sábado, 8 de septiembre de 2012

Muerte en la bodega de Los Delgadillos (L) -2ª parte-




Muerte en la bodega del Palacio de Los Delgadillos de Fuentespreadas
(segunda parte)

12. Vuelta del Sargento Vargas

Se sienta en una piedra frente a la escalera. Desde alli se oía el ligero cacareo de una gallina y el rebuznar de la burra. Achispado, como estaba, por la jarra de vino tomada, a veces se inclinaba adelante y tenía que apoyar las manos en el suelo para no caerse de bruces. Se quedó sentado, tieso, en la piedra. Mas poco a poco se fue yendo para atrás. Y se hubiera caido de espaldas pero resulta que se lo impide un poste que el padre de Delfina, antaño, mandó colocar al carpintero para sostener el techo que, en ese lugar, se estaba agrietando. Y así se quedó, espalda contra el poste, los ojos semicerrados llevando su pensamiento brumoso a una situación parecida: sentado en otra piedra debajo de un pino, recostado contra el tronco, mirando al pueblo donde estaba el cuartelillo, en el que pensaba poner la denuncia contra el mayoral de la cuadrilla de segadores.

La verdad es que el guardia de puerta le dijo que el señor comandante del puesto había ido de misión a Fuentespreadas, pero que no tardaría mucho en regresar. Hasta ese momento se entretendría yendo a la cantina. 

Charla con algunos propietarios conocidos que estaban jugando al dominó. Les puso al corriente de su enfrentamiento con los segadores, particularmente con el mayoral. ¡Ah, el mayoral! Conocían al mayoral. Era un mal bicho. Aprobaron su firmeza y estaban dispuestos a acompañarle al cuartel.


No es necesario, señores. Muchas gracias. Para este cometido me basto y me sobro. Con Dios. Voy, que ya habrá llegado el sargento.

-Que le vaya bien, don Luis.

Le pasaron al despacho. Cuando lo vio tras la mesa supo que su empeño no le saldría bien. Era el sargento Vargas que, por lo que ve, lo habían devuelto, otra vez, a esta comandancia. Fue el que lo detuvo en la casa del cura don Gregorio por el asunto de las copas de plata. Aun le duelen los vergajazos. Y el mismo que antaño anduvo tonteando con la que hoy es su esposa.

-Sientese, por favor -dice Vargas- ¿a que debemos su visita?

-Quiero poner una denuncia.

-¿A Arginiro? ¿Por haberlo echado del trabajo?

-No.

-¿Ah, no? Pues porque entonces, ¿por defender a su esposa de usted mismo?

-Creo que en las cosas de mi familia no debe de meterse nadie. Ni usted tampoco.

-No, en cosas privadas no. Pero cuando trascienden y se hace público y alteran el orden son competencias de un servidor.

-En asuntos de mi casa no creo que deba usted meter las narices.

-Cuidado como hablas Lorito. Yo soy el sargento Vargas. Y se me debe un respeto.

-Bien, he venido a poner una denuncia contra el mayoral de los segadores, ¿puedo hacerla o no?

-Estás en tu derecho. Luego interrogaré a ese segador y a los testigos. Y a ti Lorito. No creas que porque ahora te llaman don Luis te vas a librar de la Ley.

-¿Está intentando herirme tratándome de tu?

-No te engañes, para mi eres el mismo chorizo de los cálices.

-Muy valiente pareces aquí, en el cuartelillo. Por eso hablas así.

-Hablo como me sale de los cojones. Yo soy el sargento Vargas.

-Me voy. A las pruebas me remito que no quieres cumplir con tu deber. Lo haré saber a tus superiores.

El guardia civil se puso rojo como un tomate, dio un puñetazo en la mesa y voceó:

-¡Número! -entra un guardia- tramita la denuncia que quiere hacer don Luis. ¡Enseguida, coño! -y se marchó dando un portazo.

Luis se despega del poste de la bodega. Mira al poste, mira a la puerta de la bodega.

-¡Ay, Remigia! Me las vas a pagar. -y furioso pega una patada al poste que vibra y su sonido se trasmite por la bodega.

Regresa a su asiento y acerca la jarra a los labios. Se ha acabado el vino. Se va hasta una cuba a abrir la espita. No atina pues los vapores del alcohol han subido a la altura de sus ojos y una niebla espesa lo circunda. Tambaleándose busca el candil. Lo enciende y destaba el agujero de la cuba. El chorro da en el culo de la jarra y el sonido de la jarra llenándose cambia de registro a cada segundo. El olor que desprende le hace respirar hondo. Se siente a gusto, feliz. Todo es suyo. El vino es suyo, la cuba es suya, el corral es suyo... La espumilla le recuerda la espuma del mar. El baño primero en una playa de Alicante. Al cerrar la espita ve el re cipiente donde pisan las uvas.

-Ha llegado la hora, como siempre, de sacar las mulas, emparejarlas para ir a la era del Juncal a trillar. Se está acabando el verano. Otro día te contaré el final de la histora.

-¿Me vas a dejar así? ¿En suspense?

-El deber es el deber.

(proseguirá)

Muerte en la bodega de Los Delgadillos (K) -2ª parte-


Muerte en la bodega del Palacio de Los Delgadillos de Fuentespreadas
(segunda parte)

11. Enfrentamiento con los segadores

El viento le da en la cara, agita sus cabellos rubios que se mueven paralelos a las crines del caballo. Aprieta las espuelas. El caballo corre casi desbocado. Aceza. Lanza espumarajos por la boca.

Llegado al trigal, desde el caballo les grita:

-¿Os pago para segar o para el hacer el vago?

-Señor, es la hora del almuerzo.

-No hay almuerzo que valga. A trabajar.

-Llevamos, don Luis, desde las cuatro de la mañana.

-Mucho cuento es lo que tenéis.

-No le hemos dado pie a que nos insulte.

-Hablo así porque me sale de los cojones.

-Nosotros también tenemos los nuestros -dice el mayoral de pie y con la hoz en la mano al ver al caballista coger un látigo. Se levanta la cuadrilla con las hoces dispuestas.

-Bueno, dejaros de historias y a trabajar inmediatamente.

-Lo haremos al término del almuerzo -añade con firmeza el mayoral.

-¡Ah, si! Esas tenemos. Ahora mismo os denunciaré a la Guardia Civil.

-Haga usted lo que tenga que hacer.

Da vuelta al caballo y, también al galope, se encamina al cuartelillo de los civiles. Mas como está en otro pueblo que dista varios kilómetros tiene tiempo de reflexionar en lo que ha hecho. Intuye que ha llevado su furia demasiado lejos. Mas no puede dar marcha atrás ahora. Ni consentir que unos jornaleros se le rebelen. En esto recibirá, sin duda, el apoyo de los propietarios. La Guardia Civil tomará nota del nombre del revoltoso mayoral y le zurrará bien la badana. En cuanto a Argimiro 'El Modorro'' le tenía ya mas que harto. Sabía de sus secreteos con el ama. ¿De qué iba a saber ella si no se lo cuenta el Modorro de sus aventuras amorosas? Y, además, el papel está seguro que ha llegado a poder de su mujer por el mismo conducto: el chivato de su criado. 

Es cierto que, así, echándolo de casa se ha hecho un enemigo que sabe muchas cosas de él. No le importa. Nada. Él es don Luis, señor del palacio de Los Delgadillos. Y no hay mas que hablar. Y si su esposa vuelve a abrir la boca, se la tapona de un sopapo. Ya es hora de que se sepa quien manda en casa y quien lleva los pantalones en la mansión de Los Delgadillos. Que a nadie le quepa la menor duda.

Con la vista nublada por el mucho vino trasegado y dando traspiés se acerca al hueco de la escalera. Mira arriba.

-Na, que no viene.

(proseguirá)

Muerte en la bodega de Los Delgadillos (J) -2ª parte-


Muerte en la bodega del Palacio de Los Delgadillos de Fuentespreadas
(segunda parte)

10. Una bronca monumental

-Empero ahora no aparece, la hija puta.

Por su culpa había tenido una bronca mayúscula con su esposa que terminó mal. Muy mal. 

Llevaba tiempo viéndose a escondidas, o eso creía él, con la Remigia. Esta le enviaba misivas como citas con palabras tan ardientes que semejaba una novia en los primeros días de idilio. Se las entregaba a su amigo y criado Argimiro 'El Modorro'. En la bodega de don Juan T. o en la suya propia, se las leía a los amigos entre risotadas del auditorio que el vino instalado en sus estómagos amplificaba. El destino las cartas, tras el jolgorio, era el fuego o el cesto de la basura. Pero el caso es que una de ellas debió de dejar olvidada en la chaqueta y su esposa Delfina, ordenando un armario, la encontró. Por la fecha en que ocurrió el tremendo desencuentro y la data de la carta debió ser escrita numerosos meses atrás, casi un año. Es de suponer, por el tiempo transcurrido hasta que se la tiró a su esposo, que estuvo cavilando largamente y observando el comportamiento de su esposo al objeto de cerciorarse de que, lo leído, era real y no imaginaciones de la mujer del carpintero. Su fiel Argimiro lo confirmó, añadiendo otras aventurillas, siempre disculpando a su amigo Luis; eso sí, con frases de una venenosa inocencia. Delfina, por el buraco de la despensa, que dejaba ver parte del corral por el se accedía a la bodega, vio, con sus propios ojos, a la Remigia dirigirse a la bodega en mas de una ocasión. La sorpresa primero, la indignación después, dieron paso a la amargura. Amargura que se le fue empozando a la señora del Palacio de los Delgadillos mientras soplaba con el fuelle la lumbre del hogar. Amargura y fuego formaron un cóctel que no tardaría en explotar. 

Un día, por la mañana, después del desayuno, don Luis comunica a su señora que se va de viaje a Zamoras capital con el fin de arreglar unos asuntos.

-¿Unos asuntos? ¿Qué asuntos? Los que tienes con alguna furcia de las que te chupan mis cuartos.

-Mira lo que dices, mujer. No están en tus cabales.

-Digo la verdad.

-No te consiento que...

-Además de engañarme con mujerzuelas como la Remigia, ¿me vas a prohibir hablar? A mi, precisamente a mi. No te lo crees ni tu.

-Estás loca. Alguien te ha alborotado sesera.

-Y esto ¿qué es? -y le tiró la carta.

-Y yo que sé. Inventos tuyos. De rica malcriada.

-Eres un cabrón, un sinvergüenza, un... Maldito el día que me casé contigo. ¡Vago, mas que vago!

-Te vas a tragar esas palabras -y se dirige hacia ella con la mano levantada para abofetearla.

Argimiro y su hijo de ocho años se ponen delante de doña Delfina defendiéndola. Eso enfurece de tal modo a Luis que arremete contra Argimiro, le da una patada en el muslo y,  no contento con ello, le suelta un puñetazo en la nariz por la que comienza a sangrar, luego lo agarra por la camisa llevándolo, casi a rastras, hasta la puerta de la casa.

-Vete de aquí y no vuelvas jamás.

En ese momento 'El Modorro' saca la navaja del bolsillo e intenta clavársela a Luis que la sortea como puede y empuja al navajero con fuerza al suelo. Cierra la puerta y regresa a la cocina. Se drige decidido a pegarle a su mujer pero oye el llanto de su hijo que está acurrucado al lado de su madre y que no había visto. Lo mira. Se estremece. Para no ver sus ojos, se da la vuelta pegándole una patada a una silla y deprisa se llega al corral. Al ensillar el caballo se da cuenta que tiene una herida en el brazo. La navaja de su antiguo amigo le ha hecho un corte. La sangre lo cabrea mas, salta a lomos del animal y se lanza al galope hasta las afueras del pueblo dejándole que vaya por donde quiera. Los nervios fuera de si, los ojos brillándole, la cara roja y la comisura de las labios enblanquecidos por la espuma. 

La mujeres se asoman a las puertas. Cuchichean. 

-Algo grave ha ocurrido. Tiene el brazo ensangrentado.

Pateaba trigales con su galope, cuando el caballo se encabrita de repente. Tiene que mantener el equilibrio para no caerse. Es una culebra. Se desvía. Mira en derredor. El cielo azul, limpio, sin una nube. En un barranco almendros, en otro dos higueras; mas alla unos chopos sombrean una poza; a su izquierda el cementerio y al fondo, a lo lejos, una cuadrilla de segadores desayunan descansando. Se enfurece. Son los trabajadores que ha contratado para la siega. Y están vagueando. Hacia allá dirige al caballo para descargar su rabia, su ira, que no ha podido vaciarla contra su mujer. Aunque ya ajustará cuentas con ella. Antes se van a enterar esos vagos de quien es don Luis 'El Delgadillo'. De él no se ríe ni Dios. 

-Hasta esas podíamos llegar. A que a uno se le suban a las barbas unos mindundis. Eso nunca. 

(proseguirá) ---

Muerte en la bodega de Los Delgadillos (I) -2ª parte-


Muerte en la bodega del Palacio de Los Delgadillos de Fuentespreadas
(segunda parte)

9. Don Juan T. y la Remigia

-Pues si: ¡yo soy don Luis! -gritó y el eco 'don luis' resonó por toda la bodega lo que le hizo darse cuenta de donde se encontraba. 

Miró el reloj. La moza se retrasaba. 

Bebió un trago de vino de la jarra. El líquido se adhería a las paredes del paladar antes de trasegarlo. La lengua recorría la boca regustándose de cada molécula de ese fluido de dioses

-¡El vino divino! -y rió de la rima.

El silencio siguió a su verso. Completo. Total. Arriba de la bodega, en el corral, una gallina comenzó a cacarear, escandalosa, para que se enterara el gallinero de que había puesto un huevo. Tendría que buscar a ver donde tenía el ave escondida su nidada. 

Miró al techo de bodega. En la semioscuridad se veían los murciélagos colgados del techo. 

-No viene. Mucho don Luis... Mucho don Luis querido, pero no acude.

La masa negra de murciélagos se movió ligeramente, como en la bodega de don Juan T. Fue allí donde la conoció. A la moza que esperaba. Recuerda que, por entonces, estaba metido ya de lleno entre los ricos del pueblo. Era, por lo tanto, don Luis con derecho propio. Para subrayarlo le había invitado a su bodega, ¡ahí es na!, don Juan T. Se sentía orgulloso. Es que don Juan T. era admirado y respetadísimo en el pueblo y en todos los pueblos y aldeas del contorno y hasta en Zamora capital. Rico, guapo, bien vestido, educado, simpático... Un dechado de virtudes. Se le conocían relaciones con numerosas mujeres de numerosos pueblos. Nada mas llegar -se decía- jinete en su yegua blanca, a la fiesta de una localidad, las mujeres suspiraban por don Juan T. Sin ir mas lejos, allí mismo, en Fuentespreadas, tenía hijos con dos mujeres y amores con otras; pudo comprobarlo Luis en aquella bodega. Charlaban entre trago y trago de vino, cuando se oyó, arriba, en la puerta de la bodega:

-Don Juan. Soy  Remigia. Puedo bajar.

-¡Vaya! -exclamó el aludido a su contertulio- Ya está aquí esta. Ahora que no tengo ganas.

-¿Remigia, la mujer del carpintero?

-La misma.

-Es hermosa.

-Y calentorra -añadió- ¿Quieres que baje?

Luis no dijo nada pero don Juan T. gritó:

-Baja, baja. Estoy con un amigo.

-Entonces, otro día, señor.

-¡No, coño, baja! Lo conoces y te gustará tratarlo.

La moza se acerca a ellos, se sienta y bebe. Don Juan pretexta excusa para ausentarse y se va a su casa. Hablan Remigia y Luis, se acercan, se tocan, se excitan y follan, mientras los murciélagos se mueven tímidamente.

-Empero, ahora, no aparece, la hija puta.

(proseguirá) ---

Muerte en la bodega de Los Delgadillos (H) -2ª parte-


Muerte en la bodega del Palacio de Los Delgadillos de Fuentespreadas
(Segunda parte)

8. Matrimonio y cálculo

Luego todo fue pan comido. Y rápido. Si se alargó mas en el tiempo la relación prematrimonial fue mas por dilaciones de él que por reticencias de ella. Quería tener todo bien atado y no sufrir un descalabro como con Angustias. No pensaba en la muerte, aunque nadie se podía ver libre de ella, porque Delfina era una mujer sana. Era en otra clase de contingencias en las que veía el peligro: la visita inesperada de algún anticuario a los que debía dinero, que se manifestaran públicamente sus escarceos con doña Delfina, el descubrimiento de su ambición desmedida. Y, por qué no, que ella se volviera atrás. Empezaba a conocerla Luis y sabía que el matrimonio, como ella lo veía, era un contrato con un ser de inferior categoría al que se quiere poseer como guardián o vigilante de la casa. Una especie de Sargento Vargas particular. El amor no entraba en la galería de prioridades. Para él tampoco pero no quería que lo descubriera. De momento. También lo quería como garañón para darle hijos. Alargó el tiempo porque, además, prefería demostrar su sumisión y la potencia de su brazo a la dama para que no se retractara. 

Por fin llegó el día de la boda. Boda sonada como correspondía a la señora del Palacio de Los Delgadillos. Remedando aquel romance de Machado (Don Antonio) que leíamos en la escuela: 'Muy ricas las bodas fueron, / y quien las vio las recuerda: / sonadas las tornabodas / que hizo Delfina en su aldea; / hubo gaitas, tamboriles, / flauta, bandurria y vihuela, / fuegos a la valenciana / y danza a la aragonesa'. 

Y por la noche, en la cama... ¡zas! el gatillazo. Bebió mucho y cuando acarició un pecho tan pequeño, acostumbrado a los senos abundantes de doña Florinda, no podo penetrarla. ¡Qué desilusión! Fallo que, ajeno a sus cálculos, logró salvar por la mañana, disipados los vapores etílicos, cuando descubriera, como descubrió, asombrado, el hermoso trasero de su esposa. Lo acarició. Se le encendió el deseo y la cubrió al estilo perro, con ganas, descargando toda su fuerza vital acumulada. 

A ella le gustó. O eso dijo doña Delfina. 

Mas tarde, cuando comprobara, sin género de dudas, su embarazo, volcó toda su atención en el ser de sus entrañas olvidándose por completo de su marido, quien buscó la manera de saciar sus apetitos carnales en prostíbulos de la capital cuando la visitaba, como la visitó en numerosas ocasiones, en días señalados o con el pretexto de acudir a las ferias de ganado o a entrevistas con antiguos conocidos anticuarios. 

En casa, este apartamiento de la pareja quedaba compensado en Luis 'El Lorito' por el ajetreo continuo conque se empeñó para dirigir la hacienda. Como uno mas se le veía arando o regando o vendimiando o con la hoz en la mano segando, parecido a un miembro mas de la cuadrilla de segadores; y llegado el descanso se sentaba, con manifiesta humildad,  uno cualquiera mas de sus criados, en el surco, a desayunar; y en la mesa de su casa, hombro con hombro, a comer o cenar con los jornaleros. Y en el bar se unía a ellos cuando chateaban, pagando las rondas. Uno de ellos achispado gritó un día:

-¡Viva don luis!

-Mira este... don Luis me llama... ¡Será gilipollas!

-No te enfades. Lo hice sin maldad.

-Bueno, bueno... ¿Lo perdono?... ¿Si?... Te perdono. Pero que no se vuelva a repetir.

Y todos gritaron riéndose:

-¡Viva don Luis!

Cuando nació su primero y único hijo, llamó a Argimiro diciéndole que quería celebrarlo en la bodega con los jornaleros, encargándole que se lo comunicara a las familias. Lo que hizo con puntilloso esmero, yendo casa por casa. Allí les decía:

-Con motivo del feliz alumbramiento del ama, doña Delfina y don Luis les invitan a una meriendo en la bodega el día...

Poco mas tarde cuando lo bautizaron la invitación se hizo extensiva a todo el pueblo. Para ello el pregonero se encargó de llevar la noticia por todos los puntos cardinales de la aldea de Fuentespreadas:

-Se hace saber a todos los vecinos que, don Luis y doña Delfina, les convidan, esta tarde, a las cinco en punto, después del bautizo de su hijo primogénito en la iglesia parroquial de San Cristóbal, a una merienda cena en el zaguan y aledaños de su palacio.

(proseguirá) ---

Muerte en la bodega de Los Delgadillos (G) -2ª parte-


Muerte en la bodega del Palacio de Los Delgadillos de Fuentespreadas
(Parte segunda)

7. Conquistando la fortaleza

-Esta parte del relato -me dijo Pedrito- es, en muchas partes, imaginación del pueblo. Que la ha hilado con hechos comprobados y medias verdades.

Un día, Luis, esperó a la entrada de la bodega a Remigia, la mujer del carpintero con la que tenía amoríos. Como tardaba bajó los escalones, abrió la espita de una cuba y se llenó una jarra. Hacía mucho calor. No solo él, en el corral las gallinas se refugiaban en las sombras, ahuecaban las alas y abrian el pico, los bueyes, las vacas y la burra hacían lo propio: Los cerdos en sus pocilgas gruñían suavemente. Tenía sed. Bebió un trago. Al hacerlo recuerda la primera vez que, como marido de doña Delfina, bajó a la bodega. No se le olvida que gritó con ganas, con la fuerza del que se considera libre de alguna opresión:

-¡Esto es mío! ¡Sí! ¡Siiiiiii!

¡Cuánto tiempo! ¡Ya diez años! Quién lo diría. Todo empezó cuando ella se le acerca a preguntarle que cómo se encuentra tras la muerte de su novia.

-¿Cómo quiere que me encuentre? Mal, muy mal.

-Comprendo. La querias mucho, ¿no?

-Ya lo sabe usted. Ella se lo contaría.

-Si. Me hablaba mucho de ti. Estaba tan ilusionada...

-Pensábamos hacer muchas cosas. Y ahora... -y se le rompió la frase.

-Tranquilo. Lo superarás encontrando otra que te quiera.

-¿Usted cree?

-No me cabe duda. Un mozo como tu... guapo, educado, prudente...

Le costó al 'Lorito' romper la barrera de la indiferencia de doña Delfina. Un hecho luctuoso fue crucial en las relaciones de ambos, aunque Luis no llegó a captarlo: la muerte del padre de Delfina. A partir de ese día, ella, por las noches, notaba la soledad oprimiéndole las sienes. Se hacía preguntas sobre su destino, sobre el paso inexorable del tiempo. El éxodo de golondrinas y vencejos le produce tristeza. Estaba sola. Luis 'El Lorito', con la ayuda de su amigo Argimiro, fue escalando peldaños hasta la ocupación completa y definitiva del territorio. Mas para ello tuvieron que aventurarse a una acción que, por poco, le cuesta la vida. Como Luis comprobase que sus relaciones no pasaban, eso pensaba, de las charlas frías, cordiales, prendieron fuego a la tenada del corral donde se guardaba, además de heno y leña, los manojos, que confeccionan trenzando los sarmientos de las cepas. Era un material altamente combustible que podía propagarse a las casas contiguas e incendiar el pueblo. Luis, surgido de improviso y como de la nada, se involucró tanto en apagar el fuego que un madero ardiendo le dio en la cabeza perdiendo el sentido. Entre alguos vecinos lo sacaron de alli. Cuando recobra la conciencia se halla en el zaguan del Palacio de Los Delgadillos y doña Delfina lo atendía. Lo primero que hizo fue preguntar por el fuego.

-Ya está apagado -responde el ama.

-La gente se ha portado muy bien haciendo una cadena de herradas llenas de agua...

-Pero la contribución tuya ha sido esencial. Y por poco te cuesta la vida.

-He cumplido con mi deber.

-De eso nada. Has arriesgado la vida y no merecía la pena. Le tenada se puede rehacer.

-O sea  que nos hemos expuesto por nada.

-No, no es eso. Quiero decir que no vale la pena morir por una tenada. Pero yo te lo agradezco. Si te hiubiera pasado algo... -y comenzó a llorar.

-No llore -y le acarició la cara.

Entonces ella lo abrazó.

(proseguirá)

Muerte en la bodega de Los Delgadillos (F)-1ª parte-


Muerte en la bodega del Palacio de Los Delgadillos de Fuentespreadas
(primera parte)

6. El Sargento Vargas

Doña Delfina, para decirlo todo, tampoco ocupó mucho tiempo de su pensamiento en el tal Luis 'El Lorito'. Como cotilleo del pueblo se interesó por él, por una corta temporada, cuando lo metieron en la cárcel. Poco mas. Si le prestó mayor atención fue a raíz de la muerte de su amiga. Le preguntaba varias veces a su criado Argimiro. Hasta se acercó al Lorito para preguntarle cómo se encontraba y de paso recordar a su querida Angustias.

Pero no fue indiferente a los hombre. De joven, doña Delfina, estuvo prendada de un mozo de su pueblo que apenas se fijo en ella. Ni siquiera la sacó a bailar. Nunca. Luego, el joven se casó y ella se vio obligada a olvidarle. 

Otro hombre que llamó su atención no era de su pueblo sino de una localidad andaluza que, unas veces, decía llamarse Alicate, otras Zahora. Era a la sazón Comandante del Puesto de la Guardia Civil. Lo llamaban Sargento Vargas. Su tez morena, su bigote, el brillo de sus ojos negros, su apostura, siempre tieso, siempre firme, si bien producía una cierta frialdad al final le atrajo. Lo conocía de las visitas que hacía a su padre para revisar el fusil mauser, ya que su progenitor pertenecía al Somatén, o simplemente para charlar. Entonces pasaban al salón y ella les servía una copa de licor café que su madre elaboraba. Varias veces lo vio fijándose en ella. En una ocasión que su padre no se hallaba en casa le dijo frases galantes. Su ceceo le produjo risa a Delfina y el guardia civil se quedó un tanto corrido.

-Se rie de mi, señorita.

-No, no... ¡por favor! Es su acento al hablar... Me resulta chocante.

-¡Ah! Aun tengo el deje de mi pueblo.

-¿De qué pueblo es usted, si no es una indiscreción preguntárselo?

-¿Por qué iba a serlo? De Alicate, Málaga.

-¿Es malagueño?

-Así es señorita, para servirla. Mi pueblo es muy bonito. Casa enjalbegadas. Blanco, todo blanco. Y el mar. ¡Ah! el mar... De noche... las olas del mar se arrastran por la arena de la playa produciendo un sonido de roce, como la seda por las piernas de una moza. Es un frufru excitante que...

-¡Oh, señor Comandante! Me va a sacar los colores. 

-Perdone, perdóneme...

-Le perdono. Y dígame... ¿se encuentra a gusto aquí?

-No me quejo. Cumplo órdenes. Pero... allí... en la casa de mis padres...

Y el guadia civil se extendía en alabanzas de su pueblo, del mar, de la pesca... Hasta que llegó su padre y la libró de esa catarata de palabras, muchas de ellas cortadas al uso de su tierra, lo que hizo que el entendimiento de lo que quería decir le resultase a Delfina, como castellana, dificil de desentrañarle el sentido.

En otras ocasiones la charla se repitió con pocas variantes. Si ella, por meter baza, y variar de tema, introducía la conversación por derroteros de literatura hablándole de Santa Teresa o de San Juan de la Cruz o de otros escritores menos religiosos como Becquer, Larra... se quedaba sin decir nada o se reía de los textos que ella citaba.

Delfina le preguntó a su padre sobre la opinión que le merecía el Sargento Vargas.

-Es una bestia. Todo lo resuelve fusilando a los que no piensan como él. Por otra parte no hace mas que repetir lo que los superiores dicen. Y si le llevas la contraria lo toma como un ataque al cuerpo. A ver si me entiendes bien, hija: no digo que sea un asesino. O si... ¿Quien sabe?... Los fusilamientos son de boquilla porque no tengo información de que haya matado a nadie. Lo que quiero decirte es que es mas bruto que un arado. Se puede hablar poco con él. Yo le respeto. Me cuenta quienes son los revoltosos y de paso se bebe una copa y se va.

La opinión vertida por su padre coincidía casi con la suya propia. No por eso dejó de pensar en él. Pero con menos admiración. Hasta que poco a poco se fue extinguiendo el fuego que, al principio, ardió con llama, eso sí vacilante, pero llama al fin. Después el Sargento Vargas fue trasladado a otra comandancia. Y ya, sin su presencia, el fuego se apagó. Solo quedaron cenizas que el tiempo aventó.

(proseguirá) ---