viernes, 7 de septiembre de 2012

Muerte en la bodega de Los Delgadillos (E)-1ª parte-


Muerte en la bodega del Palacio de Los Delgadillos de Fuentespreadas
(primera parte)

5. Doña Delfina Delgadillo

Don Gregorio le abrió las puertas de su casa. Doña Florinda otras puertas.

Ambos, para qué negarlo, lo hicieron con la intención de que su estancia fuera lo mas corta posible. Y pensaron de inmediato en alguna otra candidata que pudiera ayuntarse con el Lorito en santo matrimonio. Por mas que cuentan y repasan no hallan ninguna digna de él. Todas o casi todas las beatas están casadas y las pocas solteras o eran muy viejas o estaban ya marcadas. Se motejaba entonces así, 'marcadas', a las mujeres que habían tenido novios y por lo que fuere la relación se había acabado, también recibían ese apodo las mozas cuyas relaciones fueren de puro goce carnal, sin perspectiva matrimonial, a las que llamaban casquivanas y otras palabrejas insultantes. Y no, en aquellos tiempos no se perdonaba el que una mujer fuera libre de hacer con su cuerpo lo que le diera la gana, tampoco en los hogaño reina el paraiso de la libertad, pero hay otra mentalidad y se perdonan mas esos pecadillos. De modo que ningún varón, joven o adulto, podía aceptar un ejemplar femenino ya usado por otro, a no ser para aliviar sus ardores. Tengo que decirte que, aunque escasas, también las había de esa materia.

La única que se salía de esos cánones establecidos en tácito acuerdo a lo largo de años y años, era doña Delfina, dueña de buenas tierras de sembradura y regadío, viñas, palomares, josas y ganados, señora del Palacio de Los Delgadillos, mansión de Fuentespreadas, con escudo y todo. Mas ella no entraba en esa clase de mujeres a las que podía influir el párroco don Gregorio. Iba poco por la iglesia a no ser domingos y fiestas de guardar. Había otro impedimento para abordarla  y es que acababa de morir su íntima amiga Angustias. Sería contraproducente presionarla, si se dejaba, con el fin de que sustituyera a la difunta. Eso lo sabía el cura y solo de pensar en la reacción hirsuta, agria, iracunda, de la rica del pueblo, al mosén se le erizaba el pelo y eso que había demostrado ser un hombre bragado.

Lo que no sabían ni el cura ni la sobrina es que además, doña Delfina, tenía ciertos recelos hacia Luis 'El Lorito' fruto de lo que le contaba su criado Argimiro 'El Modorro'. Aunque esos resabios habían sido mellados en parte, y sin querer, por las tretas, argucias, arrojos o valentías que, dichas por su jornalero con la intención, aviesa, de rebajar su figura, tanto las resaltó y engrandeció que fueron adquiriendo, en la imaginación de su ama, estatura primero de pilluelo y luego de alta hombría; es decir de un varón varon, echao palante, casi un modelo para una mujer.

Si a estos atributos le sumaba a Luis sus estudios de latines durante varios años, su estancia en la cárcel y su seriedad en la iglesia, sus pocas palabras, su trato amable pero frío con las feligresas, las demostraciones de dolor por la muerte de su amiga que, ella, calibró de sinceras, componían un cuadro misterioso, contradictorio, sugerente. Y por ende le atraía.

Mas, para no te llames a engaño, toda esa suma de factores positivos y negativos, que tanto le atraían, no daba por resultado una inclinación hacia el hombre como varón compañero de una mujer sino que, todo lo contrario, incrementaba su desconfianza. Y cimentaba la negativa a no ajuntarse con nadie. Si quería conocerlo mas, era por puro deleite intelectual; deseaba despiezarlo, analizarlo como se hace con un ejemplar extraño de la fauna humana, para saber de sus interioridades. Y aunque reconociera, para que ocultarlo, su imantación objetiva viéndolo,  como lo viera, deseable para una hembra, por su físico: alto, fuerte, rubio, ojos azules, melena larga... deseaba diseccionarlo pues no terminaba de aprehenderlo, se le escapaba a su intelecto como un pez de las manos. Por eso precisamente no se fiaba de él.

La curiosidad de Delfina por clarificar lo oscuro le venía de niña. El por qué, que durante una época tienen los niños, le había seguido a lo largo de su vida. Ese anhelo de saber mas se lo produjo, curiosamente, un libro de texto de la escuela llamado 'Flora'. Poca cosa, pero allí aprendió por ejemplo el nombre de los 33 reyes godos, lo que la encaminó a profundizar en esa época de la historia en libros que su padre tenía en las estanterías. Como no tenía mas descendencia, su padre le animaba a seguir leyendo y la guiaba por el laberinto de la biblioteca. Allí comenzó a leer a poetas que tenían nombre de santos o devotos, como San Juan de la Cruz, Santa Teresa o Fray Luis de León. Becquer también cayó en sus manos y Larra y algunos mas, pero no le llegaron tan hondo como los tres anteriores.

(proseguirá)

Muerte en la bodega de Los Delgadillos (D)-1ª parte-


Muerte en la bodega del Palacio de Los Delgadillos de Fuentespreadas
(primera parte)

4. Las dos amigas y 'El Lorito'

La relación de Delfina con Angustias fluyó de una manera natural debido a la ubicación de ambas en familias ricas. Los prejuicios de la abundancia se dan en todas las sociedades por pequeñas que sean. La habitación de un ser, desde la mas tierna infancia, en ambientes del mismo nivel de riqueza moldea los espíritus de tal modo que arrasa, en general, las diferencias personales; o por lo menos propicia el entendimiento de las gentes de esa clase. Del mismo modo, la coexistencia en la pobreza, en habitáculos estrechos, en la escasez, iguala las conciencias de los habitantes de ese nivel y choca con el contrario. Así, ambas mozas, niveladas en su personalidad por la procedencia de clase se entendieron muy bien, llegando su trato a adquirir categoría de amistad. Pasaban el tiempo o bien en una casa o en la otra. Y como sus moradas estaban equidistantes de la iglesia parroquial, en ocasiones se citaba allí para efectuar labores de limpieza o adorno del templo. Hay que decir que, a este tipo de distraciones, era mas proclive Angustias que su amiga. Porque, aunque la riqueza, la abundancia, las nivelaba, no tanto como para definirlas como dos gotas de agua, había diferencias entre ellas, por ejemplo: una era devota de San Cristobal, santo patrón de la iglesia de Fuentespreadas y la otra de Nuestra Señora del Rosario.

Tenían marcadas otras divisiones pero eso te lo diré mas tarde.

Lo cierto es que el tiempo pasó y no hallaron mozo con el que casarse, ya que el hecho de ser ricas era ya, de por si  una barricada para muchos de los jóvenes del pueblo; jóvenes que no se atrevían a cortejarlas al contemplarlas, como las miraban, fuera de su órbita, volando en otra galaxia. Si a esto se añadía que, sus figuras, como hembras, no eran lo que se dice muy muy agraciadas; pues la una, Delfina, estaba, según la comparación popular, planchada; es decir: no tenía, al menos a la vista, pechera pronunciada; a la otra, Angustias, con la tez muy pálida, la enfermedad le jugó malas pasadas.

Eso si, había otras diferencias: Delfina tenía un carácter áspero, un tanto marimandona; gustaba de la literatura sobre todo la poesía; su amiga, por el contrario, por no ofender no hablaba con las gentes y, aunque no leía mucho, le gustaba oír los poemas que su amiga recitaba. Por lo demás, se decía que eran mozas viejas que estaban ya para vestir santos; y eso es lo que hacían, Angustias sobre todo, adornar las figuras de la iglesia.

Conocía Angustias a Luis 'El Lorito' por ser sacristán. Sin haber intercambiado apenas  palabra con él, ya que su estancia en la cárcel le predisponía a cierto recelo. Hasta que, un poco acicateada por don Gregorio el cura, comenzó a pensar en la posibilidad entablar conversación a fin de verlo como un ser humano normal, como un hijo de Cristo, libre de las telarañas que lleva tras de si el hecho de haber sido acusado de robo; delito del que, después se demostró, fue falsamente involucrado. Luis, un día que se encontraba solo con ella, en la sacristía, preparando ramos de flores para colocarlos en jarrones al pie de las imágenes, al ver que se tropezaba la cogió del brazo; pidiéndole, de inmediato, perdón por su atrevimiento, su intención no había sido, en modo alguno, el molestarla. Ella disculpó ese gesto y le dio las gracias por no dejarla caer. Entablaron una conversación de lo mas banal sobre cosas de la iglesia. Fue el comienzo de una relación que terminaría cuando, a pocos meses de casarse, la enfermedad retornó mas virulenta y murió.

Luis 'El Lorito' sintió mucho la muerte de Angustias. Lloró desconsoladamente y se encerró en casa de sus padres durante varios días. 

A su manera llegó a quererla. No con un amor puro, no. El cariño aparecía envuelto en la casa grande de los padres de ella, única heredera; forrado de tierras y de ganados y de árboles frutales y viñas. El fallecimiento de su novia fue la muerte de todo. 

Su voz suave, su  timidez, unido a su riqueza al alcance de la mano, se le metieron tan dentro que al quebrársele sintió un desgarrón de entrañas y lo anonadó. Y es que, por mas que hizo, no consiguió salvarla. Le llevaba agua de la Fuente del Caño y hojas de negrillos recordándole las tardes de paseo por esos lugares y animándole a superar la dolencia. Ella sonría. O bien se arrodillaba delante del altar de San Cristobal prometiéndole mil cosas si salvaba a su novia. Promesas que le contaba a la enferma. Esta asentía ofreciéndole una sonrisa. Desde el mirador de la iglesia recorría su vista las tierras que aparecían ese septiembre como una alfombra de remiendos verdes. Era la dulce otoñada que a Luis le resultaba amarga. Por doquier mirara allí aparecía una finca de Angustias. Y era a Angustias a quien veía. Angustias que se iba. Y no podía retenerla. Tentado estuvo de tirarse mirador abajo. Varias veces.

Argimiro 'El Modorro' lo visitaba todos los días. Lo consolaba. Lo animaba a salir a fuera, a la calle, a comprobar que la tierra, el mundo... seguía su curso. 

Sabía que su amigo tenía razón pero se consideraba derrotado. Necesitaba pensar, hallarse a si mismo; y el hogar de sus padres no era el lugar mas apropiado para esas intimidades. A cada movimiento su madre chocaba con él. El ruido de la poca loza se amplificaba en el espacio reducido de la cocina. Si se echaba en el camastro al poco casi no podía respirar por el humo de la lumbre del hogar, cuya chimenea no tenía capacidad para expulsarlo y se extendía por toda la estancia. Si su padre venía del huerto familiar o de ganar el jornal, contratado para alguna labor del campo, la casa se volvía aun mas pequeña. Hasta las caricias de la madre llegaron a irritarle y los reproches de su padre lo hacían iracundo. Por todo ello, al cuarto día, por la mañana, se acercó a la iglesia. Allí, en el silencio del templo, con el olor del incienso y el sonido de las campanillas movidas por los monaguillos puede pensar. Lo miran, si, las feligresas. Las beatas se compadecen de él. Pero no le importa. Había aprendido a cerrar el rostro a las influencias externas para que nada trascendiera fuera de lo que él deseaba. Fiel aprendiz del párroco quien escondía sus sentimientos tras una leve sonrisa.

(proseguirá)

Muerte en la bodega de Los Delgadillos (C)-1ª parte-


Muerte en la bodega del Palacio de Los Delgadillos de Fuentespreadas
(primera parte)

3. Argimiro 'El Modorro'

Al día siguiente, si mal no recuerdo, acudí al pajar. Pedrito estaba dormido y me quedé con las ganas de oír la continuación de la historia. Cuando llevé la merienda a las eras del Juncal, me preguntó por qué no había ido al pajar. A mi respuesta dijo tajante:

-Otra vez me despiertas. Te espero mañana a la misma hora.

Y añadió que me hablaría de Argimiro 'El Modorro'.

Argimiro 'El Modorro' era vecino de Luis. Las casas de sus padres estaban separadas por una pared de adobe. Desde niños habían jugado juntos y de jóvenes siempre se les vio uno al lado del otro en ocasiones donde los amigos necesitan rubricar su camaradería. Por lo que a nadie extrañó que, cuando falleciera la novia de Luis, fuera su sombra dolorida. El abrazo de ambos en el cementerio conmovió a toda la concurrencia e hizo llorar a las mujeres, las cuales prorrumpieron en gritos lastimeros. Sobre todas ellas sobresalió el lamento de doña Delfina, señora del palacio de Los Delgadillos de Fuentespreadas; y tampoco chocó esta muestra de desgarro por ser ella íntima amiga de la difunta y ama de Argimiro.

La vida de estos amigos corrió paralela. Si a Luis lo acogió el párroco de niño, a Argimiro lo alimentaron los padres de Delfina en su casa. Y si a uno dejó de hablarle el cura cuando abandona los estudios eclesiásticos, al otro lo echaron de la casona tras apercibirse los dueños de que hacía ciertas bellaquerías con su hija detras de las puertas. Y aquí terminaron sus andanzas juntos, pues a Luis, como sabes, lo metieron en la cárcel y Argimiro, muertos los padres de Delfina, volvió al palacio. 

Mas no, como algunos pensaron, a continuar con sus juegos carnales de adolescentes sino como criado a trabajar de firme. Ya muy de mañana, cuando apenas la aurora iniciaba sus matutinos destellos, aterido de frío en pleno invierno, se le veía dirigirse a la casa, con el sueño en sus ojos; allí ponía leña en el hogar y la prendía para que la dueña, cuando se levantase, se sentara en el escaño a desayunar con la cocina caldeada; luego, daba de comer a bueyes y mulas, ordeñaba las vacas, limpiaba las cuadras y, llenos los asnales de estiércol, lo transportaba hasta el corral; allí echaba la comida a los cerdos, paja a la burra, granos de trigo a las gallinas; y bajaba a la bodega a llenar jarras de vino para los jornaleros. Al llegar a la cocina con el vino, lo metía en la despensa y se sentaba a desayunar con el ama que había preparado un suculento almuerzo compuesto de huevos fritos con chorizo y sopas de leche. En el transcurso del mismo se discutía sobre las labores a realizar en el campo: arar, aricar, cavar, sacar la remolacha, cortar los sarmientos de las cepas... Cuando Argimiro insistía en llevarle la contraria discutían, sin consentir ella que levantara la voz. Llegaron a estimarse, incluso intimar... Mas en la imaginación de él que en la inclinación o predisposición de ella.  A veces le hacía gracia a ella la voz aflautada de Argimiro y como lo viera sonrojarse le acariciaba la cara diciéndole:

-No te enfades. No me río de ti.

Argimiro tenía una voz dulce, un si es no es femenina y en momentos tan aguda que algunos decían aflautada y para los criados, que estaban a su cargo, chillona. De cara redonda, boca sonriente, ancha, con dientes muy separados; si lo cabreaban apretaba los labios y sus ojos azules se volvían acerados y daba hasta un poco de miedo. Eran unos segundos que, al que los contempló, le hizo pensar que su campechanía era superficial. En alguna borrachera quiso agredir a un criado fornido y si no hubiera sido por su amigo Luis el otro le hubiera zurrado la badana y habría corrido la sangre pues escondía 'El Modorro' una navaja en el bolsillo. Eran arrebatos. El comportamiento cotidiano era de pura mansedumbre. 

Al morir su amiga Angustias, Delfina solía preguntarle por el estado de su amigo Luis. La contestación era siempre la misma:

-Lo estaba pasando mal pero lo superará. Es muy fuerte. 

Y seguía contándole aventuras por los pueblos de los alrededores en los que hacía hincapié, adrede, en la temeridad, dureza y frialdad en la conquista de las mozas de su amigo; hechos ajenos al recogimiento, piedad y devoción que demostraba en la iglesia. Defectos que agrandaban la personalidad del hijo de Eufrasia y Teodomiro.

Terminados sus relatos y acordadada la faena, él y otros criados marchaban al campo.

-Como yo que tengo que levantarme de la siesta para ir a trillar al Juncal, otro día te sigo contando cosas de don Luis 'El Breve'.

(proseguirá) ---

jueves, 6 de septiembre de 2012

Muerte en la bodega de Los Delgadillos (B)-1ª parte-


Muerte en la bodega del Palacio de Los Delgadillos de Fuentespreadas

2. Trabajo y amor de Luis 'El Lorito'

Al día siguiente, Pedrito continuó narrando de la manera que pongo a continuación, mas o menos, la historia de Luis 'El Lorito'; digo mas o menos porque han pasado muchos años y la memoria con el paso del tiempo se deteriora, por lo menos la mía:

-Luis 'El Lorito' vivió varios años en casa del cura párroco don Gregorio. Le ayudaba en asuntos de la Iglesia: arreglar figuras de santos, vírgenes y cristos, limpiaba el templo con las beatas, incluso tocaba o repicaba las campanas. Era un sacristán oficioso y eficaz. 

El párroco, unas semanas después de salir de la cárcel, lo envió a Zamora a casa de unos anticuarios con el fin de  tenerlo alejado del pueblo y, de paso, para que se empapara de su comercio de antgüedades. De esa manera el mozo adquirió conocimiento de lo que era valioso de verdad y no falsas imitaciones. Cuando volvió poseía suficiente sabiduría para discernir por qué pieza convenía pujar para comprarla y hasta cuánto; y que antiguedades no eran siquiera dignas de perder el tiempo y el dinero por ellas. Para empezar fue recorriendo casas de su pueblo con el objetivo de atisbar tesoros que, para el dueño de la casa, no valían un pimiento. Pero no se quedó ahí, recorrió los pueblos del entorno y, como era ayudante del párroco, se entrevistaba con los curas para ver si pudieran ser posibles suministradores de figuras de las iglesias. Miraba los templos. Y, a veces, se detenía a contemplar piezas casi carcomidas observando la reacción del párroco. Así palpaba la sensibilidad del cura captando si le parecían despreciables o no y le ofrecía precio según a la conclusión que hubera llegado. Algunos se resistían a vender algo que no era suyo. Mas otros se dejaban agasajar fácilmente. Como se había introducido en el mundo de los anticuarios sabía colocar los objetos mal adquiridos o robados de manera que, en un santiamén, desaparecían de la circulación para adentrarse en circuitos semiclandestinos que recorrían miles de kilómetros alejándolos del lugar donde podían ser conocidos. Era un negocio que, al cura y la sobrina, reportaba buenos beneficios. 

De la iglesia de Fuentespreadas y de otras cercanas, amén de piezas de labradores, se podrían, sin duda, ver en la otra punta de España y también pasaron al extranjero. 

Luis 'El Lorito' se daba cuenta que se estaban a provechando de él. Recibía, eso si, una parte mínima de los buenos cuartos que las antigüedades reportaban. Al principio quedó satisfecho pues, como un plus, además, a ratos yacía en tálamo, casi clandestino, con doña Fidelia. 

Mas cuando don Gregorio lo tubo bien atado de raterías anticuarias consideró que era ya el tiempo que debía irse de su casa; pero sin que se sintiera herido por ello. No le convenía que se enfadara. De modo que comenzó a sondear a varias feligresas solteras en el confesionario y fuera de él con el fin de hallarle una compañera con la que pudiera casarse. Maniobra que no le pasó desapercibida al 'Lorito' educado, como estaba, en el arte del disimulo, del paso silencioso y del escuchar conversaciones ajenas. Arte que, en el templo, realizaba divinamente don Gregorio. Otro arte o artimaña que llegó a manejar a las mil maravillas fue el lanzar mensajes aparentemente inofensivos pero que llevaban un veneno que se metía de inmediato en las víctimas. 

Él, por su cuenta, y con el arte que antes te indicaba, tanteó a una de las devotas de San Cristobal, patrono de la iglesia de Fuentespreadas, Angustias, que, además de rica heredera, se sabía que moriría pronto. Con lo cual, pensó, si lograba casarse con ella, heredaría una fortuna. Algo había avanzado el exseminarista en la conquista de la fortaleza pero, cuando el párroco comenzó su labor de zapa, la beata se abrió, como los pétalos de una flor, a los requiebros y zalamerías de Luis, el hijo de Eufrasia y Teodomiro.

Tanto que dejó la casa del cura y se fue con sus padres sin abandonar por ello la iglesia a la que acudía muy de mañana y se postraba de hinojos ante el altar para agradecer al santo San Cristobal los frutos obtenidos de su devota Angustias. Pronto fue presentado a los padres de ella que dieron su parabien. Y todas las tardes la iba a buscar a su casa, paseaba con ella por los alrededores de la Fuente del Caño y se metían en la negrillera para ocultar a miradas ajenas sus arrullos de amor; desembocaban mas tarde cogidos de la mano en la iglesia a rezar el Santo Rosario. 

La chica pareció rejuvenecer, reía y cantaba y le salieron colores rosados en las mejillas que antes tenía macilentas.

Por las mañanas, Angustias, se acercaba a ver a su amiga Delfina Delgadillo, otra rica heredera del pueblo a la que le contaba lo feliz que era, encareciendo de paso las virtudes de su querido Luis. Su amiga, una moza culta, le aconsejaba que contuviera su entusiasmo, que no tuviera prisa en acudir a la coyunda, que meditara sus pasos. Lo decía porque sabía de las habladurías sobre el tal 'Lorito'. Aunque, ella, de una manera objetiva, no veía con malos ojos al mozo: alto, fuerte, rubio, educado, religioso. 

¡Eso si, de familia pobre!

Angustias escuchaba a su amiga y le oía recitar a San Juan de la Cruz, a Fray Luis de León, a Santa Teresa... Y se marchaba a la hora de comer riendo, cantando y recitando eso de: ' Buscando mis amores / iré por esos montes y riberas; / no cogeré las flores, / ni temeré a las fieras, / y pasaré los fuertes y fronteras.' 

¡Qué feliz se encontraba!

Así siguió la vida diaria de esta devota de San Cristobal. Mes tras mes. El mozo ya entraba en casa de la novia por lo que los padres vieron conveniente concretar la fecha de la boda para no dar alas a las lenguas viperinas. Y así hicieron: en cuatro meses se casarían: el 15 de septiembre.

¡Ay, pero el Destino tenía otros planes! Poco antes de la boda se puso enferma y en dos semanas murió.

-Otro día te sigo contando. Tengo ya que uncir las mulas para ir a trillar a la era. El Juncal me espera.

(proseguirá) ---

Muerte en la bodega de Los Delgadillos (A) -1ª parte-


Muerte en la bodega del Palacio de Los Delgadillos de Fuentespreadas
(primera parte)

1. Introducción
  
Otro día fui al pajar, a la hora de la siesta, a charlar con Pedrito, el criado de mis padres. La casa estaba en silencio. Y en penumbra. Puertas y ventanas cerradas para evitar en lo posible que el intenso calor del verano penetrara en ella. Solo algunas rendijas en el tejado, la chimenea y la gatera de la puerta trasera dejaban pasar los rayos del sol. Las moscas revoloteaban en la cuadra entre las mulas y los bueyes. Algunas quedaban enredadas en las telarañas. Para su desgracia. Se oía un moscardón.

En el pajar, echado en la paja, Pedrito descansaba. Estaba despierto. Al verme sus ojos se iluminaron y una sonrisa pícara asomó a sus labios. Tenía ganas de charlar. Aquella mañana el trabajo no le había cansado.

-Te acuerdas -me dijo- de la historia que te conté de Luis 'El Lorito'...

-Si -contesté- el que robó los cálices de la bodega del...

-Pues se convirtió después -siguió Pedrito sin oirme- en don Luis 'El Delgadillo'...

-¿Y eso? ¿Es que enflaqueció?...

-No. Se casó con doña Delfina, dueña del Palacio de Los Delgadillos.

-Es decir que se marchó de Fuentespreadas.

-El Palacio de Los Delgadillos está en Fuentes.

-Aquí no hay ningún palacio.

-¡Como que no! Este es el palacio de Los Delgadillos.

Me puse a reir con ganas. Pedrito me miraba con su sonrisa burlona. Era pequeño de estatura, rostro curtido por soles y vientos, cara angulosa, ojos castaños y arrugas en la comisura de los labios. Daba la impresión de un niño adulto. Cuando terminé de reirme me habló de esta manera:

-La risa es signo de ignorancia. A ti, que has vivido siempre aquí, te parece exagerado que a esta casa se le llame palacio. Pero no me lo he inventado, lo dice José Mª Gonzalez en su libro sobre Fuentespreadas (*). Y aunque no lo hubiesa escrito él tiene todo lo necesario para serlo, hasta un escudo. Al menos para mi, que vivo la mayor parte del año en un cuchitril con mis padres, me parece un nombre apropiado. Date cuenta que tiene pajar, por ejemplo. Un pajar con cinco compartimentos cada uno de cuales es mas grande que la casa de mis padres. Luego las cuadras en las que caben seis o mas animales con pesebres de varias clases y altillo encima para el heno; horno con  chimenea y una sala contigua; al lado pasillo y poyos de piedras donde duermen los criados; sobrado con siete u ocho salas donde se almacenan los cereales, encima de los cuales se colocan uvas, peras y melones que tenéis para buena parte de invierno; corral con tenadas para el heno y los manojos; bodega de tres arcos con pozo; casa con zaguan encantado, poyos y una hornacina para tres cántaros de arcilla para agua; ocho habitaciones y cocina con una chimenea de alto vuelo y hogar para la lumbre; a ambos lados de él dos escaños, uno de ellos se transforma en mesa para por lo menos seis comensales; el techo de la cocina se ve cubierta de longanizas, chorizos, cabeza y rabo de cerdo, que chorrean hasta que quedan curados; una fresquera, un  armario, estantes para la loza y mas al fondo una despensa donde se guardan los productos de la matanza ya curados: jamones, chorizos, longanizas, tocinos...; mas alubias, garbanzos, lentejas... Si a esto le añades el terreno, delante de la casa, con varios departamentos para ganado... Ya me dirás tu si no es un palacio... No será como los que salen en las películas pero...

-Visto así...

Me miró a ver si decía yo algo mas. Al seguir callado continuó:

-Aquí se transformó Luis 'El Lorito' en don Luis. Un día, a estas hora y en verano, lo encontraron muerto en la bodega. Según el informe de la Guardia Civil el interfecto se acercó a la bodega en busca de vino y, como los peldaños eran, y lo siguen siendo, irregulares, debió de tropezar y resbalando escaleras abajo por la humedad  de la bodega dio su cuerpo en un poste que sostenía una roca agrietada del techo; el poste se quebró a consecuencia del golpe, la roca se desprendió aplastándole el cráneo de Luis 'El Lorito'.

-¡Pobre! Mala suerte. ¡Adiós don Luis!

-Ese fue el informe policial, que no convenció a todos.

-Cuenta, cuenta.

-Te lo tendré que contar en varias sesiones. Es largo.

-No importa. Cuando quieras puedes empezar.

-No, ahora no. Voy a enganchar las mulas. Hay que trillar en la era del Juncal.

-Aquí estaré mañana a la misma hora.

(proseguirá) ---

___________

(*) Libro: Breve historia de la villa de Fuentespreadas
Autor: José Mª González Aguado
Depósito Legal: ZA-III-2005
Imprime: Gráficas Artime
Zamora

sábado, 28 de julio de 2012

Iswe Letu: ¿Una imaginación calenturienta?


Cierto día de verano, entremediodía, por el año 1956 o 57, me acerqué al pajar a hablar con Pedrito, el criado de mis padres. Allí tenía su lecho para la siesta. A alguno le parecerá extraño eso de tener por cama el suelo de un pajar. Pero así era antaño. Aunque los amos tuvieran camas de sobra, los jornaleros descansaban en los lugares mas indeseables de la casa. Parece mentira a estas alturas de la historia. Aunque... quien sabe... a lo peor... volvemos a esos tiempos oscuros... al paso que va la crisis... 

Perdón, me he ido del asunto: fui a ver a Pedrito; por cierto, entre con cuidado porque a veces se masturbaba y se ponía hecho una furia; recuerdo que la primera vez que lo vi meneársela exclamó: '¡vete de aquí, hostias!'; y como me quedara como un bobo en la entrada me dijo: '¿Qué? ¿quieres mamármela, maricón?' y me tiró una piedrecilla; yo no sabía lo que era eso de 'maricón' pero cómo se lo decíamos al que nos caía mal me pareció una cosa mala y me marché; Pedrito debía cascársela muy a menudo porque olía a esperma; sin embargo en ese 'entremediodía' estaba dormido; con una paja le hice cosquillas en la nariz; se despertó y me dio una bofetada; luego me pidió perdón y charlamos; al hilo de nuestra conversación le pregunté si sabía sobre la bodega del cura; aunque Pedrito era muy joven, casi un niño como yo, era un pozo de sabiduría. Me contó la historia de Luis 'El Lorito' que tenía relación con la bodega. Y voy a escribirla tal y como la recuerdo. Eso si, el orden es mío: 

("Luis 'El Lorito' fija sus ojos en el buraco por donde se filtra, oblicuo, un rayo de sol... -'¡Ves! -se interrumpe Pedrito- como este que desde el agujero del tejado llega lleno de polvo'... Sigo: decía que el rayo de sol le cae sobre el jergón y se acuerda de otro sol a la atardecida de los veranos, cerca del 'huerto familiar'(*), sentado a la vera del arroyo que fluye cadencioso y adonde a veces se bañaba. Allá, en Santa Colomba, que como sabes es una parte de su Fuentespreadas querido. Parece como si lo estuviera viendo y viviendo en ese mismo momento en un horizonte de arreboles arcoirisados por la parte que daba a Cuelgamures. Horizonte que las cuatro paredes de la celda donde se halla encerrado se encargan de borrarlo. 
Encarcelado. Si. Acusado de un robo que otro había cometido. Claro, él no era inocente del todo.
-Pero no por eso, ¡me cagüen dios! No por eso -dice dando un puñetazo en el jergón del que saltan pulgas.
Menos mal que solo fue uno. Antes, recién ingresado en la institución penitenciaria, se daba cabezazos en la pared hasta sangrar. Con el paso del tiempo su furia se fue atemperando. No le quedaba otro remedio si quería salir de allí a los cinco años que fueron los que el juez consideró que debían recluirlo. Y es que, después de cada arrebato iracundo, los carceleros lo apaleaban.
-Tengo que salir y vengarme.
Pero sobre todo volver a su pueblo, a su 'huerto familiar' (*), a su arroyo, a las meriendas en la bodega con los amigos... La boca se le hace agua al pensar en esos platos de caracoles, cangrejos y ratas.
-¡Que ricos estaban preparados por la señora Isabel!
Y se puso a aspirar el aroma del guiso llegándole hasta sus orificios nasales una vaharada de olores pútridos del jergón, de los excrementos de las ratas y de su propia mierda.
El encierro de Luis 'El Lorito' lleva mas de dos años. Aun le quedan tres para la soñada libertad. La causa de su pena fue el invierno crudo de 19... (no me acuerdo del año que dijo Pedrito) Se estaba acabando la comida en los hogares de los jornaleros. Los amos tampoco andaban muy boyantes lo que les retraía a la hora de dar trabajo a los criados. En pocos día el hambre aparecería a la puerta de Luis 'El Lorito'. Sus padres morirían pidiendo pan. Tenía que hacer algo. Y pronto. Entonces se le ocurrió una idea...

-Luis, te llama el Señor Director

El carcelero abre la puerta del calabozo y sale el reo, sorprendido en sus reflexiones, hacia el despacho. Por el pasillo, desde las celdas, se oía: 'Lorito', estás de suerte', 'Lorito', te ha venido Dios a ver'. Está confundido.
El Señor Director le anuncia que dentro de dos días, dos días tan solo, estará libre. Comprende las voces de los presos: se han enterado antes que él. No entendía nada pero se alegra. Pronto se vengará. A menos que atienda a razones...
-Por estas -y se juramenta colocando los dedos índices en cruz besándolos en la intersección.
A partir de ese momento se le hace el tiempo eterno y para contrarrestar su alargamiento rememora, con mas ganas, la vida en su pueblo: la escuela regentada por don E., los día de fiesta: Las Candelas, San Blas, los toros en la primera semana de octubre, la corrida del gallo... La niñez, que pasó en casa del párroco estudiando latines. Querían que se hiciera sacerdote de la religión católica, apostólica y romana. Hasta fue monaguillo. Y en la casa de don Gregorio, el cura, hace limpieza del corral o va con el cántaro a buscar de agua a la Fuente del Caño... Lo que nunca hizo fue bajar a la bodega. Cuando mostró en una ocasión voluntad de descender a ella, el cura se puso iracundo, furioso como poseido y le dio un cachete.
-Ahí, nunca, ¿me oyes?, nunca -y señala una trampilla por la que se accede a la bodega.
Don Gregorio era de Vezdemarbán, pueblo de la provincia de Zamora, en la comarca de Toro. Moreno, alto, violento y muy aficionado a la caza. Su cultura, como otros muchos (no todos afortunadamente) se reducía al latín, a haber leído un par autores latinos y poco mas. Por ejemplo: cuando trataba de explicar los misterios de su santa madre iglesia católica, apostólica y romana recurría a la electricidad.
-Son misterios porque no se pueden explicar, como la luz eléctrica.
Frase que indicaba la ignorancia supina en esta y otra materias. Mas burro que el Tío Mataburras. Floro, un amigo de la cuadrilla de 'El Lorito', hizo notar lo siguiente:
-¿Misterio? ¿La luz eléctrica? Que se lo pregunten a la empresa Iberduero que la mide, la tasa, la vende y la cobra. Don Gregorio lo que tiene es que es un ignorante. Pero... haber quien es el guapo que le lleva la contraria
Floro era u poco rebelde: cuando vinieron a Fuentespreadas jóvenes de religión protestante repartiendo biblias, el cura, inquieto de quedarse sin condumio, mandó a los vecinos que las entregaran para quemarlas, Floro se negó a entregarla.
El cura vivía con una sobrina que se llamaba Fidelia. Sobrina que, luego, mas tarde, corriendo los años, comprendería 'El Lorito' que no era tal. Se le quedaron gravadas en su memoria las palabras de la señora Iluminada Amigo quien hablando con su madre decía:
-¿Sobrina, señora Eufrasia? Si, como el canónigo X de la Catedral de Zamora que se pasea con una joven que llama sobrina. ¡Si no tiene hermanos ni hermanas! Me río del parentesco.
Ahora, precisamente ahora, lo que el preso Luis recordaba de la sobrina eran sus tetas. Un día, que el cura había salido de caza, Luis se quedó mirando a la señora Fidelia y le dice:
-¿Usted no tiene hijos?
-No. Tu eres, Luisito, como un hijo para mi. ¿Quieres que juguemos a madre e hijo? 
-Bueno -responde Luis porque a la señora Fidelia le gustaba jugar con él.
-Yo te digo 'Ven, hijo mío' y tu vienes y me abrazas.
Eso hizo y ella le mete la cabeza entre sus pechos. Lo aprieta tanto que casi lo ahoga. Olía la mujer a sudor y le decía:
-¿Qué? ¿Quieres mamar? Ten, hijo mío -y extrajo un seno acercándoselo a la boca.
'El Lorito' se acuerda de cuando mamaba de su madre y chupó y chupó y durante unos momentos, como una madre, lo acuna llorando y la leche sale cálida hasta inundar su boca. Luego de repente le quita la teta diciendo:
-Bueno, vale ya -y la esconde entre sus ropa- Vete al corral a comer moras. Otro día jugamos otra vez pero no se lo digas a nadie.
Cuando, años después, lo cuenta en la bodega algunos no le creen. Si bien, otros, mayores, hablaron de que podía ser verdad porque, por ese tiempo se corrió por el pueblo que doña Fidelia había abortado o le había nacido muerto un hijo.
Con estos recuerdos pasa el tiempo Luis 'El lorito' en su celda hasta que transcurran los dos días para salir libre.
Los momentos mas agradables eran las salidas al patio y las comidas o cenas. Condumio asqueroso, es cierto, pero entre bromas y chistes se hacía comestible. Luego vuelve el encierro en la celda. Olor a meados, excrementos, correría de ratas y cucarachas, olores a su propio sudor, picotazos de las pulgas que lo acribillan, liendres, piojos...
Como defensa de su insalubre recinto cuidaban los presos sus recuerdos, baluarte muy apreciado por ellos y baluarte tras el que se parapeta Luis 'El Lorito'.
El día antes de su libertad hace un calor asfixiante. De modo que por una asociación de imágenes contrapuestas recuerda ese invierno crudelísimo. Los padres se quejaban. Apenas tenían que llevarse a la boca. Él también tenía hambre pero... bueno, podía aguantarse, tirar con raíces, pero sus padres...
-No, no padecerán hambre. Por estas. Lo juro -y colocó los dedos en cruz.
Se le ocurre la idea de bajar a la bodega del cura. Las gentes del pueblo, sus amigos, hasta los ancianos de mas edad hablan de la bodega, de lo grande que es y de las incontables riquezas que atesora. No, no la habían visto. Pero por conjeturas, indicios, detalles, quizás nimios, mas que algo indicaban. Están convencidos de ello. A lo largo de los siglos la iglesia católica, apostólica y romana ha dejado en los huesos a los trabajadores del campo, en cambio ella engorda mas y mas. No había mas que ver a esos cardenales y obispos y coadjutores y canónigos... paseándose orondos, risueños, pómulos sonrosados, barrigas considerables... 
-A estos chupasangres eclesiásticos los ha descrito muy bien Leopoldo Alas 'Clarín' en la novela 'La Regenta' -había dicho Floro que era muy leído. 
Coincidía en eso con Manuel Amigo Amigo, otro labrador muy leído y escribido.
Y, ¡qué coños!, sin ir mas lejos, ahí estaba don Gregorio, que vino de Vezdemarbán mas chupado que la pipa un indio y ahora luce sus carnes de bien comido...
-Algo esconderá la bodega. Y si no, ¿por qué me dijo que allí no se me ocurriera entrar?
Luis 'El Lorito', como la gran mayoría de vecinos, tenía barruntos de que allí, en la bodega, podía haber tesoros escondidos. Como en la cueva de Alí Babá. Lo de Alí Babá lo dijo Floro y lo recalcó Manuel Amigo Amigo.
A Luis entonces se le abrieron los ojos azules y se le erizó el pelo rubio. Puso cara de loco y decide aventurarse a bajar a la bodega del cura.
La casa del prelado estaba a escasos veinte metros de la iglesia. Tan cerca que se creía que la bodega llegaba, por debajo tierra, hasta la sacristía. Lo que ampliaba la imaginación de los vecinos hasta contener cuantiosos tesoros.
Era bien conocida de Luis por los años que estuvo viviendo en ella casi día y noche. Y las costumbres de sus dos habitantes: don Gregorio y doña Fidelia las conocía muy bien. No había vuelto por allí desde que decidiera dejar los hábitos y abandonar el seminario. El cura dejó de hablarle. Sin embargo, doña Fidelia, cuando su tío no estaba presente, se atrevía a saludarlo. 
La casa, que aun existe, tiene un alero que cubre de la lluvia y el sol dos poyos a derecha e izquierda de la puerta de entrada. Si se penetra en ella se encuentra primero el zaguán, a cuya derecha hay una puerta por la que se accede a un recibidor o despacho, quien muestra a la izquierda unas cortinas para ocultar la cama del sacerdote. Al frente del zaguán otra puerta daba entrada a la cocina y, justo, detrás de ella, está la trampilla que conduce a la bodega. Entre la encimera de la cocina y la trampilla una puerta mas, también a la derecha, oculta la habitación de doña Fidelia. 
De niño, se acuerda Luis, hacia allí se iban en ocasiones don Gregorio y doña Fidelia, su sobrina. Entonces el cura le decía:
-¡Ala, Luisito! Ya puedes ir al corral a comer moras.
Y es que el edificio curil se prolongaba a la derecha, antes de la entrada, con un huerto o corral al que se entra por una puerta, ajada, cuyo color marrón de madera el paso del tiempo, los aires, la lluvia, han trocado en gris blanquecino. Tenía una gatera y metiendo la mano se podía coger la llave para entrar. Dentro había un moral y pequeñas estancias para conejos y gallinas. 
Por allí pensó Luis introducirse en el recinto, porque a la izquierda había otra puerta que conducía a un pequeño pajar y de allí al recibidor del cura. Si bien, primero tenía que cerciorarse de que las costumbres de los de la casa no hubieran variado. Para ello se hizo el encontradizo con la señora Fidelia y, como ella le hablaba, le sonsacó acerca de sus quehaceres; los cuales, efectivamente, apenas habían cambiado: él cura se iba hacía las diez con la escopeta a pasear por el campo y poco después ella acudía a comprar escabeche, aceitunas u otros alimentos al comercio del señor Félix; dirigiéndose a continuación a la carnicería del señor Alberto. De paso llenaba el cántaro en la Fuente del Caño, hoy desaparecida.
Para llegar a su objetivo, sin ser visto, tenía que estar seguro de que en la única casa que hay cerca no hubiera nadie. Era la casa de las cinco E. Se apodaba así por las iniciales de los nombres de la pareja que lo habitaba y de los tres hijos: la E. Eligió 'El Lorito' un día de feria de ganado pues el hombre E. no se perdía por nada del mundo el mercado de Zamora capital, luego la señora E. llevaba a sus hijos E1, E2 y E3 a la escuela y una vez que entraban en el aula se acercaba a casa de sus padres. Y allí quedaba unas horas hasta el mediodía.
El día apuntado vio al señor E. subirse al coche de línea. Luis pasó por la plaza, miró a los niños y niñas entrar en la escuela. Lo único que le inquietó fue la llegada de la Guardia Civil. Un rayo de miedo corrió su  espina dorsal. Fue un instante pues al darse cuenta, como se dio, que no había hablado de sus planes a nadie era imposible que la benemérita supiera nada. La pareja de civiles entró en el Ayuntamiento que estaba arriba de las escuelas. Brillaron sus tricornios en una de las ventanas. La señora E. torció por la calle para llegar a la casa de sus padres. 'Lorito' se dirige a la tienda del señor Félix. Allí estaba doña Fidelia. Esperó agazapado en una esquina hasta que ella emprende camino de la carnicería. Pasó por su casa, que la tenía al lado del trinquete, y animó a sus padres que masticaban sus penas frente a la escasa lumbre del hogar. Subió las escaleras que conducen a la entrada de la casa del cura. A la izquierda el edificio de las cinco E. Llamó, por si acaso. Nadie. Se acercó a la del cura. Aporreó en ella. Para estar seguro. Aunque sabía que se había ido de caza. Silencio. Se puso de rodillas ante la gatera de la puerta del corral, metió la mano y sacó la llave. Rápidamente atraviesa las diferentes estancias. Subió la trampilla de la bodega. Bajó los escalones. No se veía nada. Buscó un candil. No estaba. Sube a la cocina. Y si, allí estaba. Pero no encuentra las cerillas. Busca. Estaban en una bolsita. Enciende el candil y bajó las pocas escaleras. La luz ilumina un espacio de no mas de siete pasos por siete pasos. Olía a humedad y a vino. Las paredes brillan por la humedad. Moho, telarañas. Dos cubetos adosados a una de las paredes, cuatro garrafas y numerosas botellas. Nada mas. Tentó los muros por si descubría una abertura secreta que diera paso a galerías cuajadas de joyas, como en la cueva de Alí Babá, de la que hablaban Floro y Manuel Amigo Amigo. Nada. Se puso furioso. Se cabreó consigo mismo. Dio una patada a una botella que se estrelló contra otra produciendo un ruido que lo amedrentó. Se quedó quieto. Vigilante. Luego se sentó en una tabla. Se echó las manos a la cabeza. Nada. No había nada. El silencio se hizo mas profundo. El candil chisporroteaba. Se aquietó un poco. Y así, ya un poco sosegado cogió el candil y fue iluminando la pared centímetro a centímetro. Investigación inútil. Eso si, halló unas piedras y cantos colocados que le parecieron una incongruencia. Pasó adelante. De repente se para y vuelve a las piedras y cantos. Los miró detenidamente. Parecían puestos para ocultar algo. Loqs fue quitando.
-¡Coño! Aquí está -exclamó.
Era un nicho donde se encontraban dos cálices de plata y otros objetos que habían desaparecido de la iglesia y que, las beatas, habían dado cuenta de su ausencia a don Gregorio.
-¡Qué cabrón de cura! 
Cogió los cálices de plata. Subió a la cocina. Dejó el candil en su sitio y las cerillas en el suyo. Puso las copas en la encimera de la cocina y bajó la trampilla de la bodega. 
Recogió las copas y ya se disponía a marcharse cuando se da cuenta que así, con ellas en las manos, no podía salir a la calle. Si lo ven las beatas... lo linchan. Y además qué iba a decirle a sus padres...
Buscó una bolsa. Pero nada. El tiempo avanza. Doña Fidelia puede llegar en cualquier momento. O el cura. Necesitaba algo para envolverlas. Entró en la habitación de la sobrina que estaba ahí, a un paso. Busca yerma. Abrió el armario. Tampoco. Cogió una combinación para hacer un hato con ella. Salió a la cocina. Puso un cáliz en el vestido y a continuación el otro. Al empezar a envolverlos se le cae uno produciendo una nota sonora, cristalina, prolongada. Lo recogió de inmediato. 
Llaman a la puerta. Alguien entra.
-Don Gregorio, somos la pareja de la Guardia Civil. Venimos a la revisión del mauser.
Luis se vio perdido. Los cálices se le escurren de las manos. Caen al suelo y el vibrante sonido llega hasta los oídos de los visitantes.
-Doña Fidelia... ¿Es usted, doña Fidelia? ¿Nos oye? ¿No está don Gregorio? -preguntan mientras avanzan abriendo la puerta de la cocina.
-¡Hombre, Lorito! ¿Qué haces aquí? ¿Has vuelto a trabajar para el cura? -sigue preguntando el civil.
-Mi sargento, ¿no eran así los cálices que don Gregorio ha denunciado su desaparición?
-Lorito, ¿No habras robado tu esas copas? -pregunta el que atendía por sargento.
-No. Yo no. Estaban en la bodega. Las he subido para limpiarlas.
-¿Las limpias con una combinación? ¡Huy, huy! Aquí hay busilis. Esperaremos a que vengan don Gregorio o doña Fidelia. Voy a llegarme hasta la casa de don E. a revisarle el mauser. También E. del Somatén. Tu -le ordena el mando al compañero- no pierdas de vista a Lorito. 
Al rato llegan don Gregorio y el sargento. Acaban de encontrarse a la puerta y,  o bien adrede o que no le ha dado tiempo, el sargento no le advierte de lo que va a encontrarse en su casa.
-¿Cómo por aquí?
-A inspeccionar el fusil.
-¡Ah, si!... -se interrumpe- Y este imbécil, ¿qué hace aquí? No lo quiero ver por mi casa. ¡Fuera! -se da cuenta de los cálices- ¿Los ha robado él?... No me lo creo. Es mejor persona...
-Dice que estaban en la bodega.
-Bueno... Pues... A lo mejor... ¡Claro, el conoce bien la casa!... Puede que los robara y los escondiera ahí abajo.. Aunque no sé cómo... no viene por la iglesia... 
-Ya lo averiguaremos -ataja el sargento- En el cuartelillo cantará por soleares.
-Ha dicho bien, sargento.
Le sacó el fusil mauser; el sargento mira el cañón y lo da por bien conservado.
-Ahora tomemos un buen vino en mi recibidor. Que venga su compañero.
-No, él no. Dele una botella que ya se servirá. Tiene que vigilar al 'Lorito'

En el cuartelillo, después de unos vergajazos en las costillas, Luis 'El Lorito' declaró que los había robado entrando por la bodega y yendo, túnel adelante, hasta la sacristía de la iglesia. Los guardias se dieron por satisfechos con ello y lo llevaron al juez que lo condenó a cinco años entre rejas. 
En prisión se ha preguntado muchas veces si hizo bien declarándose culpable. Cree que si. Y por lo que contaban otros presos de cómo habían sido apaleados, heridos, surcados de cicatrices por los que habían sangrado, cuando no torturados casi hasta la muerte, se reafirma en su decisión.
Aunque el tiempo de dos días se le hace interminable por fin llega la hora de salir de prisión. Por cierto, poco minutos antes de abandonar la prisión le llama el Señor Director del penal. Camina por el pasillo temblando. Poniéndose en lo peor: que lo de la libertad fuera una burla. Su desconfianza no se cumple: le entrega una carta de sus padres. Piensa el recluso que esta vez sus progenitores no habrán podido venir a verlo por alguna circunstancia. La guarda. 
Ya fuera de los muros de la institución carcelaria respira hondo, mira a un cielo de verdad, no a un buraco. Un cielo azul, libre de olores putrefactos, libre de piojos, pulgas, cucarachas, ratas... 
-¡Un cielo como Dios manda! -grita hasta casi desgarrarse la garganta.
Allí, en el aire, vuelan libres golondrinas y vencejos. Chillan, mientras hacen arabescos de sombra. Chillan, si. De alegría.
-Así chillará el cura cuando me lo eche encima. Pero no de gozo. ¡Cabrón! Sugerirle a los picoletos que había escondido las copas en la bodega... ¡Mal rayo lo parta!
Va andando hasta la carretera por donde tenía que pasar el autobús que lo llevaría de vuelta a Fuentespreadas. A su inolvidable Fuentespreadas. Hacía calor y se sienta a la sombra de un almendro que hay en el lindón de un terreno que da a la cuneta de la carretera. Se acuerda de la carta de sus padres. La abre. Eran pocas palabras escritas con amor pero con la inseguridad de unas personas a las que le cuesta escribir. Decía así:

Querido hijo:

Por la presente esperamos que estés bien. Nosotros bien a Dios gracias.
Queremos decirte que estás en nuestro corazón desde que te llevaron injustamente. Siempre hemos creido que eras inocente.
Don Gregorio, nuestro cura, se ha preocupado de nosotros. No nos ha faltado de nada. Y ha estado haciendo lo posible para que salgas pronto de prisión. Porque ha estado convencido de que tu no habías robado esas copas.
Y el otro día, en misa, dijo a todo el pueblo, en el sermón, que una persona  habían confesado ser el autor del robo de los cálices sagrados. Y que, claro está, no podía denunciarlo, no podía dar su nombre, por ser un secreto de confesión.
 Y para mayor alegría hoy (la fecha de la carta databa de hacía 4 días) nos ha venido a comunicar que pronto saldrás de ese encierro. Dios lo bendiga. También nos dijo que, si te escribíamos, te dijéramos que cuando llegues a Fuentes no se te olvide pasar por su casa que tiene algo que decirte.
Sin mas se despiden estos tus padres que no te olvidan

Eufrasia y Teodomiro

La lectura de la carta le llenó de dudas y rebajó mucho sus ansias de vengarse. Una pregunta le venía a la mente: Si don Gregorio no había sustraído los objetos religiosos, ¿quién había sido el ladrón?
El coche de línea llegó tras varias horas de espera. Subió a él. Entre los pasajeros estaban varios vecinos que le confirmaron todo lo que sus padres decían en la carta.
Nada mas bajar del autobús se dirige a la casa del cura. Abrió la sobrina, doña Fidelia. Detrás de ella se ve a don Gregorio, el cura, con la escopeta en ristre. Luis 'El Lorito' se asusta y retrocede unos pasos.
-Tranquilo, Luisito. Nada te voy a hacer. Marcho de caza. Ya me ha confesado todo Fidelia. Ella te atenderá en todo lo que quieras -y mirando a su sobrina- Ya sabes, todo lo que quiera Luisito. ¡Todo! En principio  buena comida. Tendrás hambre ¿no?
Y abrió la puerta de la casa. Luis miraba con la boca abierta, como el tonto del pueblo, al cura y a la sobrina. Cuando el cura tiene un  pie ya fuera en la calle, se vuelve diciendo:
-Y cuando en el corral te hartes de comer moras te pones a limpiarlo. Que cuando regrese esté todo como los chorros del oro.
Luis iba a hablar algo pero la boca se le siguió quedando entreabierta.
-Pero hijo, siéntate en la mesa de la cocina -dijo el cura mirándolo- ¡Coño! Sientate ya -y le señaló la silla. 
Y con esas se marchó dando un portazo. 

Luis 'El Lorito' mira alelado a la sobrina, a doña Fidelia; mira alelado sus pechos; mira alelado sus cabellos; mira alelado sus labios rojos, sus rosadas mejillas, sus ojos de un azul intenso... Se da cuenta en ese momento que ya no es la misma señora que aquella con la que jugaba, de niño, a padres y madres; entonces le pareció de mas edad ahora la ve joven como las mozas del pueblo... 
Ella se le acerca. Le coge la cabeza. La pone entre sus pechos.
-¿Te acuerdas?  -oyó 'El Lorito'  mientras ella saca un seno que le pone en la boca. Chupa pero no sale leche. No sabe lo mismo- Tranquilo, con suavidad... Así, así... -Y le acaricia el pelo la cabeza- Gracias por declararte culpable. La verdad es que no sé como hallaste mi escondrijo. Se ve que eres listo. Pero tenías que habérmelo dicho. Así no hubiéramos perdido esas copas. Ahora te voy a poner una comida para chuparse los dedos... -dice doña Fidelia separándose- Luego copularemos refocilándonos en mi cuarto.
-¿Y don Gregorio?
-No te preocupes de mi tío. Está cazando y sabe apuntar bien. Tu y yo nos aprovecharemos de su tino.
Luis 'El Lorito', mientras come, levita a la vera del arroyo de Santa Colomba contempla los arreboles multicolores de la puesta del sol. Pronto las mariposas volarán por el cuarto de doña Fidelia. Se posarán en él, en Luis 'El Lorito'. Entonces, si, apuntará bien. Dará en el clavo. En la misma diana del monte. Por donde el sol se pone ocultándose.
-¡Por estas! -y besó la intersección de sus dedos índices puestos en cruz.)

Fue en Fuentespreadas, lugar donde nací, pueblo de la comarca de la Tierra del Vino, en la provincia de Zamora, donde se decían cosas peregrinas de la bodega del cura párroco. Y fue, entremediodía (así se nombraban las horas de la siesta tras la comida cuando todo el mundo dormía), cuando me acerqué al pajar a hablar con Pedrito, el criado de mis padres. Tendría yo quince o dieciseis años y él poco mas. Allí me contó este relato que parece inverosímil y que muy bien pudo inventárselo. Tenía una imaginación seminal poderosa. No sé que habrá sido de él. 
__________
(*) Pequeña parcelas de terreno que daban a las familias mas pobres

jueves, 5 de julio de 2012

Iswe letu: Un escrito borrado


MA GALIO, LOS MARTES

¿?.(*) tras la barra de Los ¿?.

¿?., a primeras horas de la tarde, se sorprende de la llegada de este cliente. Pocas veces viene alguien al bar a esa hora. La crisis se hace sentir. Y mucho. Por eso se sorprende. 

Está arreglando una de las máquinas tragaperras.

Lo mira. Es Ma Galio, Comandante del Puesto. Lo conoce. Deja sus herramientas de mecánico y se coloca tras el mostrador.

-¿Qué desea? No me diga que a esta hora le apetece un Valdepeñas con boquerones.

-No. Sírvame un café solo y una copita de Magno.

Ma Galio se suele tomar un café completo, es decir café, copa y puro, pero en casa. Mas hoy, tan primaveral, estaba todo tan... tan... tan tranquilo; los pájaros cantaban bulliciosos revoloteando entre los árboles del Castillo P. de M.; por el aire las aves volaban emparejadas; el ruiseñor dedicaba sus mejores trinos a su amada... que sintió de repente la llamada del amor. Quiso volar con Cupido

Para este caso le era esencial, a nuestro sabueso particular, Carolina, su esposa, mantecosa, católica, apostólica y romana y... no... no... no estaba receptiva a las endechas de nuestro guardia civil. Se dijo para si que lo mejor era irse a dar una vuelta por el pueblo. Acercarse a las gentes. Poner en práctica lo que recomendaba a sus subordinados. Y pensado y hecho: cogió la novela 'Con el agua al cuello' y se fue.

¿?., el dueño del bar, manipula la cafetera. Ma Galio le pregunta:

-Oiga, ¿qué es eso de Los '¿?'?

-Bueno, algunos le llaman así pero el bar se llama Los ¿?.. ¿Los '¿?'.? Es sobre Las ¿?. Pero eso seguro que usted puede saberlo casi mejor que yo.

¿?. le explica que el local antes de estar él se llamaba Bar T. Cuando lo arrendó lo transformó de arriba a abajo. Invirtió buenos dinero. Luego con los parientes, amigos y conocidos que le ayudaron a remodelarlo le pusieron 'Los R.'. 

¿?. vendrá de r. que es la pieza redonda de los escudos de armas. El de Las ¿?. tiene ¿? r. Supone Ma Galio que es a eso a lo que se refiere ¿?. cuando le dice que es sobre Las ¿?.

El Comandante del Puesto, observador agudo porque le va, a veces, la vida en ello y su profesión se lo exige, admira los detalles de sillas, mesas y decoración de paredes; calcula la profundidad: unos 25 metros mas o menos. Es relativamente estrecho aunque con la holgura suficiente para poder tener mesas de juego para las partidas de los fines de semana, sin que molesten a los que se acodan en la barra. Domina el color marrón. Sin luces artificiales un tanto oscuro. Pero agradable.

Ma Galio retiene estos detalles y otros mientras ¿?. atiende, primero a unas chicas que enseguida se sientan en la terraza de la acera, luego a un hombre y a continuación a dos mas.

-Para ser a esta hora casi intempestiva no se puede quejar de clientes.

-No me quejo. ¿De que me serviría? De nada. Pero... vamos a ver... esto no es nada. Uno viene a lo que viene... los otros, que reparten las bebidas, a lo mismo... 

-Quiere decir que se percibe la crisis.

-¿Que si la noto? ¡No voy a notarla! Llevo ya dos o tres años que nada: lo comido por lo servido y con la soga al... -se para y mira al libro de Ma Galio- con el agua al cuello como reza el título de su libro.

-¿Tanto?

-El bar ha tenido días mejores. Hemos servido a los clientes hasta seis o siete personas. Ahora... mi mujer y yo.

Ma Galio le dice que algo se podrá hacer. Fomentar el turismo, por ejemplo. ¿?. no sabe. Ni aunque estuviera en su mano sabe como arreglar esto. Ni en opciones políticas. Porque, además, es neutral. No entiende de política y trata a todos por igual.

-Tanto si es S., o S... Bueno, usted no los conoce. Son clientes de distintas formas de pensar. Los habrá visto por aquí.

Y le dice a Ma Galio, Comandante del Puesto, que de pocas cosas está seguro. Si acaso, quizás, y sin ninguna reciedumbre porque ha tenido en el bar a algunos rumanos, haya demasiados emigrantes.

-Eso me parece.

Por lo demás, su mundo son las cuatro paredes del bar. Llevando años de casa al trabajo y viceversa. Siempre trabajando. Desde muy joven. No sabe cuantos años que no ve el campo. Eso dice. Ha sido albañil y panadero. Aunque tiene que decir que la mayor parte de los años los ha pasado currando en la hostelería de camarero. Antes de abrir este establecimiento estuvo en el bar M.

-Pero me enamoré de la hija de uno de los dueños. Hoy es mi mujer. Empezamos a salir juntos. Y era. no sé, un poco violento el estar cerca de su padre. Por eso me embarqué en esta aventura. Y ahora...

-Observo que ofrece un vaso si se bebe un tipo de cerceza. Otros por ahí inventan otras salidas para atraer clientes.

-Ya. Incluso bajan los precios. Yo no. Además, no puedo. Demasiado hago con no haber subido las consumiciones. Es un acto de resistencia porque a mi, cada año, me suben los precios.

-¿Si? ¡Qué lumias!

-¡Lumias! Todos los años subida de precios de los productos. De modo que a resistir. Y a esperar al verano a ver que tal se da... Las ganas de vacaciones, los deseos de asueto, de tiempo libre, siguen en la gente. Hasta los fines de semana se llenan Las N. de visitantes. Pero... no entran al bar.

-Bien, ¿?. Me tengo que ir. Un placer hablar con usted. ¿Qué le debo?

-El placer es mío, señor Ma Galio. No me debe nada. Hoy le invito yo.
__________
(*) A instancias de ¿?, el entrevistado, se borró este escrito de la página web llamada 'elnaviero' pues al parecer recibía llamadas telefónicas en la que le expresaban el disgusto de que hubiera sido entrevistado por el personaje inventado Ma Galio. De modo que todos los nombres propios que aparecían se les ha sustituido por una interrogación (¿?) o letra inicial.