jueves, 14 de junio de 2012

Kuka, siempreviva


 domingo, 6 de mayo de 2007

Iswe Letu: Ni Pan ni Vino

ni pan ni vino

(para una antología contra el racismo)

Ni tiene pan, ni vino. Kuka es, en medio de las mujeres y del polvo rojo que las circunda, enclenque, escuchimizada, delgadísima, casi enana... Kuka es como una jabalina entre lanzas clavadas en la tierra.

Ha venido caminando durante días, aureolada por el frío, el polvo rojo y las moscas, pues ha sido expulsada de la aldea. Antes gustaba de comer habas egipcias, como las chicas de Astiz; o se deleitaba con la mamiya, como las jóvenes de Erraskin. Pero ahora, no tiene pan, ni vino.

Sin embargo..., ¡ah, sin embargo!... Aunque ha sido atacada por el hielo y la ardiente sequía, como es tiempo fecundo en adivinos (tiempo de tramposo optimismo), sus dientes vienen colmados de una extraña y blanca alegría... E inocente espera.

¡Inocente!... Inocente alegría como caldera de mondongo entre pucheros vacíos... Espera algún acontecimiento... Por eso mira sin cesar, mira continuamente, mira sin tregua, mira con los ojos fijos hacia el confín del horizonte en toda la rosa de los vientos.

Nadie a la redonda. Nada por ninguna parte. Pero espera. Espera y se engaña. No tiene tan siquiera un trozo de pan, ni un trago de vino de palma, ni una gota de agua, que llevarse a la boca.

Además, en ella, todo un bosque por cierto, se ocultan, temblando y sonriendo, los espíritus del miedo...De ese miedo ancestral que sabe elevarse continuamente hacia el azur... Miedo que poco a poco se van adueñando del lugar...

No hay gato montés que se encarame tan ligero, como Kuka, por sus ramas celestiales. Y, parece mentira, pero es la trágica y triste verdad , que no ha comido ni una pizca de alimento en muchos días. Desde que unos hombres, les llamaban monjes, la trajeran de otra aldea, -dicen que liberada de la esclavitud- donde machacaba continuamente el mijo, pero comía. Luego, los hechiceros y sus progenitores y las hambres del entorno la echaron del lugar.

Empero, como ahora es ese tiempo... -para unos, sorprendente y para otros, embustero. Más mentiroso que el lenguaje de estos días... Donde reina por doquier la ensoñación, el sortilegio, el hechizo, el embrujo...

Kuka es todo eso y mucho más: ¡es un milagro!... Por lo que aún palpita su corazón teniendo tibios los miembros... Y sus párpados... ¡ah, sus párpados!... no cubren por completo todavía sus ojos relucientes. 

Kuka, es hija y nieta de la Hambre Viva y... del Capital Hambriento

Buscando a la moza


 martes, 28 de abril de 2009

Iswe Letu: Con el rabo entre las piernas

Después que la conociera en la presentación de un libro y tomaran unos vinos por tascas de Madrid, se interesó por Las Navas del Marqués. Por eso se llegó hasta allí. En fiestas. Reconoce que lo suyo no son las llamadas fiestas 'populares'. Subraya lo de 'popular' porque no es el pueblo quien las organiza sino conspicuos caciques. La asistencias a estos sucesos lo hacía casi siempre obligado. Y al poco de llegar al lugar que fuera ya estaba apartado del jolgorio, del bullicio, perdiéndose por calles o callejas que nadie, o pocos, hollaban en tales momentos. Y siempre acompañado de sus ensoñaciones. A Las Navas del Marqués acudió voluntariamente sin que nadie le empujara.

-Bueno, se dijo para si, siempre hay algo que te incita; en este caso la moza y el conocido romance tradicional castellano que se conservaba en la localidad, Gerineldo; que allí llaman 'baile de tres'; un poco verde en su tiempo: '¡Gerineldo, Gerineldo! / ¡Gerineldito pulido! /Quién te tuviera esta noche / unas horas a mi albedrío'. ¡Si. Quien te tuviera unas horas a mi albedrío! Pues eso... Aun tiene su verdor.

El romance navero parece que lo descubrió, según le dijo la chica, Menéndez Pidal. Y lo decía con ardor. Quizás empujada por el romance. O eso es lo que él creyó.

Unos días después leyó el programa de festejos que, por lo que se ve, le había dado ella... Pero no recordaba el momento... Sabe, es cierto, que llegó un poco mareado a casa... Subrayó lo interesante o curioso según su punto de vista:

1er. día: concierto de la banda municipal 'que dirige el competente maestro Saulo Sánchez'.
2ª día: 'Repique de campanas, disparo de bombas y alegre diana; tradicional Asamblea de la Archicofradía presidida por el Presidente Perpetuo, el excelentísimo S. D. Manuel Delgado Barreto'.
3er. día: Concurso de belleza y fealdad con premio a la chica más guapa y al chico más feo.
8º. día: Carrera de burros y 'baile de tres'.
9º. día: Comedia titulada '¡Pase usted la jaca, amigo!' y un entremés de D. José Jackson Veyán. 'El producto de la fiesta se destinará a los pobres de la villa'.

-Por cierto -se preguntó al leer lo de Delgado Barreto- que hace por Las Navas este destacado fascista, provocador y gracioso de pacotilla. Recuerdo que el otro día venía en su periódico un artículo referido al poeta Lorca con el título 'Federico García Loca' ¡Qué cabrón! ¡Vaya personajes que andan por ahí!

Estuvo dudando en si ir o no ir. Al final cogió el tren.

Llegó el 4º día. A las 5 de la tarde, como en el poema de García Lorca. Y a esa hora había algo en plaza de toros: un émulo de Kronne 'presentará su colosal Circo en el cual figurarán las más terribles fieras y los más acreditados' tontos, pollospera y...'

-Conmigo que no cuenten.

Se hospedó en la fonda La Florida de la Calle Real. Paseó por la rua principal llena de chiringuitos y abarrotada de gente. Sobresalían por su corpulencia y elevada estatura los emigrantes rumanos. Rubios y sonrosados.

Al poco se desvió del bullicio general y se vio metido en calles o callejas solitarias. Recuerda que en una pared pintada de azul ponía 'Mezquita de la Paz'. De su puerta salían, es un suponer, devotos musulmanes: tez bronceada, pelo y bigotes negros y algunas barbas floridas.

Siguió adelante deteniéndose un poco en un espacio que consideró recoleto, agradable, solitario. Plaza del Velón rezaba. Y estaba rodeada de dos casa abiertas, dos cerradas y un muro casi cubierto de enredaderas, tras del cual trepaban hasta el cielo algunos árboles.

Se acostó temprano y tuvo un sueño del que sacó la conclusión, nada original por cierto, de que en la información que nos dan muchas veces esconden la verdad con inconfesables intenciones.

Sueño que, al día siguiente, estando en la esquina de la avenida principal con la de Antonio Peña Segovia, le venía a la memoria de cuando en cuando, mientras miraba el ajetreo de las gentes. Iban llegando carretas engalanadas y burros enjaezados quienes más tarde, según el programa, emprenderían camino del Valladar que debía ser un lugar del término municipal. Allí habrá comida. Comida 'el que la lleve o la haga y ya se sabe que el que la hace la paga'. Pero no se queda esa cabalgata con el solo condumio, no. Anuncian 'bailes, gallinita ciega, cuatro esquinas, partidas de mus, pesca de merluza y demás entretenimientos campestres'.

Este espectáculo le aburría. Lo que buscaba no aparecía y para el romance, para el 'baile de tres', faltaban dos días que le iban a resultar eternos. Se estaba arrepintiendo de haber ido.

Junto a él se arrimó a la pared un numeroso grupo de marroquíes, argelinos o... vete tu a saber: en pocas palabras moros o árabes. Al que se juntaron otros tantos coterráneos saludándose con la mano uno tras otro. Un buen rato. Siempre le había chocado esos gestos tan ceremoniosos o protocolarios. Quizás fueran propios de su cultura o de la alegría de verse con otros miembros de su patria en tierra extraña.

La cabalgata inició su marcha y él se dirigió a una calle paralela a la principal, Juan Fernández Yagüe. Parece ser que fue un cura este señor. Entre fascistas y curas está lleno el pueblo. El día estaba fresco y pasó a la acera de la derecha que daba a la solana.

-Me calentaré sin quemarme.

Lo decía por el sueño que ahora volvía a sus mientes. Era un sueño que, como siempre le pasaba, el principio se hundía en una nebulosa de inconcreciones, de un detalle poco preciso, algo cierto que se le escapaba y al mismo tiempo creía saberlo. Palpaba el suelo porque había peligro de que se le calentara en exceso. y muriera achicharrado alguien. En concreto su madre. Pero alguien más. Su madre que estaba en un lecho, en una cama. Continuamente acudía a tomar la temperaura. Comprobaba inquieto que, efectivamente, quemaba. Sabían que cocía la tierra. Se levantaba en burbujas. Hasta que una vez, comiendo o cenando, la televisión revela el misterio: estaban en zona propicia a movimientos sísmicos. Alguien dijo que al excabar habían descubierto la lava al flor del aire y se había dedicado a taparla con un bloque de hormigon. Y así la habían dejado. Es decir estaban encima de un infierno y serían condenados. Si nadie lo remediaba.

Aunque los sueños parecen siempre, o casi siempre, ilógicos, los suyos no tenían un desarrollo completo de trama. Solo jirones. Lo que le dejaba confuso.

El aire movía las ramas de los árboles produciendo un sonido de caducidad. El verano se terminaba. Miró al fondo de la acera. Nadie. Hasta él llegaba, eso si, el rumor sordo del gentío pero como acolchado. Por lo que estaba a gusto. Y el sol bañando su cuerpo de calor ayudaba a este estado de bienestar.

-Por una de estas casas, pensó, vive la madre de Concha Barbero de Dompablo. No todo son curas y fachas.

Una escritora que conocía y había escrito un libro, 'Palabras para el bienestar'. De una linealidad, sencillez y claridad admirables.

A lo largo de la acera había bastantes poyos. Se sentó en uno que tenía forma de sofá, con respaldo inclinado y todo, Solo faltaban los brazos.

Miró a izquierda y derecha. Nadie. Por la acera de enfrente, por la umbría, caminaba un hombre, andar cansino, rostro triste, cabeza calva, bronceado. Recordó haberlo visto salir de la mezquita. Lo siguió con la vista. Se fijo en la cruz gamada pintada en la pared. Sus brazos parecían uñas. Aunque él nunca supo en que dirección tenían que tener los brazos, si se dio cuenta que parecían unos brazos crispados. A continuación se leía una pintada: 'En esta calle algunas piedras son más duras que el alcalde'. El hombre se alejó.

Cruzó los brazos. Cerró los ojos. Así debía ser la vida: ajena a conflictos. Un mundo donde el sol calentara los cuerpos llenándolos de bienestar. Un estado de placentera bonanza. Para recitar a Porfirio Barba Jacob: Y hay días en que somos tan plácidos, tan plácidos,/niñez en el crepúsculo, laguna de zafiro/que un verso, un trino, un monte, un pájaro que cruza, /y hasta las propias penas nos hacen sonreír...' Puro espíritu. Sin nazis, ni racistas, ni caciques. Bogando con barcaza por un mar en calma chicha.
Se dejó llevar por olas de mansedumbre, hasta que unos gritos le sobresaltaron logrando que sus ojos se abrieran a la cruda realidad de un mundo sin firmamentos angelicales. Los gritos siguieron, aunque menos fuertes. Luego el silencio, la paz, volvió a la calle Juan Fernández Yagüe. El eco de la cabalgata se iba apagando.

Se levantó del poyo y prosiguió su andadura acera adelante. ¡Aun dos días hasta contemplar el 'baile de tres'! Y sin un conocido con el charlar. No había calculado bien el viaje. El pueblo era pequeño, pero no tanto como para encontrar facilmente aquello que buscaba. Aparte de que, si tuviera que describirla, tampoco sabía. Por no acordarse no se acordaba ni que le había dejado el programa de fiestas. Ni su nombre.

Se sentó en otro poyo. Este, si, tenía brazos. Uno solo. En la parte derecha. Un poyo cuyo brazo hacía esquina con una calleja. Calleja que atravesaba la calle y continuaba hasta la avenida principal. Ya apenas pasaba nadie. Estarían todos camino del llamado Valladar. Y él aquí solo. Bueno solo no, más adelante estaba una mujer sentada en otro poyo con una maleta al lado. Sola como él.

-Esperará a alguien -pensó.

En este tramo de la calle había varios poyos separados por escaleras de entrada a las casas. Y dos de estas escaleras estaban artisticamente adornadas y pintadas de un marrón claro tirando a naranja. Un sencillo apéndice arquitectónico, este de los poyos, cuyo fin era el descanso a la atardecida, incluso a la noche, en charla amigable con el vecindario. Como una terraza para la gente del pueblo. Unos sillones pétreos pero que, con una almohada, dejan su dureza. Poyos donde se fraguaron amores. Donde se tramaron traiciones. Donde se criticó o se ensalzó la labor de gobernantes nacionales y municipales. O se recitaron poesías o se contaron chistes. Donde se derramó lágrimas. O se prorrumpieron carcajadas. En fin, o se esperó la muerte.

Habían pasado varios vehículos y la mujer seguía sentada. Con su maleta al lado. No debía ser del lugar porque sino estaría en marcha camino de la romería. ¿Qué haría allí? Parecía un poco triste. ¿Triste? ¿Desde donde él estaba había captado su estado de ánimo? ¿Que datos tenía para hacerle sacar esa conclusión? Ninguno. No eran muchos metros, pero, aun así, no podía captar su rostro con claridad. Fantasmas de su imaginación. Siempre con sus ensoñaciones. El silencio ahora era casi total. Excepto el rumor de las hojas de los árboles, nada enturbiaba ese silencio. De las casas, todas con las ventanas cerradas, no salía voz alguna. 

El pueblo se había vaciado en romería.

Miró hacia la mujer. Seguía impertérrita. Mirando al frente. A la calzada. Y con la maleta al lado. De pronto, él se dió cuenta golpeándose en la frente:

-¡Claro! La han echado de casa. Los gritos decían: '¡Que te vayas de una puta vez, coño! Claro...

¿Y a él qué le importaba? Nada. Absolutamente nada.

Aunque... esa indiferencia no era precisamente la base por la que se guiaba. Ni siquiera era una característica de la cultura que había mamado. Los quijotes -podrán reirse los que lean esto- eran semillas sembradas en los campos de España. Y él era español. Y a mucha honra. Y con eso no quería transformarse en un nacionalista, no, pues ese quijotismo fue elevado a categoría de generosidad universal desde que Cervantes lo pariera. Todos los pueblos del mundo lo tiene como suyo. E incluso poseen su quijote particular.

Sin ir más lejos el poeta martiniqués Aimé Cesaire había dicho (y eso que su morada, en las Antillas, estaba alejada miles de kilómetros del hogar patrio español y separado, para más inri, por el mar océano)aquello tan quijotesco:

-No te guies por la actitud de espectador pues un hombre que grita, una persona que sufre, no es un mono que danza.

-Asi que -se dijo- levanta el culo de este poyo. Y acércate a apoyar o a animar o a consolar a esa dama que, allí, triste, se ve. Tienes suficientes datos, suficiente información. Casi toda. No como en el sueño, al principio. Sino al final.

Opoyándose en esa apoyatura, se dirigió a la mujer que seguía sentada pocos metros más allá. Llegando a su altura su timidez le empujó a pasar de largo y contestar débilmente al saludo de ella.

¿Qué mas quería saber? ¿Qué necesitaba para darse cuenta de que la pobre mujer se sentía sola y abandonada? Se dio cuenta de que el saludo quería decir algo. Era una invitación a que socorriera su desgracia. No podía permanecer indiferente en actitud de un espectador. Ni hablar. Era una cuestión de principios.

Dio la vuelta. Se acercó, La miró y le dijo:

-Hola.

-Creí que no me habías conocido.

-Tu cara me resulta conocida.

-¿Conocida? Pero tú, ¿de qué vas, tío?

-No sé... que quiere decir.

-¡Vamos ya! Nos conocimos en Madrid. En la presentación de libro de José Esteban.

-¡Claro! Y de Urbano Blanco Cea.

-Y pasabas de largo. A pesar de aquellos vinos que nos tomamos...

-Recuerdo que me hablaste del 'Baile de tres'...

-¡Qué cabrón! Y se hacía el despistado. ¡Joder!... ¿Que coños haces en mi pueblo?

-¡Bueno, bueno!... Nada. Buscándote. ¿Y tu, qué haces con esa maleta?...

-¿Me buscabas a mi?... ¡Que risa!

-En serio. Te lo digo en serio. ¿Te ibas de viaje?

-Has dicho bien: me iba... a Madrid. Ahí viene el Sindo.

-¿Quién es Sindo? ¿Tu novio?

-¿Mi novio? ¡Si seré gilipollas!... No, es el conductor del autobús.

-¿Gilipollas?... ¡Que cosas!... ¿El coche va a la estación?...

-Si. Hacia allí se dirige. ¿Te vas?...

-Me vuelvo a Madrid. Aqui ya no tengo nada que hacer.

-Yo me quedo. Tampoco tengo ya nada que hacer en Madrid

Rechisecas cañalejas


 sábado, 4 de julio de 2009

Iswe Letu: La seca cañaleja de la idea pura

Quiso ser él, sólo él, sin mezcla alguna. Fue después de ver una película por televisión. Le vino de pronto ese deseo al darse cuenta de que, cada vez que metía más y más imágenes de vidas ajenas se vaciaba de la suya. Era como si le estuvieran extrayendo su esencia poniéndole otra. Al final pensaría tal y como los hacedores o creadores de las películas que iba viendo. Una marioneta de esos peliculeros.

Y eso le sublevaba.

Había apagado el imaginario (lease televisión) y sentado a la mesa de su salón contempla el hule que la cubre. Alargó la vista viendo el bolígrafo, el cenicero y el periódico diario. Miró hacia la ventana. A esa hora de la noche, en la calle, no había nadie. El silencio era casi absoluto...

Se cortó en su razonamiento. Llegado a esos puntos suspensivos, y acababa de empezar su recorrido mental en pos de una posible recreación, de una necesaria purificación, se dio cuenta de que toda esa reflexión, en puridad, nacía con elementos propios de una sociedad y de un tiempo determinado que se abalanzaba sobre su persona poniéndose en lugar que él, por derecho propio, debería protagonizar dejándole fuera de escena. Pues lo hacía componiendo sus pensamientos con ideas, con objetos, con conceptos que le habían sido dados: silencio, periódico, absoluto, bolígrafo... Todo eso no era él. Se lo habían impuesto.

Volvió a fijar la vista en el hule, hule cuadriculado en blanco y marrón. Logró meterse tanto en el tapete de hule que lo percibía, en ese momento, como una superficie de colores difuminados. Y en el medio se paseaba señor de esa tierra plana, o del cielo llano, o del infierno sin escabrosidades. Se veía en medio de una meseta ajedrezada y neblinosa. Tierra, cielo o infierno. Era un principio de despojamiento. Pero no quería eso. ¿Qué anhelaba entonces? Deseaba ser y caminar en la mera pureza. Sin que nada ajeno viniera a introducirse en si mismo.

A ese respecto recordaba a un conocido que reivindicaba la idea de no leer jamás a escritores para que no le influyeran. Quiso ser original antes que él.

Si partiera del vacío, de la nada... entonces... quizás... podría considerarse...

Seguía ultilizando, continuaba valiéndose de conceptos que no salían de su mollera. Ajenos a su ser. Impuestos. O heredados.

Mas él tenía que ser original, singular, único. Donde cada idea que sacara viniera exclusivamente de su magín, de su coco, de su cerebro. Y sin imperfecciones. Y sin impurezas. Y sin...

¿Cómo decirlo? ¿Cómo describir la idea? ¿De dónde extraer la materia que dibujara plásticamente ese pronto surgido de la nada del vacío?

Solo los dioses tenían el poder de sacar de la nada algo... Incluso esa idea de un dios había surgido fuera de su ser. Lo había leido por ahí. Y oido. Era de otros, sin duda, que acuciados por la necesidad de una inmaculada esencia y al no poder encontrarla al parecer se inventaron un ser para esconder esa incapacidad.
Al llegar a este punto viose acorralado de imposibilidades. ¿Qué hacer?... ¿Por donde tirar?... ¿Por cual sendero encaminarse?...

Empero pensando, como pensaba, como lo había pensado siempre, que no hay callejones sin salida se dijo para si que el mejor método era la destrucción de todo lo que no era su persona. Se ensimismaría totalmente. Haría desaparecer del entorno todo lo que no era su esencia pura: televisión, sillas, cenicero, periódico, casa...

¡Volvería a las cavernas!

Allí frente al fuego... 

-¡No no! ¡Tampoco! -exclamó. 

Retrocedería aun más: al tiempo de los macacos en los árboles saltando de rama en rama... 

-Ni con esa opción conseguiré encontrarme conmigo mismo en esa meseta o llanura celeste, terrenal, o infernal, sin imperfecciones, sin desniveles... pura... sin mácula alguna... cuajada de vacío, de nada, para poder comenzar desde el principio una nueva vida. 

Y no lo alcanzaría, no, de ninguna manera, porque eso de monos, árboles, ramas, aires... no son él sino cosas extrañas...

-¡Ya está! ¡Albricias! ¡Lo logré! 

Saltó de alegría, de júbilo. Pero solo un instante. Y muy fugaz. Diose cuenta de un hecho cierto: para renacer necesitaba el concurso de otros que, sin duda, consciente o inconscientemente, vertirían alguna herencia en el nuevo nacido; herencia que recibirían de otros anteriores, quienes, a su vez, serían influidos por ancestros que sacarían sus...

En este punto estaba cuando brilló en el cielo un relámpago. Al poco el trueno rompió el silencio de la noche haciendo temblar los cristales de las ventanas. Se asomó a la calle. Comenzaba a llover mansamente. Las gotas mojaron su cara como acariciándole. Se sintió muy a gusto aunque la lluvia no fuera algo intrínseco de él, sino del mundo exterior...

Pero, ¿no era él parte del mundo exterior, de ese cosmos?...

Alargó los brazos. Abrió las manos que la lluvia humedeció. Y, así, mojadas, las pasó por su cara, respirando profundamente agradecido de ser impuro y no una seca e inmaculada idea, tan esteril como el polvo estéril de la seca meseta. De ese reino no saldrá jamás, nunca, por ejemplo la pintura paisajística. Ni aunque se juntasen todos los dioses en asamblea. Si acaso... sacarían secas cañalejas sin sonido.

Parece que se hubiera liberado de un peso que lo aplastaba, de un empeño sin pies ni cabeza, de un sinsentido, que lo había preocupado primero, luego angustiado y por fin lo redujo a la mínima expresión cerebral llegando a la conclusión, como llegó, de que era un ser de una capacidad cerebral reducida al no hallar, como no halló, respuesta cabal a las preguntas que se hizo...

Mientras desechaba, definitivamente, 'las secas cañalejas' de la erial originalidad bañada de vacío y de nada que eso es la idea pura en el ser puro, recordó un poema anónimo africano que decía así, más o menos:

Yo digo: De los alimentos de la tierra, el gusto de ellos va conmigo.

E insisto: De mi amada tan querida, los goces que tuve van conmigo.

Prosigo: De la carne tan rica que comí, el placer de ello va conmigo.

Reitero: De las bebidas del mundo, el sabor que tuve va conmigo.

y repito: De las pipas que me fumé, el placer que saqué va conmigo.

Le quedaba un último desasimiento: ¡Nacer de nuevo!

La mosca metálica


jueves, 24 de noviembre de 2011

Envidia cochina

Era un día soleado de noviembre. 

Había salido a pasear sin rumbo fijo. 

Se puso jersey y chaqueta. Por si acaso. En noviembre, y ya a últimos de mes, el sol luce engañoso, pensó. 

En ese caso sus barruntos invernales no le fueron fieles. ¿Por qué? Pues, porque si efectivamente no hacía calor, al sol sin embargo se estaba muy bien. 

Subió por una calle empinada. Calle que, por su lado derecho, se abría a unos vallecitos y colinas bañadas por el sol. Bosques de pinos subían por colinas y los chopos caminaban siguiendo a los riachuelos mecidos por el vientecillo de la mañana. A ratos se paraba hasta que las molestias 'cordiales', que así se llaman esos síntomas de angina de pecho que desde hace poco mas de un año le aquejaban, desaparecían.

En una de esas paradas se apoyó en una tapia con verjas pintadas de verde. Por la pared -se fijó- andaba una mosca. Muy raro a estas alturas del otoño. Pero, en fin, lo mismo que su cuerpo agradecía los tibios rayos de sol, es de suponer que la mosca, despertada por ellos, estaría alegre por lo mismo. Era verde, de un verde brillante, metálico. Casi fulguraba. Era, lo reconocía, hermosísima. Pero él le tenía un cierto respeto a este tipo de moscas. Respeto quiere decir prevención y por eso quería irse de allí.

-¡Niñerías! Lo reconozco -se dijo para si.

Niñerías, había musitado. Y nunca mejor dicho pues fue durante su niñez, en su pueblo, que se oía decir que eran embajadoras de la muerte. 

-Su colorido -decían los labriegos- está puesto por el diablo para atraer a personas incautas. A las que, luego, pican inoculándoles veneno.

-¡Bobadas! -siguió murmurando por segunda vez.

Pero esas bobadas, esa niñerías, se quedan prendidas muy dentro y, por mucha carga de racionalidad que uno se meta en el cerebro, siempre queda algo, en el subconsciente, del que es difícil librarse. 

Decíamos que este paseante se iba a despegar de la tapia y huir de allí como alma que lleva el diablo. Pero la mosca se le adelantó y emprendiendo el vuelo se fue. Quizás intuyó que, él, con el cayado, quería atizarle un mandoble para matarla y no esperó el golpe.

Dejando a un lado el cayado se agarró con ambas manos de los barrotes de la verja. De los que tuvo que desprenderse inmediatamente porque un perro, con muy malas intenciones, se lanzó contra él ladrando y asomando por su boca unos dientes afilados, para él, como cuchillas de afeitar. Fue un instante pero los latidos de su corazón se le aceleraron sonándole como tamtames redoblando. O eso le parecíó.

Alguien, no vio quien, llamó al perro; y este, sumiso, se dio la vuelta de mala gana y se marchó. 

Fueron unos segundos de sobresalto. Después se fue calmando poco a poco, dándose cuenta, como se dio, que el perro nada podía hacerle pues lo separaban del mastín unas verjas de hierro forjado, pintadas de verde, macizas, duras, consistentes y con profusión de arabescos, que impedía al animal atravesarlas. 

Por cierto, se fijó en que algunos de los adornos estaban rotos. El darse cuenta de ese detalle sin importancia, se debió, a lo mejor, para quitarle hierro al miedo que había pasado.

-¡Qué bien me hallo al sol! -exclamó.

Los vallecitos y colinas, como ya se ha dicho, mostraban a la vista del maltrecho caminante su belleza.

Restregó sus ojos con el paisaje, que se le ofrecía a la vista, mil veces mirado y otras tantas admirado. 

Algunas veces, incluso, hay que reconocerlo, la envidia penetraba como un berbiquí  por sus ojos taladrándolo, al contemplar, como lo hacía siempre que paseaba, esa riqueza que otros, no él, disfrutaban. 

-Muchos años trabajando... ¿para qué?...  -se preguntó- 

-Total: me encuentro solo y sin nada: una mano adelante y la otra. atrás.

Se quedó como un bobo mirando frente a la verja el caminito por donde se había ido, a regañadientes, el perro...

Y fue entonces cuando la vio. Al fondo. Recostada en la colina. Recibía los rayos del sol con avaricia; con la avaricia propia del que, teniendo mucho, aun quiere mas. 

-Por otra parte natural -pensó-. Nada del otro mundo.

Él hacía algo parecido. Con una diferencia, claro: tenía que conformarse caldeando, templando sus huesos al sol de finales de otoño entre el humo de los tubos de escape y el ruido de los coches; y ella, para mas recochineo, recostada, allí, en la colina, en el silencio, rodeada de árboles y con mesas y sillas y sillones en la terraza, acariciada, además, por todas partes por los rayos, bienhechores, de Helios, el dios de dioses.

Ahí radicaba la diferencia, en eso residía: Ella, la abundancia; él, la escasez. Diferencias que los pobres, como él -históricamente hablando, nada mas, pues él, para que mentir a estas alturas de la vida, no había levantado los ojos del suelo cuando el patrono le ordenaba algo- habían querido barrer luchando contra la desigualdad en revueltas aquí, allá, acullá... por todos los lugares de la tierra. Es mas, habían llegado a constituir diferentes ideologías, para justificar su combate; a saber: socialismo, comunismo, anarquismo... Revueltas, todas, teñidas de sangre. Y no le extrañaba. 

-Porque, vamos a ver -pensaba- los propietarios no van a dejar, así como así, que un pobre como yo tome posesión de su propiedad.

No hay mas que ver la señal de alarma que tenía esa tapia enrejada y el perro que casi le deja la sangre congelada por el susto hace unos momentos.

Ellos, los amos, los ricos, los propietarios, son, a la vez, explotadores; es decir: roban al trabajador una parte del producto de su trabajo, la plusvalía llaman; conocen, por tanto, a los trabajadores; y saben que, estos, si pudieran, los dejarían sin un ochavo, en los puros huesos, apropiándose de lo que, antes, ellos, los patronos, los ricos, los propiterarios, los explotadores, les han quitado de su salario...

Se acordó, en esos momentos, de lo que decía, mas o menos, Frantz Fanon en su famoso libro 'Los condenados de la tierra': Ellos (los colonizados) desean tomar posesión de las propiedades de los colonos, entrar en sus casas, echarse en sus camas y, si es posible con sus mujeres, mejor.

Justo lo que él  deseaba en ese momento, ahora que la contempla a ella, allí, en la colina, hermosa, acariciada por la hebras de oro de Helios, el calentador de cuerpos, que la penetran a raudales. 

Bueno, bueno, hablando de penetrar, él si que penetraría... hasta el fondo, pensaba relamiéndose los labios. Aunque la angina de pecho se le alborotara. Aunque las molestias 'cordiales' se volvieran agresivas. Aunque... 

Pero, ¿cómo iba, él, a llegar hasta allí para penetrar en ella? A ver, ¿cómo conseguiría entrar en la casa de la colina si estaba rodeada de verjas sólidas, protegida por sirenas de alarma y por perros feroces? 

-¡A ver! ¡¿Cómo?! ¡Que me lo expliquen, joder!

Se separó de la verja. Y dándose la vuelta regresó a su casa... Bueno, no era ni suya. 

¡Ah, ese día soleado de noviembre! 

Paseando. 

A eso había salido. 

A aprovecharse del sol. 

A nada mas. Como siempre.

Esperando al genio moreno


 miércoles, 13 de junio de 2012

Relato de la Onda Pesquera (*)

(*) Germen del cuentecillo: la palabra algoritmo

A: apuesta
L: lateral
G: genio
O: orden
R: radio
I: islote
T: tablón
M: moreno
O: ovalado

Frase: Se oye por la radio pesquera la noticia de que arribaría al islote, en un tablón ovalado, el genio moreno. Y ellos, los locutores, han apostado por el lado verdadero de la información. Por eso la dan.
___________________
Se oyó por la radio pesquera, poco antes del amanecer, que arribaría al islote, navegando en un tablón ovalado, el genio moreno. El moreno vendría acatando órdenes recibidas de arriba, de las altas esferas.

La emisora elaboró la noticia a partir de sucesos acaecidos recientemente; hechos que entroncaban con creencias y leyendas muy antiguas; algunas aun en la mente de muchos y otras casi olvidadas,  sobre todo por la juventud. Y, como se debía la radio a sus oyentes, avisaba de ello. Para que todos, absolutamente todos, supieran a que atenerse.

Los seres del islote, sabiendo de la seriedad de sus informaciones, no en vano, los locutores o eran pescadores o hijos del gremio, se fueron congregando en el embarcadero y sus aledaños. Si alguien hubiera estado en el peñasco mas alto del islote hubiera visto encenderse, casi a un mismo tiempo, las ventanas del poblado; y casi de repente apagarse y salir los moradores de sus casas rumbo al puerto. 

Padres e hijos llegados al embarcadero miran inquietos el horizonte marino. A esas horas tempranas del amanecer el mar, en calma chicha, parecía confundirse con el cielo en un gris blanquecino. De cuando en cuando, en las proximidades del puerto, el agua se rompía levemente y los peces saltaban a oxigenarse y sin duda a saludar a las gentes congregadas. Luego retornan  en zambullida al mar, produciendo pequeños círculos concéntricos que lentamente desaparecen. Se serena el agua semejando a un cristal hasta donde se confunden mar y cielo en horizonte grisáceo.

Según avanza la mañana la zona cristalina se amplia. Del mar se eleva ahora un vaporcillo en girones. Son las nubes que, lentamente, se separan del agua. El mismo islote se despeja. Sus contornos circulares dejan ver las orillas opuestas al puerto, antes cubiertas por la neblina. Algunos lo notan volviendo la vista atrás diferenciando la isla del firmamento.

En estos instantes la radio pesquera recuerda a los espectantes isleños la leyenda del genio moreno quien, navegando majestuosamente en un tablón ovalado, un día vendrá a juzgarlos a todos por los pecados cometidos. 

Es el genio moreno un ser vengativo. Es cierto. Tiene razones para ello. La leyenda habla de una revuelta de esclavos traídos desde África. Los castigos de los negreros, la desesperación por no volver a ver sus seres queridos y la esperanza de un retorno a la tierra que se desvanece cada día que pasa mueven a los negros a revolverse; se sublevan, cogen armas y se lanzan contra los blancos del barco donde están aprisionados; pero son derrotados; entonces al genio moreno, que es el líder, lo abandonan y es arrojado al mar; según la leyenda volverá un día a pedirles explicación a los descendientes, o en su caso a vengarse de la inacción... 

Pero es vengativo y justo. Lo ha sido siempre. De tal modo que suele avisar, eso se cree, a ciertos marineros de sus crímenes y, si no hacen caso, como a menudo ocurre, les castiga. Pero antes advierte. 


De ahí que de, cuando en cuando, se cobrara alguna vida entre los isleños ahogándolos en el mar. Entonces, solo entonces, arrepentidos, acudían a la ermita del Santo Moreno. Cubrían de peces las escalinatas del templo. Mientras los monjes les recriminaban sus acciones criminales. Se miraban unos a otros intentando adivinar quien era el compañero o compañera que había cometido tales excesos malignos. Los monjes, no obstante, siguiendo la política del palo y la zanahoria a continuación agradecían sus suculentas dádivas marineras anunciándoles que ya percibían cómo la cólera del genio moreno se iba aplacando por su generosidad. Y daban por terminada la ceremonia. Los pescadores y sus familias se retiraban. Pronto olvidarían las recriminaciones. Tienen que volver a sus trabajos. Sin la pesca no hay comida para sus hijos. 

Así se ha repetido en multitud de acasiones. Mas, con el paso del tiempo, las visitas a la ermita y los regalos a los monjes se han ido transformando en folclore; y la dádiva de hermosos pescados ha devenido en fiesta anual; la cual termina en jolgorio y merienda de  peces asados en parrilla en comunión masticadora con los monjes que, de paso, bendicen el acto. 

Mas ha llegado la hora en que la leyenda del genio moreno cobre fuerza sobre el tablón ovalado, se renueve, y los incrédulos crean a pies juntillas porque, según la radio pesquera, se hará visible en unos pocos minutos.

Algunos no las tienen todas consigo. Son, caro está, los de mala conciencia.

La radio les informa de que en el islote A ya han visto señal de la próxima llegada del genio moreno con la llamarada zigzagueante del relámpago. La culebrina se ha asomado al cielo y al tiempo que las aguas comienzan a agitarse.

-¡Oh! -gritan los congregados y un hilo de terror recorre sus corazones.

La radio pesquera dice a los niños que estén atentos, no se distraigan jugando pues el genio moreno les trae regalos para todos... menos para los que no guarden decoro. Los niños aplauden y gritan de alegría.

-¡Bien! ¡Viva el Santo Moreno!

Exclamaciones que no casan con las creencias de sus padres que están muy inquietos.


La radio pesquera se calla.  Emite música clásica.

Los espectadores del embarcadero, tanto los que están cerca y los que están mas alejados, los que se hallan sentados, los que están de pie, los arrodillados, los subidos en los terraplenes, en los lindones, en las peñas,  los que sonríen, los serios, los llorosos, los escépticos, los que miran con la boca... fijan los ojos en el agua. Se ha levantado un poco de viento. Las mujeres recogen sus faldas levantadas. Algunas se sientan. Los hombres agarran los sombreros amenazados con irse de sus cabezas. Algunos se los quitan de la testa. Murmullos. Los ancianos ordenan callar. Las aguas empiezan a ondularse. 

-La cosa va en serio -dice uno.

La radio vuelve a transmitir noticias. 

-Según fuentes de todo crédito los habitantes de los islotes C, D, E, se están acercando a las playas de sus islotes. Al parecer el genio les ha avisado que, en breve, pasará de islote en islote camino del nuestro. Y va a juzgar, tanto a los vivos como a los muertos.

-¡A mi padre no, por favor! -grita desesperada una mujer.

-Será justo y bondadoso a pesar de ser omnipotente, les ha dicho, categórico, a las gentes de esos islotes, por intermediación de los monjes -termina diciendo radio pesquera.

Por los micrófonos anuncian que la señorita Isleñina, que todos conocen, les dirigirá unas palabras desde el lecho donde está postrada por cruel enfermedad.

-Queridos amigos y amigas -comienza la enferma- no he podido unirme a vosotros a la espera del genio moreno. Que él me perdone. Mis oraciones van encaminadas a que Él nos colme de felicidad. Yo sé que es justo y sabio. Hará que los mares se cubran de peces para que no haya nadie que pase hambre. Impulsará la igualdad para que sea el común denominador de nuestra isla. Y que el amor y la amistad inunden los corazones. Y la desconfianza, el recelo y el odio de unos a otros desaparezca para siempre, que...

La radio pesquera corta el discurso de Isleñina. Agradece sus palabras. Algunos protestan. Otros reaccionan arrodillándose. Rezan. Lloran. Confían. Miran al mar. Se miran entre ellos. Se les ilumina el rostro. Tienden las manos hacia el agua. Si. En el horizonte marino el tablón. Eso parece. Se eleva en la cumbre y se hunde en el valle. Baila en el oleaje. El mar se agita. Se encrespa. Ruge sordo.

La radio pesquera informa ahora de que los habitantes del islote B ya perciben el tablón ovalado y el ruido de los remos chocando con el agua. Y, en medio, el genio moreno confundido con el azul.

-Si los del B ya lo ven... pronto estará aquí. Es el inmediatamente anterior al A. 

Es decir al suyo. Los minutos pasan. Si antes vieron como se elevaba y se abajaba ahora ha desaparecido de la vista. Solo las olas cada vez mas grandes se adueñan del mar. Rompen en el embarcadero. Los barcas de los pescadores se mecen arriba y abajo. Algunos chocan con otros. De momento sin peligro de astillarse. El cielo azul. Sin nubes. El aire mueve los arboles. La radio pesquera se oye ahora muy debilmente. Las gaviotas se lanzan al mar en busca de pescado. A mar revuelto ganancia de gaviotas rapaces.

-Mal rayo las parta -maldice un pescador.

-¡Allí! ¡Mirad allí! -grita una isleña.

Las miradas se concentran. Rostros ansiosos, atónitos. Algunos con un poco de miedo. Todos ven el tablón ovalado y en medio, confundido con el azul del mar, el genio moreno.

-Rema majestuosamente -dice uno y todos asienten.

El tablón se acerca. Ovalado.

Un niño dice algo a otro que está junto a él y este al siguiente y así sucesivamente.

-Es moreno de verdad el genio. Como nuestros antepasados esclavos - reflexiona uno.

-Si, es oscuro como el azul del mar, como la noche -asegura otro.

-Y negro como boca de cocodrilo -aseguran todos.

Los niños, que han cogido cantos, tiran al tablón ovalado. El impacto hace mover la tabla.

-¡En el tablón no hay regalos! ¡En el tablón no viene nadie! -gritan los niños.

Y los espectadores adultos del embarcadero no tiene mas remedio que admitir, desaparecidas las telarañas de la ilusión, que lo que ha llegado no es mas que un tablón de forma oval.

Mas, algunos piensan que es un Ser, superior al genio moreno, quien lo ha destronado lanzándolo al agua; allí se ha ahogado como él ahogó a muchos. Hincan la rodilla en tierra y entonan loores al nuevo Ser, superior al genio moreno. Los monjes toman nota. Los niños, lanzándose al agua, juegan con el tablón que debajo tiene una cuerda.

La radio pesquera, enterada de que el camelo ha sido descubierto por los niños, aclara ser una broma, inventada por los locutores, lo de la  arribada al islote, navegando en un tablón ovalado, del genio moreno. Pide disculpas y emite canciones infantiles.

Iswe Letu: De racismo, Norman Mailer y otras cosas


 MIÉRCOLES, 10 DE SEPTIEMBRE DE 2008
Iswe Letu: Trata de pandillas del ghetto y cuadrillas vascas
Por Iswe Letu

(Texto contra el racismo)

"Las culturas de los ghettos, las culturas negras, chicanas etc, por tener menores esperanzas de un cómodo vivir, suelen preferir el ingenio corporal. Hablan entre si con el cuerpo, se expresan simbólicamente con sus ropas. Hablan con silenciosa inteligencia telepática.

Norman Mailer, en el libro 'Rey del Ring'

Hace ya tiempo entresacamos de la obra de Norman Mailer, 'Rey del Ring',(*) el párrafo, arriba escrito, para ponerlo en un anuario que nos habían regalado.

¿Por qué esta cita precisamente y no otra?

Sabemos, eso si, la razón por la cual llenamos de citas en castellano un anuario que se titulada en euskera 'Literatur Gida' ('Guía de literatura') Lo sabemos porque pusimos una nota con muy mala leche, casi un exabrupto; tal que así:

"28 de diciembre de 1988. Día de los Inocentes. Entro en la imprenta-librería Baroja (1) de Donosti con Manuel Blanco Chivite (2). Napo (3), el dueño, no estaba. Hablamos con el amigo F. Juaristi (4). Me regaló este 'Literatur Gida'. No me ha gustado. ¡Qué cosa más curiosa que lo único que hay en castellano son unas definiciones sobre la palabra... MAKETO! (5)

¡MIERDA!, decía José Sacristán en un serial titulado 'Gatos en el tejado' en el momento en que escribo esto. Y ¡MIERDA! repito yo.

29 de diciembre de 1988" Fin de la nota.

A pesar de los años transcurridos nos sigue sin gustar aquella acción de inundar un anuario con citas en euskera, y, algunas, pocas, en otros idiomas penínsulares y dejar una sola, en castellano, con tintes racistas: la de maqueto.

Algunos, con razón, critican, ahora, la lucha etarra, cuyas acciones últimas dan a sospechar que sirven al más negro, cuasi fascista, españolismo que al pueblo vasco que dicen defender; como hoy se critican, con razón, los actos terroristas de Al Qeda, los cuales parecen dar más leña al fuego del fiero imperialismo yanqui, que lumbre al pueblo árabe del que se autoproclaman voceros. 

Bien, algunos de esos antietarras, sin darse cuenta, contribuyeron, en su día, a engordar al monstruo racista antiespañol. Necesitaban, eso si, defender su lengua vasca, su idioma vasco, el euskera. De acuerdo. Pero no estábamos de acuerdo en inferiorizar, como inferiorizaban, a la parte del pueblo que hablaba en castellano. El mayoritario. Y ahora, ¡qué de vueltas da la vida!, del fondo del pueblo vasco surgen voces juveniles, como el grupo musical 'Los Lendakaris muertos', que recuerdan, al que quiera oirles, lo mucho que parla la gente vasca el castellano. ¿Esos también son maquetos?

Volvamos a la pregunta de por qué ese trozo de Mailer metimos en el anuario y no otro.

En primer lugar, lo de Mailer era porque tratábamos de entender la civilización negra y su reflejo en yanquilandia. Recordábamos, que, no hacía mucho, los campeones olímpicos negros, en México, gritaban ¡Poder Negro! puño en alto. Si. Recordábamos todo eso. Y nos llevó a profundizar en ello. 

Uno de los escritores que más había intentado comprender, a esa parte de la sociedad norteamericana, era Norman Mailer. Habíamos leído, de muy jóvenes, sin entender nada, todo hay que decirlo, un librito que hemos perdido The white black (El blanco Negro) o 'Blac White' (el negro blanco, o algo así) Lo retenemos vagamente. Y las películas nos transmitían esos andares, parecidos a las ondulaciones de una culebra caminando erecta, de las pandillas de los arrabales de muchas ciudades de USA. Esas bandas juveniles que miraban, retadoras, como diciendo en cada pupila 'Aquí voy yo'. Eran, generalmente, los malos de la película. Desarraigados. Marginados. Pobres. También recordábamos esa gran película 'West Side Story'.

Y todo esto parecería dar la razón a Norman Mailer. Si bien, también hay un poso de narcisismo. O de individualismo feroz. Esas pandillas eran (son) narcisos contoneándose. Al no tener otro bien que su cuerpo, como dice N. Mailer, lo cultivan hasta convertirlo en un espectáculo andante. Cuanto más sobresaliente, mejor competía con el otro clon, el de su banda, al paso que sobresalía, más arcoirisado, deslumbrando, como parte de su pandilla, a los que paseaban por la otra acera.

Creemos que hay, además, otro aspecto que el escritor judío yanqui no trata: el de encerrarse en su mundo para no ver otro: el tapar la realidad del que no piensa como él o como ellos. La supervivencia, mirándose los pliegues del ombligo. Contándolos. 

Y es que, con otro estilo, más tiesos, envarados, serios, faz colorada como un tomate, hemos conocido algunas cuadrillas de vascos, euskaldunes o no, pero siempre queriéndose diferenciar de los 'maquetos'. Caminaban por las aceras, siempre juntos, la mirada fija al frente. Daban, sin embargo, la impresión de que, sus ojos, en realidad estaban vueltos hacia si mismos. Andaban rodeadas de un halo de introspección. Una especia de narcisismo euskaldún o vascuence sin más. 

Aunque diferentes, estas cuadrillas, a las pandillas de los barrios bajos de las ciudades yanquis, un hilo, rojo, blanco y verde de individualización o diferenciación, como una muga, separábalos de los demás; hilo que corría por todas sus actitudes. Cuadrillas con camisas remangadas, jerseys al hombro...

"Hablan entre si con el cuerpo, se expresan simbólicamente con sus ropas" las culturas negras, chicanas, portoriqueñas... dice Norman Mailer. Y, si, esa cultura es aun más patente, ahora, habiendo llegado a los más recónditos lugares del orbe mundial, por obra y gracia del imperialismo yanqui, que ha ahogado o engullido esas culturas, de la miseria y de la protesta, transformándolas en dólares: pantalones anchos, gorras con la visera para atrás: el rap hasta en la sopa.

Nos acordamos, ahora que vamos dando fin a estos argumentos, a un estudiante, muy bueno pero engreido, cuando acudía, en el verano, a la misa católica de su pueblo, entrando en el templo cuando más silencio había, con zapatos de playa en plena meseta castellana. Caminaba erguido, más tieso que un cirio. Resonaba la madera de sus zapatos playeros con estruendo, sobre la losa del suelo, como enviando un mensaje telepático a los feligreses campesinos, vecinos suyos, queriéndose diferenciar: 

-¡Aquí estoy yo! ¡El mejor! ¡Vosotros sois escoria!

Bueno, pues algo de eso, si, transmitían 'con silenciosa inteligencia telepática' las cuadrillas vascas o las pandillas de afroamericanos o latinos. Pobres, como el estudiante citado, que, luego, pasando el tiempo, se hacen muy derechosos, profesores y diputados. 

Tal como el estudiante que hemos citado sin nombrarlo. 

Porque no quieren cambiar nada sustancial. 

Sino salvarse ellos mismos.

__________
Pie de Página:
(*) Obra sobre el gran boxeador Casius Clay
(1) Primitica Casa Baroja, se rotulaba, porque, efectivamente, había sido de la familia del escritor vasco.
(2) Connotado militante antifascista condenado a muerte por el franquismo en 1975 de la que se salvó milagrosamente.
(3) Creemos que se llamaba Napoleon Olaizola y había militado en PCE
(4) Conocido y destacado poeta euskaldun
(5) La cita decía así:
Maqueto (etnología) Apellidamos así a los no naturales del país, especialmente a los que de 20 años acá han invadido en proporciones alarmantes el territorio vasco.
Parece ser que este vocablo tuvo su origen entre gentes de las Encartaciones vizcainas. -¿Vendrá del e. makatu? (marcarse, empezar a podrirse las frutas). -¿O bien de c. macuca? (arbusto silvestre, cuyo fruto es muy ruin, insípido y blanducho) -¿O de maque?. (cierto barniz o charol, compuesto de resinas y jugos extraidos de las plantas, muy usado por los chinos). -¿O de macuto? (americanismo que se emplea en Cuba para designar una especie de morral que llevan allá los soldados). -¿O bien con trastrueque de letras, del griego meteko? (el forastero establecido en Atenas, y que no gozaba de los derechos de ciudadanía)

Y la firmaba Emilio de Arriaga (Lexicón bilbaino)

Iswe Letu: Moro de la morería



JUEVES, 9 DE OCTUBRE DE 2008
Iswe Letu: Tragándose la mala leche
Por Iswe Letu

Apodáronle 'El Moro'. Habiéndose ganado el mote año a año. Lo decimos porque, cuando las moras estaban en sazón, entre el ramaje espinoso de la zarzamora, se daba sus buenos y suculentos desayunos. Y como de lo que se come se cría, según el decir de las gentes, se estaba volviendo su cara amoratada.

Cuando se jubiló su desayuno de moras fue casi a diario. Se levantaba y, tras beberse un bueno y larguísimo trago de la botella de la nevera, porque los días eran aun calurosos y regresaba del paseo ya muy entrada la hora del mediodía, tornaba al lavabo, se miraba en el espejo diciéndose en voz alta:

-Las moras me están transformando en moro de verdad.

Su hijo, en situación de parado a causa de la crisis, se sonreía. Él, al ver su sonrisa, hacía un ademán de decirle algo. Luego se arrepentía.

Así, prácticamente, eran todas las mañanas. Todas. Su rutina.

Y el que vamos a relatar no fue una excepción: después de quedarse para si con algo que quería decirle a su hijo, salió del water y se encaminó, pasillo adelente, a la salida de la casa.

-¡Adiós papá! -oye que le dice.

-Con dios, hijo, y... -responde sin terminar la frase iniciada- ¿Para qué gastar más saliva? No me va a escuchar, piensa.

Su intención se inclinada, eso si, a aconsejarle que no perdiera el tiempo en asuntos que, una mente madura, adulta, calificaría de banales, secundarios; por ejemplo: pasarse horas y horas, ante el ordenador, escuchando música, una sola clase de música para más inri, o enterándose de los grupos musicales que existían en el mundo y de las novedades de sus grupos favoritos. 

Eran aficiones, lo sabía, que toda la juventud ha sentido, pero que, con el paso del tiempo, se van atemperando al percibir, como lo perciben, unos más pronto y otros más tarde, que, la vida, es una cosa única y seria, que lo primero que hay que hacer es asegurarse el pan cotidiano ('Ganado tengo el pan, hágase el verso', decía José Martí) y luego, más tarde, alimentar al espíritu. Estando el segundo encadenado al primero irremediablemente: sin una manutención asegurada el alma no puede recibir su ración con pleno aprovechamiento. Es mas, no está preparada en absoluto para ese deleite.

Pero, en el caso de su hijo, no se daba todavía ese florecimiento de la razón, del sentido común.

Y eso le torturaba.

Absorto en sus pensamientos se tropezó con una señora a la que pidió perdón.

-¡Moro de mierda! -le regaló al oido la señora.

Tan corrido se quedó con las palabras de la individua que no supo que contestarle. Disgustado, aun más de lo que ya estaba, por esa contestación tan grosera de la mujer que, más que otra cosa, pareciole un rebuzno, se alejó con prisa hacia el campo donde las burras pastaban entre estornudos, los cuales en comparación con el rebuzno de la señora, eran notas delicadísimas.

Ya bastante apartado de esa asna humanoide murmuró:

-Hija de puta...

Es lo que tenía de malo 'El Moro': su proceder encaminado a tragarse todo para sí, por timidez, o por miedo a enfrentarse al de enfrente o... ¡o vaya usted a saber la razón!...

Lo cierto es que, sus intenciones, no se materializaban; es decir: no salían al exterior articuladas en palabras para que, el otro, las oyera. Y así, claro, no hay manera de dialogar, de hilar una simple conversación con el fin de llegar a algún acuerdo.

Con sus hijos (y con este en particular) que, como progenitor, es lo que más quería, las ideas que deseaba trasmitirle se quedaban en su magín sin salir afuera. De modo, que nunca llegaba a traspasarle la riqueza de conceptos que, él, creía llevar dentro. Sus principios democráticos, mal aprendidos y peor asimilados, en un mundo de patriarcas, de dictaduras del padre, de machismo, le impedían ejercer esa autoridad que, a veces, es necesaria para la educación de los hijos y cuando conseguía apuntar uno, uno tan solo de los conceptos, le rebatían de malas maneras los hijos. Entonces, por no salir a mal, dejaba pudrirse la mala leche dentro de su piel. Recordaba, al respecto, que pocos días ha, estando sentado a la mesa, vio que su hijo lo miraba de modo atravesado y le dijo:

-Parece que me miras mal.

-Te miro mal siempre -le contestó su vástago.

Otro padre, de los que él conocía, hubiera reaccionado enérgicamente, y de inmediato, diciéndole:

-¡Ah, si! ¡Pues, cuándo coños piensas encontrar trabajo e irte de aquí, de una puta vez, para no verme en esta casa que pago y, además, te alimento, teniendo que aguantar tus impertinencias, de las que ya me tienes más que harto... hasta mismísimos cojones!

Pero se calló. Enmudeció. Porque a él, precisamente a él, lo que le hubiera gustado era hacerlo sentar a la mesa y en charla tranquila, sosegada, amorosa, expresarle, enseñándole, mostrándole, con ejemplos, que la vida es corta y que hay que aprovechar el tiempo, fugaz, que se va y no vuelve; diciéndole que se puede estudiar, cultivar su espíritu y divertirse con los amigos sin malgastarlo. Y que observaba en su comportamiento un hecho que, a su modo de ver, le estaba empobreciendo intelectualmente, como era el hecho, cierto, de que solo atendía a una manifestación artística; y dentro de esa misma parcela del arte, la música, a un solo estilo y eso... ¿cómo decirlo?... era como hacerse sectario de esa música; con lo cual cortaba con la inmensa riqueza de la humanidad que no sabe de barreras unilaterales; si, se estaba aislando de las diversas y múltiples facetas de la actividad artística: la poesía, el teatro, la música, la novela... La lectura de los clásicos de la novela, por ejemplo, podría ser una forma de reflexionar sobre la vida haciéndole madurar a uno. Y le añadiría que no se dejara maniatar por la angustia del paro, si es que la tenía, que la tendría aunque a su padre no se la manifestara; y que a pesar de lo negativo del paro, del desempleo, este tiene un punto positivo, y es que el tiempo puede diversificarse: repasando, por ejemplo, las materias de su carrera un tanto olvidadas; haciendo gimnasia; escuchando, no solo una, sino todo tipo de musica; perfeccionando o aprendiendo programas informáticos; manejando numerosas herramientas de trabajo... Ahora, si, ahora que tenía más tiempo libre y la manutención asegurada porque, luego, si su padre desaparecía... Pero, ¿para qué decirle todas esas cosas?... Podría ser que le contestara, no como la burra femenina, a lo mejor... peor. 

-No. No vale la pena.

Sin darse cuenta se había ido alejando de la población. Lo supo, de repente, por el esquileo de la ovejas. Alzó la vista del suelo y miró al frente. Aspirando profundamente su rostro se iluminó. Lo que se le ofrecía a la vista nada tenía que ver con lo que dejó atrás: el campo verdecido, tras las lluvias, mostraba su 'alegre otoñada': aquí florecillas lilas, amarillentas y blanquecinas, embellecían el prado; allá, los blancos champiñones asomaban sus redondas cabezas y, de cuando en cuando, los niscalos, inconfundibles, lucían sus sombreros anaranjados; y, lo que él más deseaba, diseminadas por laderas o cerca de arroyos, las verdioscuras zarzamoras, quienes, al sol, hacían brillar sus frutos como diciendo: 'acá estamos, venid a comernos'. Y es lo que hizo.

Ya había otros comensales dándose el desayuno. A algunos los conocías de días pasados, eran emigrantes marroquíes, parados como su hijo. Los saludó: 'Sala maleikun' o 'Ala ila ala' o 'Insalah'; no sabía bien lo que significaban pero coligió que eran frases de cortesía, similares a las que, en castellano, se saludan unos a otros; y con las cuales esos comedores de moras matinales le respondieron: 'Buenos dias' o 'Qué tal' o 'Con Dios' o 'Hasta luego'. Nada más se digeron, pero con eso bastaba.

Esa mañana fue abundante el desayuno de moras. De zarzamora en zarzamora fue pasando el tiempo. Algunos ratos se paraba sentándose en alguna piedra. El sol calentaba sus huesos. Lo agradecía. Se estaba tan bien... ¿Volver a casa?... Claro... Sin ganas... Lo que menos le tentaba era regresar a su morada. No le hacía la menor gracia. Mas, volvió. A remolque. Pero lo hizo.

Abrió la puerta. Otras veces llamaba al timbre. Se encaminó, como siempre. al frigorífico. Cogió la botella. Acordándose de una mujer de su pueblo quien, por las matanzas de los cerdos, después de comer la chanfaina, levantaba la jarra de vino y en voz alta expresaba su aversión al agua con palabras tales como: 'tu, madre de ranas y sapos y lavadora de trapos...' para a continuación pegarle un trago profundo de vino a la jarra; con ese recuerdo, 'El Moro', levantó, igualmente, la botella de vino y, mirándola con devoción, casi con arrobo, exclamó:

-Los latinos decían: ¡In vino veritas!... ¡Oh, tu, botella de vino, introdúceme entre pecho y espalda la esencia alegre del optimismo! Lo necesito.

Luego, como hacía ordinariamente, se dirigió al lavabo para refrescarse la cara. Su hijo se estaba afeitando al tiempo que oía música. La música de siempre. Para variar. Mientras se secaba la cara miró al espejo.

-Las moras me están volviendo, realmente moro.

Su hijo, que lo veía también en el espejo, sonriendo le dice:

-¿Las moras, papá?... Jajaja... Mas bien el morapio.