el ruido de una detonación, seguido del grito de una mujer, prolongado y doloroso. Era el grito de una madre; le acababan de matar al hijo. ¡Djelali!: quince años y algunos meses, guapísimo, con aquellos ojso verdes y el pelo negro rizado.
Eran las nueve y diez de un domingo, 27 de octubre de 1971, cuando la bala le atravesó el corazón de un niño que jugaba a las maquinas en un café de la Goutte d'Or".

"La primavera era una voz que bajaba de la montaña, tan pura como un manantial; la voz de un antepasado, un compañero del jeque Ma El Ainin, el rebelde del sur que había vencido a generales franceses y españoles".

"Desde entonces, sé todo sobre Matisse, su vida, sus pasiones, sus dramas y su estancia en Marruecos".

" A menudo me digo a mi misma que la miseria debe volver estúpida a la gente. ¡Hay que ver lo que son capaces de inventar para distraer la pobreza, adornarla y negarla!".

"¿Será acaso amar saber todo del otro y aceptarlo? ¿O, al contrario, tener la ilusión de saber todo del otro u querer modificarlo?".

"El pudor es mirar al hombre de frente y confrontar sus deseos con nuestras exigencias. Si aquí todavía es el hombre el que monta sobre el mulo, mientras la mujer, al lado, lo sigue a pie y si la la gente lo sigue considerando natural, yo no".

martes, 19 de junio de 2012

Iswe Letu: Dime la verdad

1. Corbata

Cotito desprendía todos los días por la mañana un olor inconfundible: el olor seminal. Se despertaba; se masturbaba; cogía la cartera, sin olvidar la espada con la que jugaba, y se iba al colegio.

Su madre decía que estaba mas salido que un burro garañón. Lo conocía bien y sabía que su hijo, excitado, podía ser peligroso. Por tal motivo le había enseñado la manera de desahogar sus instintos naturales. Y no contenta con eso le había masturbado ella alguna vez.

Conseguía así tranquilizar a su hijo y, de paso, se preparaba para masturbarse, posteriormente, ella misma: en cuanto el hijo abandonara la casa.

Lo necesitaba pues el marido no le hacía caso: se levantaba temprano para laborar en la albañilería y no retornaba hasta el anochecer; luego cenaba y salía a la cantina. Por consiguiente la humilde hembra también necesitaba desahogarse: de ahí que entendiera divinamente los ardores de su vástago.

Cotito, que así le llamaban a su retoño, salía de casa, sin almorzar, muy sosegado.

Por el camino se iba alterando a medida que se acercaba al colegio: unos le escarnecían, "Cotito, bobito; Cotito, bobito", otros le tiraban piedrecillas y la generalidad a los que dirigía la palabra huían.

No alcanzaba su encéfalo a comprender la génesis del comportamiento de los estudiantes con él: esa era la motivación del cabreo que a veces encendía su cerebro: que no entendía. Quería entretenerse en el recreo, con los demás chiquitines, como uno mas; pero ellos no querían: se apartaban, se alejaban: lo rehuían.

Esfumabanse corriendo como pajarillos espantados; y es que en innumerables oportunidades habían sufrido, en sus propias carnes, los entretenimientos de Cotito, tal y como él los entendía: los tiraba al embaldosado o los pegaba, como se tiraban al pavimento y se pegaban los colegiales.

Pero siempre tenían lamentables desventuras sus juegos: a uno le escacharró la cabeza, al otro un extremidad ...; la pulgarada a una muchacha, con la que jugaba algunas veces, fue tan salvaje que cayó desfallecida; o por no hablar de aquella bofetada a un chiquillo que marcó sus cinco dedos; e ... incidentes así: no tenía fortuna Cotito en sus juegos.

Y más tarde las consecuencias de sus intervenciones le asustaban.

Con la que se encontraba a gusto, muy a gusto, era con su matrona: ella lo comprendía. Pero, lamentablemente, por la mañana lo arrojaba duramente del domicilio diciéndole:

--Anda, vete al colegio: ¡y ojalá no vuelvas más!.

Y Cotito, desahogado sexualmente, sin ganas y un poco triste por las palabras de su madre, se iba a la escuela.

Se hubiera quedado en el camastro tan a placer a continuación de meneársela. Pero su mamá no consentía eso.

De manera que, a regañadientes, se encaminaba hasta el colegio; allí se desquitaba de su tristeza: abría las aulas para experimentar la algarabía de los niños: "¡Cotito, Cotito: bobito, bobito"!; cogía revistas que las tiraba por el recibidor de la entrada; o escamoteaba cualquier cachivache; ¡bueno!: lo que se dice robar robar, lo que se dice robar, él no sabía lo que era eso: lo metía en el bolsillo del pantalón y se lo daba a su madre para que no se enfadara.

Porque lo que si sabía, es que si retornaba pronto, depende de lo que llevara, le pegaba o le cubría de besos, carantoñas, arrumacos... Cuando se encolerizaba su madre era impresionante: había llegado hasta morderle en sus órganos genitales.

Era tan imprevisible que no sabía a que atenerse con ella: unas veces eran tan dulces sus arrumacos que le hubiera gustado que continuaran eternamente; en esas ocasiones su madre era doblemente adorada; y otras tan salvaje que el sufrimiento que le infligía al pobre imbécil de Cotito era difícilmente soportable.

2. Soga
Cotito, con el paso del tiempo, fue desequilibrándose del todo, debido, en parte, al poco yantar y a los desconcertantes comportamientos de la madre que saltaban de las alborozadas caricias a las brutales agresiones, como ya se ha dicho, pero que es necesario insistir en ello, para que pueda aparecer, mínimamente inteligible su intervención.

Su rostro delgado, anguloso, siempre esbozando una sonrisa, cedió por completo; y una agria alcocarra se colocó en su lugar.

Caminaba a saltitos con su sempiterna maleta y su tizona de caballero espadachín o estoque de matador de toros bravos o ... ¡quien sabe que!; la mirada asegurada al frente sin contestar a los plácemes, de algunos pequeñuelos amedrentados que, con ello, querían conseguir el privilegio de no ser agredirlos, como antes hacía.

Llevaba varios días arremetiendo a niños y profesores, sobretodo a profesores. Últimamente no quería irse del patio de esparcimiento escolar ni a la de tres. Cuando veía la llave se volvía agresivo, sabiendo, como llegó a saberlo, que era el momento de clausurar el edificio y volver a su continuado maltrato de la progenitora; por lo que llegó a coger una feroz manía a aquellos educadores a los que se la había visto, repetidas veces, en la mano: a uno le dio con la cartera en la cabeza, a otra quiso ahogarla, al de gimnasia le atizó con la espada en la cara quedándosela marcada para siempre; total que algunos profesores no salían ya al patio de recreo con los alumnos: todo un cuadro.

No sabiendo qué hacer, el claustro de catedráticos elevó informes a los distintos organismos: Ayuntamiento, Dirección Provincial de Enseñanza, Junta del Gobierno Autonómico, Conserjería de Bienestar Social, Jefatura de las Fuerzas de Orden Público...

Pero nada: se quedaron solos.

Habían presentido que nada bueno podría suceder: lo habían escrito en declaraciones a los organismos ya citados; mas, con todos los barruntos, jamás de los jamases, pasó por la imaginación del profesorado lo que sucedió.

Aún se les pone carne de gallina solo de pensarlo; la cosa fue así: las fuerzas de policía se lo habían llevado del patio algunas veces a la fuerza: voluntariamente no se iba, como ya se ha dicho; gravó en su cerebro las facciones de los policías -como con hierro al rojo- cada vez que los divisaba se le encendía la brasa y le quemaba toda la molondra idiota que tenía --débil mental pero con un vigor formidable; a sus 25 años; en plena juventud física-- y se lanzaba a ellos como quebrantahuesos a la carnaza; para contenerlo se habían tenido que dedicar a fondo varios de ellos.

Aquella tarde los guardias municipales acudieron para sacarlo de allí, una vez mas; y escoltar a la directora del colegio a la que tenía entre ceja y ceja, en primer término, por ser símbolo cimero, para él, de poseedora de las llaves.

Cuando llegaron al patio estaba Cotito corriendo detrás de una niña: la única que jugaba con él. No se le ocurrió, otra cosa, a esta que parapetarse tras uno de los guardias municipales.

--Venga Cotito; fuera del patio que es la hora de cerrar -- dijo un municipal.

--Tu, cabrón; y yo pegarte --dijo y le lanzó su espada.

Desgraciadamente la espada resultó, esta vez de verdad, y con la tremenda fuerza atravesó al infeliz guardia municipal por la barriga hasta la empuñadura, y llegando al ojo de la niña que había buscado refugio tras él.
Había sustituido la espada de juguete por un estoque que su padre, aficionado a los toros, tenía arrumbado en el desván.

3. Epílogo

--Dime la verdad: ¿te llaman Cotito?

--No sé "verdad", Señor; me llaman Cotito, je, je -- dijo emitiendo un sonido gutural un si es no es de risa.

--¿Y tú por qué lo acuchillaste, Cotito?

--"¿Lo acuchillaste... acuchillaste?" ... ; no sé, je, je.

El señor juez lo contempló con absoluta despreocupación: fríamente.

--¿Que, por qué lo mataste?

--No sé "mataste"; no sé, Señor, je, je.

Iswe Letu: hoy es siempre todavía


Decía Machado, creemos recordar, ‘hoy es siempre todavía’. Tal vez quería decir que las cosas esenciales no han cambiado tanto como para que sean irreconocibles hoy en día, no han cambiado tanto como para decir, por ejemplo, que no se parecen en nada con lo pasado. Hoy es siempre todavía. Y al caso que vamos referirnos le viene eso de que estos lodos proceden de aquellos polvos que ni anillo al dedo. Efectivamente, leyendo, a los escritores y poetas que antaño, si se puede decir antaño, luchaban por un mundo mejor librándose de opresiones nacionales y de explotaciones capitalistas, sus escritos y sus poemas ahora, en los que latía una vena de esperanza todavía, ante el presente de miseria de sus pueblos, miseria unida a la opresión de sus naciones por el colonialismo e imperialismo, no podemos por menos de compararlo con lo que ocurre ahora: la misma miseria o mayor, sus naciones que, independizándose, se hallan oprimidas por el neocolonialismo; es decir: dirigidas por líderes autóctonos, con fuerzas de seguridad indígenas, pero laborando para el engorde de los antiguos países coloniales o imperialistas que siguen llevándose la parte del león. Y cuando desean ser libres de verdad son agredidos con cualquier disculpa, o les montan un golpe de estado, o los invaden simplemente.
Esos escritores no conocían, no podían conocer los atentados de las Torres Gemelas, la matanza de Madrid, del 11 de marzo, porque escribían por los años cuarenta y cincuenta del pasado siglo. Pero, repetimos, leyéndolos ahora nos parece que están describiendo el estado de ánimo de las masas de los países pobres, hoy, donde late una violencia difícil de concebir en estas sociedades occidentales, desarrolladas, cuyos mínimos elementos para sobrevivir están, relativamente, asegurados y con una moral tal que el obrero espera a que lo condecoren tras de una vida de leales y obedientes servicios. Es cierto que, de vez en cuando, los expulsan del trabajo y se llevan los dueños todo el achiperre industrial a otros países, y que otras veces, esos obreros, consienten en que le rebajen sus salarios con tal de que pueda seguir recibiendo los mil euros mensuales que no dan para mucho, pero les permite algunos lujos. De modo que la violencia que se encuentra en esos escritos o poemas de poetas de países, por ejemplo africanos, no sería entendida aquí y ahora.
Este mundo occidental en que vivimos ha sido forjado en el robo, no otra cosa fue el llamado colonialismo o imperialismo. Los franceses o ingleses sobre todo, pero también otros de menor cuantía, tenían repartida Africa para ellos. Todo lo que se sacaban les salía, además, barato por el trabajo semiesclavo de las colonias. Al contrario, los pueblos colonizados no tenían, apenas, qué comer aun estando en su propio país. Contraste más infame si cabe pues estaba a la vista: por un lado los barrios miserables de los autóctonos y por otro los casas luminosas, amplias, relucientes de los invasores. Frantz Fanon, en Los Condenados de la Tierra, lo describe muy bien: el árabe, pues su obra trata del caso argelino, desea la casa del invasor, echarse en su cama y si es posible con la mujer del amo. Hasta ese extremo de violencia.
Ahora, el cuadro ha cambiado de personajes, pero la diferencia de unos barrios con otros es similar: mientras unos viven hacinados en barrios miserables con casas de pocos metros, las casas de los dirigentes o funcionarios siguen brillando desde la lejanía que es desde donde las ven los trabajadores.
Habría que decir que en Occidente la desigualdad de clases es la misma, pero el contraste queda atenuado, disimulado. Los dueños del tinglado han conseguido que la clase obrera se considere privilegiada y dirigida por unos individuos que reciben el nombre, muy significativo, de aristocracia obrera. De este modo, la población trabajadora del llamado Occidente está enfrentada a la de los países pobres: no ve al explotador occidental, solo se tropieza con el árabe, negro, ecuatoriano… con los que se parte el cuello por el hueso que le tira el patrono: los mil euros al mes o bastante menos.
Curiosamente los jefes (no todos, pero casi) de ambos mundos se llevan de maravilla: se reúnen, comen, beben juntos, porque son conscientes de pertenecer a la misma cueva de Alí Babá. Claro, unos más y otros menos: los jerifaltes del primer mundo, los ‘demócratas de toda la vida’, expolian a los propios países y a los ajenos; los poderosos de los países pobres, solo a sus pueblos; por tanto el botín es desigual: los primeros pueden dejar caer algunas migajas para sus trabajadores; los otros, se lo comen todo.
Mas, también había antes y hay ahora personas, individuos, incluso sectores que intentan superar situaciones injustas, mediante su pluma o su acción. Son los más avanzados, los más sensibles, los más honrados, los más generosos. Ponen toda su sabiduría, su cultura, su buen hacer, incluso su vida, en aras de una solución a la miseria de su pueblo, al atraso de su nación. Un ejemplo de ello fue Frantz Fanon. Los Condenados de la Tierra fue su obra cumbre. En ella analiza en primer lugar la violencia. ¿Por qué? Porque estaba en el ambiente como la única alternativa con garantías de desmontar todo el tinglado colonial. Su palabra, empapada en la llaga purulenta de su entorno, echaba chispas. Se reverenciaba esa violencia de los oprimidos como una partera capaz de dar a luz una nueva sociedad donde la desigualdad sería rechazada en pos de una especie de socialismo no muy concreto, un tanto etéreo. Había una esperanza. Había algo por lo que luchar.
El poeta David Mandessi Diop llega a decir: ‘escucha tu voz / es ese grito atravesado de violencia / en ese canto guiado solo por el amor’. A pesar de la situación desesperada, se vislumbraba algo y querían guiarlo por amor. Que lo diga él, es muy significativo ya que en sus poemas había denunciado el martirio de los pueblos pobres esclavizados: ‘El Tiempo del Martirio se titula un poema que dice: El Blanco mató a mi padre,/mi padre era altivo./El Blanco violó a mi madre,/mi madre era hermosa./El Blanco agobió a mi hermano bajó el sol de los caminos,/mi hermano era fuerte./El Blanco volvió hacia mi/sus manos rojas de sangre/negra/y con su voz de Amo:/¡Eh chico, una butaca, una toalla, agua!. Con esto había dicho todo: el poema es una bomba de relojería. Él que había también escrito acerca de ‘las raíces de nuestras manos profundas como la revuelta’ y que por tanto eran manos ‘crispadas en el abrazo del combate’. Con todo, querían guiarse por el amor.
Los versos de otros poetas también despedían llamas: Cesaire, Alfa Ibrahin Sow, Siriman Cissoko, Boñini… en fin, la mayoría de las plumas llevaba inoculada la violencia: la veían, la comían…: eran testigos de la tremenda violencia del Colonizador, del Amo, que había arramplado con todas las tierras y riquezas de los habitantes del lugar. Tan contaminados estaban por esa Violencia que otro poeta Epanya-Yondó tuvo que exclamar: ‘¡Alcémonos primero contra esa violenta marea!’ Se daban cuenta que con semejante actitud, con esa violencia sin organizar, eran como ciegos con una pistola; en realidad: borregos conducidos hacia la represión brutal del Amo que tenía un ejército armado hasta los dientes. Lamín Diajaté lo expresó en magníficos versos: ‘De una marejada de violencia/ surgió tu nombre/ ahí estás, emerges / de la babosa muchedumbre/tus ojos fulminan a los frenéticos/es el camino del saber que han querido prohibirte’.
Tenían esperanzas. Querían organizarse. Tocaban el horizonte. Pronto saldría la aurora a pesar de la negrura de la noche: La Independencia, el Socialismo.
Pero ha pasado el tiempo y las palabras permanecen vigentes: hoy es siempre todavía. De aquellos polvos estos lodos: las Independencias no solucionaron nada, el Socialismo fue una filfa. Los pueblos están más hambrientos, las esperanzas se han desvanecido en la Tierra y solo les quedan las alturas: ¡Alá es grande!, gritan. Y se subieron hasta las Torres Gemelas para derribarlas. Ya que no queda salida en la tierra, pues… ¡a volar por los aires! Los muertos irán al Paraíso Celestial. Matan a nuestros hermanos palestinos, declaran encendiéndose. Y con los ojos brillantes que parecen estar vislumbrando un mundo libre de las miserias de esta vida, añaden: ‘Moriremos matando’. ¿A quién? A cualquiera que se presente por delante si es de este Mundo Occidental que vive en la holgura a cuenta de sus riquezas robadas.
Esa Violencia de los poetas de la Independencia está ahí, alimenta a las nuevas generaciones. Es una Violencia Ciega, desesperada, irracional. Se ha encarnada en la Guerra Santa. Les han cortado todos los caminos, llevándolos a un callejón sin salida. De momento. Y por lo que vemos unos utilizan las bombas y otros ensayan el asalto por tierra, mar y aire. Los bárbaros están a las puertas. No sabemos si los poetas, que hemos citado, habrían apoyado estas posturas sangrientas de Los Condenados de la Tierra, aunque Patrice Kayo escribía ya estos versos:

Callos multicolores



Entró en la furgoneta, se sentó ante el volante, arrancó y marchó calle arriba. Mi compañera y yo nos miramos estupefactos. No entendíamos que relación podría tener una tintorería y los callos.

Aunque pensándolo bien, la idea era la mar de original. Por la variedad de colorido que adquirirían los callos. Hasta ahora siempre los habíamos tomado con una salsa ligeramente marrón o como muy extraña tendiendo a asalmonada. Pero nada más. A partir de este momento la cosa tendría una variante arcoirisada CALLISTA. Veríamos los callos a la madrileña, por ejemplo, del color que más nos apateciera. El comensal elegirá entre una amplia gama, porque el restaurador le exibirá en la carta toda una paleta multicolor, fotografiados tal y como hayan salidodespués del entintado: morados, azules, amarillos, rojos, verdes... en fin, como las alfombras, los calcetines, las bragas, los calzoncillos...

Es mas, podría elegir el color haciéndolo concordar con la ropa que llevara, para que la coherencia subiera un punto para salir al paso de la contradicción en que a veces caemos como individuos, como personas sujetas a dudas en momentos determinados ¡los callos nos ayudarían con su variado colorido! Apoyándose en su estómago que suele jugar muy malas pasadas a la moralidad de los personajes de la historia de la humanidad: el caminar por el mundo con esta posibilidad arcoirisada en materia de callos sería menos titubeante.

Vamos a poner un ejemplo, por ejemplo, (es solo un ejemplo entre una inconmensurable cantidad): va a producirse una huelga general en el sector en que trabaja el individuo del ejemplo. Y él es rojo. Muy muy rojo. Debe seguir por tanto la huelga. Adherirse de lleno. Pero puede peligrar su puesto de trabajo. Para disimular la víspera se viste de azul. Sin el yugo y las flechas y sin la gaviota, por supuesto. Él es muy hombre. Los jefes son muy amables con él. Lo invitan a comer. Opíparamente. Elige callos a la madrileña. Color aguirregallardonista. Azules. Muy muy azules. Lo que le ayuda para comenzar el día siguiente que empieza la huelga como un azulado esquirol.

Además había comprobado que los calzoncillos habían adquirido un azulado marino. Como íbamos dándonos cuenta, las ventajas del entintar callos eran innegables. Esto se nos ocurría, escojonándonos de risa, mi compa y yo,viendo alejarse la furgoneta que mostraba una letras muy, muy claras: "Tintorería La Selecta. Especialidad en callos".

El vaporcillo a lo lejos



Salió a pasear con el objetivo de alejar de su cuerpo la carroña, un poco de tiempo más. La carroña. Esa mierda en la que sin duda se convertiría. Solo un poco de tiempo. No para siempre, pues eso sería una pretensión de dioses impensable en él que era un mortal.

Era una soleada mañana muy muy agradable. De invierno. Una pareja de buitres volaba en círculos sobre su cabeza. Los hijoputas parecía seguirlo. Pero se iban a joder, no estaba dispuesto a servirles de banquete. Los grajos, unos metros más allá, posados al fondo del sendero por donde caminaba, levantaron el vuelo en medio de una algarabía de grajidos. Se paró al lado de un riachuelo. Siempre quedaba arrebatado por su murmullo. Aunque en este caso lo hizo para contemplar las márgenes plateadas por la helada de la noche. Ya antes había visto los charcos congelados sin que les hubiera prestado la mas mínima atención. Y es que el día era soleado, como ya se ha dicho, y, a ratos, el sol se hacía patente en su cuerpo. El riachuelo le llevó a su cerebro la conciencia de la helada conque la noche había castigado a la tierra. Y casi al mismo tiempo su cabeza, con poco pelo ya, recibía el cariñoso beso de la fría mañana.

Mañana contradictoria: fría en su testa y cálida en el resto del cuerpo.

Alzó la vista al camino y justo donde habían estados posados los grajos se elevaba una pequeña humareda, un vaho que indicaba, a las claras, que a pesar del sol la mañana tardaba en liberarse del frío. El causante de ese vaporcillo se alejó pausada pero decididamente. Y, traspasando la cima de la cuesta, se ocultó a la vista.

Acá y allá se iba despertando la vida.

Un coche le distrajo de sus meditaciones. Luego otros vehículos pasaron saludándolo con sus bocinazos. Los buitres eran ya apenas unos puntos negros en el cielo. Y los grajos alborotaban en la arboleda.

Cuando llegó a la altura de la humareda ya se habían acercado otros seres. Seres que sería difícil de describir uno a uno. Dominaba, sin embargo, un brillo: el metálico. Los colores iban desde el gris oscuro casi negro o azulado, entreverado de morado o lila. Sus movimientos indicaban que el gozo sobrevolaba sobre todo. Se encontraban muy a gusto.

Indicio claro de que su olor era aroma agradable para ellos. Y, curiosamente, aunque no todas las mentes estaban abiertas de par en par a su materia, esta era origen de vida. Sin ir más lejos, las flores se revestían de un colorido más vivo con su sustancia.

La materia de la que hablamos, incluso había servido al régimen maoísta de reforzamiento ideológico. Y para librase de algunos enemigos en la llamada Revolución Cultural, enviándolos a los lugares donde era más abundante. Pensaban, ellos, los dirigentes maoístas, que los adversarios se reeducarían al estar cerca de ella y manipularla. Los campos, muladares, estercoleros, ciénagas se llenaron de cientos de miles de intelectuales. Si bien, los campesinos, no entendieron, nunca, del todo, que algo tan corriente, materia tan evidente, para ellos, y muy propia del Hombre con mayúscula; es decir: del hombre y la mujer en general, pudiera provocar, como provocaba, rictus de asco; como tampoco entendían que fuera origen de regeneracionismo en esos cientos de miles.

Lo cierto es que, en un primer momento, les producía su vista, a estos cientos de miles de enemigos del maoísmo en el poder, un estremecimiento de repugnancia.

El caminante contempló, serenamente, el incesante ir y venir, gozoso, de esos seres de metálicos brillos que se afanaban por impregnarse de la sustancia a la que nos estamos refiriendo y de la cual, la naturaleza, que es muy sabia, extrae vida en primavera aromatizándola y llenándola del más bello y arcoirisado colorido.

No entendía el viajero, de esa mañana de invierno, cómo era tan primaveral. Y, si no fuera por la amenaza del cambio climático, diría que el mundo se había vuelto del revés. Y no entendía, tampoco, ni la repugnancia de esos intelectuales, ni las medidas que emprendiera el régimen maoísta provocando una crisis política y económica, pues la industrial quedó prácticamente paralizada… ¿Qué necesidad tenía?... ¿Surgirían con ello mas flores y más escuelas de pensamiento como rezaba uno de los eslóganes de Mao Tse Tung al que luego denominaron Mao Tze Dong?... ¿Qué imperiosa necesidad tenían de hacer sufrir a esos intelectuales?... ¿Es que no sabían, de sobra, esas mentes pensantes la importancia de esa materia?... Si no lo entendían… malo… no eran intelectuales. Otras preguntas: ¿No llevaría la medida represora, la protesta y el odio por todo el país?... ¿Iban a volver, olvidando su vejación, como tiernos corderillos, a sus lugares de origen cuando les levantaran el castigo?...

Habría que responder, pensaba el paseante, que fue una medida estúpida. La naturaleza no necesita de la comprensión de las personas para abrirse paso. En cierta medida fue una decisión de ideológico tinte idealista. Por lo tanto reaccionaria.

Y en cuanto al sentimiento de asco, repugnancia, ante la mierda, antes las cagadas, ante los excrementos en general, es muy corriente. Se da muy a menudo. Y, aunque haya refranes que intentan contrarrestar ese movimiento irracional, como aquel que dice ‘Al que le huele en el culo lo tiene’, no es menos cierto que tiene mala prensa. Pero, para ser objetivos, y él lo era, no hay más que ver a todos esos insectos, pensaba, de metálico brillo lo a gusto que se lo están pasando; es decir: lo que para unos es abyecto para otros es manjar exquisito.

Hasta para él, que comprendía muy bien el poder que tiene la mierda, las cagadas de las vacas y bueyes, como ese que acababa de depositar los excrementos y se había alejado parsimoniosamente, le resultaba el olor desagradable. Y para las moscas…. ¡ummm!... se relamían. Y las plantas, todos lo vemos, lo asimilaban estupendamente como abono que era.

Miró al cielo, acordándose de los buitres. Ellos, antes, volaban en círculo. En algún lugar, también, se estaría elevando el olor nauseabundo de la carroña que, para ellos, es perfume de rosas. Pronto se lanzarían en picado hacia la mierda.